Vivir para siempre

Vivir para siempre

Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar es mi carne, para vida del mundo. Discutían entre sí los judíos: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?” Jesús les dijo: “En verdad, en verdad os digo que, si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como aquel que comieron vuestros antepasados, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre”.

[Evangelio según san Juan (Jn 6,51-58) - Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo]

El presente segmento textual, que la liturgia de la palabra propone para esta solemnidad, forma parte del extenso discurso de Jesús sobre el “pan vivo” o, literalmente, “el pan que vive”, pronunciado en la sinagoga de Cafarnaún (Jn 6,24.59). Al día siguiente de la multiplicación de los panes (Jn 6,1-15), en la otra ribera del lago de Galilea o Tiberíades (cf. Jn 6,1), antes de la Pascua, fiesta de los judíos (Jn 6,4), Jesús proclama diciendo de sí mismo que es el “pan que vive” (Jn 6,51). Se encontraba aún fuera de Jerusalén, al norte, donde dio inicio a su ministerio. La “comida” de la que habla es conocida como la manducatio cafarnaitica (por anunciarla en Cafarnaún) con el fin de distinguirla de la otra comida, celebrada en contexto pascual, denominada manducatio eucaristica (en Jerusalén) que se relata en Jn 13,1-30 en la que, en vez de la institución de la Eucaristía, como ocurre en los evangelios sinópticos, se relata el episodio del “lavatorio de los pies”, con un delineamiento eminentemente simbólico.

La promesa de la “vida eterna” para el que “come” la verdadera comida abre y cierra este fragmento del discurso (Jn 6,51b. 58c). Así, podemos decir que el tema de la promesa de la “vida eterna” engloba el texto que consideramos (Jn 6,51-58) en este comentario.

Jesús afirma que es el “pan vivo” e indica que esa comida no es de origen terrenal sino procedente “del cielo” (griego: ek to? ourano?). Con más precisión, ese “pan” descendió o “bajó (griego: katabás) del cielo. El “cielo” es el ámbito propio de Dios, en contraposición con la “tierra” que es el escenario de la vida humana y de la historia. En consecuencia, el alimento del que habla es una “comida” divina. Y al ser un pan celestial tiene la potencialidad para generar, en el que lo come, la vida que perdura. En el discurso, él dice, literalmente: “Vida por los siglos”. La concepción de la “temporalidad” resulta superada por una nueva noción que, figurativamente, parece coextensiva con un tiempo sin límites (griego: ai?na) que refleja la concepción hebrea de la “vida permanente”, “sin límites” (hebreo: 'ôlam) o, como hoy decimos, “vida eterna” (cf. L. Alonso Schökel). Es necesario subrayar que la idea bíblica de “vida eterna” nada tiene que ver con la creencia de la “inmortalidad del alma” de matriz greco-platónica. Al plantearse en futuro el verbo “vivir” (griego: z?sei) se trata de una promesa, de una proposición que se cumplirá en el mundo venidero. La vida actual, en el ámbito del mundo presente, está marcada por la expiración, por la cesación. En efecto, el ser humano sabe que su vida, así como la experimenta, tiene inicio y fin; lleva -por así decirlo- el sello de la caducidad y está sometida al régimen de la vulnerabilidad.

Jesús habla de su “carne” como “el pan” para la vida del mundo (Jn 6,51d). Mediante el empleo del artículo determinativo “el” manifiesta que no se trata de un “pan” más o de un “pan” cualquiera sino “del pan” por excelencia, el único y verdadero “pan”. En razón del uso del vocablo “carne” (griego: sárx) y no “cuerpo” (griego: s?ma) se puede pensar en la intención del autor de poner el acento en la “debilidad” y en la “mortalidad” de la condición terrenal de Jesús, sobre todo al unir “carne” con “sangre” (Jn 6,53). Con este ofrecimiento, queda claro que el ámbito de su oferta no se limita al pueblo judío o hebreo, o a algún grupo en particular, sino para “todos”, es decir, para el “mundo” (griego: kósmos). Por tanto, nadie está excluido de acceder y participar de la vida propia de Dios que Jesús ofrece.

La discrepancia u objeción de los judíos, que escuchaban el discurso, se basa en la incomprensión sobre la realización del ofrecimiento de Jesús. La partícula interrogativa “cómo” (griego: p?s) introduce el cuestionamiento sobre semejante proposición, como queriendo decir: ¿Cómo es posible que este hombre pueda ofrecernos, como comida, su propia carne? El plano simbólico de la proposición de Jesús está en desnivel con el horizonte hermenéutico de su auditorio que parece interpretar sus palabras en el marco de un realismo fáctico. Se puede encontrar un cuestionamiento similar en boca de José de Arimatea cuando replica la propuesta de Jesús respecto a un “nuevo nacimiento”: “¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?” (Jn 3,4). Así como el “nuevo nacimiento” es un modo de decir o un símbolo del “nacimiento espiritual” (Jn 3,6), también podemos afirmar que “comer la carne” y “beber la sangre” de Jesús es un simbolismo para significar no una “antropofagia” (realismo fáctico) sino un tipo diferente de alimentación que se irá aclarando a lo largo del discurso (cf. Jn 6,68).

En respuesta a la objeción de los judíos, Jesús insiste en su propuesta, añadiendo un tono de solemnidad a lo que va a responder (“en verdad, en verdad os digo”). Esta fórmula enfática tiene el objeto de subrayar la necesidad de la manducatio cafarnaitica para acceder a la vida eterna. Pero en este punto, la formulación tiene, primero, un enfoque negativo y, después, una enunciación positiva: “...Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros” (Jn 6,53). Es una reafirmación de lo dicho en precedencia subrayando la consecuencia de renunciar al ofrecimiento: No tener vida. En la proposición positiva, nuevamente reitera que “comer la carne y beber la sangre” del Hijo del hombre es la condición para acceder a la vida eterna. Y se añade aquí una promesa relacionada con la vida sin límites: “...y yo le resucitaré el último día” (Jn 6,54). Se puede decir que la “resurrección” (griego: anístemi) es el inicio o el “requisito” para acceder a la vida definitiva. El verbo griego describe la acción de “levantarse” del estado yacente, de la muerte, destino natural de los seres vivos, para incorporarse a un estado distinto, mediante la concesión de una nueva vida donada por Jesús, el Hijo del hombre. Esta promesa se realizará “el último día”, expresión temporal que parece indicar la línea fronteriza entre la historia, como la conocemos, y el “eón” futuro que frecuentemente se denomina, en lenguaje bíblico y teológico, “escatología”.

En su réplica a los objetores, Jesús argumenta por qué razón es necesaria la comida ofrecida en la sinagoga de Cafarnaún: Porque es “la verdadera comida” y “la verdadera bebida” (Jn 6,55). El concepto de “verdadera” (adjetivo griego: al?th?s) adquiere aquí el sentido de “autenticidad”, refrendado y certificado por Jesús mismo. En el fondo, es el mismo Dios-Padre quien ofrece esta comida para que quien acepte comerla pueda participar del “banquete” eterno. Por eso, quien se adhiera y acepte este especialísimo “alimento” entrará en una nueva lógica de relación con el Hijo del hombre, pues al comer su “carne” y beber su “sangre” el Hijo estará en él y él estará en el Hijo, en una unión de recíproca pertenencia (Jn 6,56). Para reforzar el argumento de esta íntima relación de interdependencia, Jesús plantea como paradigma su relación con el Padre: “Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí” (Jn 6,57). En este enunciado comparativo en el que manifiesta su interrelación con el Padre ya no se emplean las expresiones “carne” y “sangre” sino se indica toda su persona: “...el que me coma vivirá por mí”. Queda claro que la vida eterna depende de la adhesión total a la persona de Cristo, muerto y resucitado, el Hijo del hombre, enviado por el Padre, que es el nuevo alimento.

El versículo que clausura este segmento textual subraya la naturaleza divina del alimento que Jesús ofrece: “Este es el pan bajado del cielo” (Jn 6,58a). Y para evitar toda sombra de duda lo compara con el “pan del desierto”, cuando el pueblo hebreo fue liberado del poder del faraón que esclavizaba a Israel. Durante el camino hacia la tierra prometida, Dios proveyó a su pueblo del m?n?h, una comida provisoria sin la potencialidad para generar la vida que no se extingue porque los antepasados de los judíos, que escuchaban a Jesús, “comieron” de ese “pan” pero “perecieron” todos (cf. Ex 16,35). Ahora se promete un nuevo m?n?h que dona vida eterna al que lo come (Jn 6,58), un alimento muy superior que abre las “puertas” de acceso a la comunión con Dios y con los demás, una vida trascendente y plena que el hombre (el ser humano) no puede alcanzar por sí mismo.

Al final de este extenso discurso, cuando sus palabras fueron calificadas como “duras” por sus propios discípulos quienes murmuraban sobre la dificultad de “escucharle”, Jesús les habló del escándalo y de la falta de fe. De hecho, el autor informa sobre la deserción de “muchos discípulos” que no lograron comprender y aceptar lo que consideraban un enorme desnivel con sus expectativas (Jn 6,60-66). En ese contexto, Jesús interroga a “los Doce” sobre si también ellos querían marcharse (Jn 6,67). Respondiendo, en representación de “los Doce”, Simón Pedro replicó y dijo: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (Jn 6,68-69). Esta expresión “palabras de vida eterna” sintetiza todo el discurso de Jesús, lo cual nos hace pensar que él se refiere aquí, en su ofrecimiento, al alimento de la Palabra, pues, según había respondido al tentador sobre el alimento necesario, en san Mateo, “no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,3-4).

Este alimento, la comida ofrecida en Cafarnaún, en consecuencia, se refiere a la Palabra eterna o manducatio cafarnaitica (Jn 6,51-58) que se complementará con la comida o manducatio eucaristica. Esta se representará con el simbolismo del “lavatorio de los pies” (Jn 13,1-30). De hecho, no se puede separar la “liturgia de la palabra” de la “liturgia eucarística” porque ambas forman una unidad indisoluble. Y este aspecto es necesario subrayar para no caer en una concepción “mágica” de la Eucaristía. La acción eucarística de Jesús es un ejemplo que se debe imitar en la entrega oblativa por los demás, en la vida ordinaria de cada día, del mismo modo como él lo hizo (Jn 13,12-15). Por eso, la Eucaristía es anuncio, celebración y vida y tiene una dimensión solidaria y social que son connaturales a su propia estructura. Es una invitación a ofrecer la propia “carne” y “sangre” por los hermanos, en especial por los más carenciados y por quienes no pueden acceder al “pan de cada día” que el creyente solicita en la oración del “Padre Nuestro” (cf. Mt 6,11). Pues, ¿qué valor tendría acercarse a la celebración eucarística, al pan del cielo, si no partimos y compartimos el pan terrenal?