Un nuevo aire para el MERCOSUR
Adán Smith vio al mercantilismo y a las prácticas monopólicas como a los grandes enemigos del progreso; para este era el libre comercio el que beneficiaba a todos gracias al intercambio que se podía lograr gracias a su práctica. Si bien su sueño se cumplió a medias con la extinción del mercantilismo a inicios del s. XIX, aún tuvieron que pasar doscientos años y dos guerras mundiales para que el libre comercio alcanzara sus mayores cotas de desarrollo y no fue fácil. La humanidad tuvo que aprender a las malas que la mejor garantizada la paz es la capacidad de intercambiar bienes. Es más barato negociar que ir a una guerra.
Las dos guerras mundiales enseñaron que la cooperación económica y la interdependencia comercial eran buenos mecanismos para acelerar la reconstrucción y limitar los conflictos. Bajo esa premisa se formó el germen de la Unión Europea (UE), primero con una algo más modesta Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) en 1951, hasta llegar a lo que es hoy, un férreo bloque de importancia mundial y que no ha visto conflictos militares entre sus miembros desde 1945.
Los bloques no solo facilitan el comercio, también potencian a los estados, pues en un mundo organizado en grandes espacios de poder geopolítico, el aislamiento no es igual a soberanía, al contrario: es vulnerabilidad. Por otro lado, quienes unidos controlan los flujos de productos, las normas y los mercados, pueden ejercer influencia fuera de sus fronteras. De ahí que los estados más pequeños solo puedan aspirar a negociar en mejores condiciones asociándose con otros; con esto amplían sus mercados y deducen su debilidad política frente a los grandes estados o centros de poder.
Teniendo en cuenta esto y en cierto sentido a imagen y semejanza de la entonces ya pujante U.E., surge en Asunción, en 1991, el MERCOSUR, teniendo como uno de sus primeros objetivos limar las rivalidades entre las grandes potencias de la región: Argentina y Brasil. Y con ello alcanzar una integración regional que pecó de ambiciosa: Aduanera, económica, de tránsito de personas. Con esto se esperaba ofrecer previsibilidad a los capitales, un espacio de integración que redujera las asimetrías, promoviera el desarrollo compartido para así adquirir peso frente a otros actores más poderosos.
En realidad, luego de casi dos generaciones, poco se ha logrado; la eliminación de aranceles se ha llenado de trabas no arancelarias. En política económica, la única fórmula fue un sálvese quien pueda, como cuando el Brasil devaluó el real en 1999 durante la crisis caipirinha, arrastrando a la Argentina que hacía aguas con su convertibilidad. Para los países pequeños: En Paraguay y Uruguay no existieron mecanismos eficaces de compensación que ayuden a ponerlos en el nivel de los grandes, eliminando las asimetrías estructurales. Tampoco se logró una moneda común o instituciones supranacionales sólidas; el Parlasur no es más que un adorno intrascendente y sin voz, ni brazos reales. El balance final de 35 años es que el MERCOSUR ni es un verdadero mercado común, y mucho menos un actor relevante del comercio global. Es un muerto en vida intrascendente en la gran cancha geopolítica. De hecho, nunca alcanzó un tratado de importancia y magnitud con algún país importante u otro bloque comercial... hasta que por fin algo podría cambiar hoy.
Se tardó 26 años en negociar un acuerdo con la U.E. y parece que se ve la luz al final del túnel; el muerto recibe una bocanada de aire para respirar. El tratado con los europeos no tiene solo una importancia comercial; también es un intento de reposicionamiento en un mundo que va rumbo a la fragmentación y al conflicto de dos grandes potencias que luchan por la hegemonía: China y EEUU. Estamos en una época en la que el libre comercio peligra bajo el peso de tensiones geopolíticas, guerras comerciales, murallas de aranceles prepotentes y una feroz lucha por mercados, pero sobre todo recursos. Esta es una prueba de madurez para el Mercosur: o se ordena internamente para proyectarse al mundo y frente a un socio que peca de extremada seriedad y fuerza como lo es la UE, o se hunde en la intrascendencia, lastrado por el peso de sus limitaciones estructurales.
Es su oportunidad; 720 millones de personas podrían unirse al acuerdo comercial más grande del mundo, pudiendo entrar a mercados más ricos que los nuestros. La agroindustria tendría que estar lanzando confetis, sobre todo el Paraguay, cuyas exportaciones tienen su fuerte en el sector primario. La reducción de aranceles y una mejor previsibilidad normativa pueden atraer mucha inversión extranjera que apunte a la producción y exportación a la U.E. Se tiene que aprovechar para diversificar la producción y sobre todo para invertir en agregar valor a nuestros productos; es una oportunidad para salir de la eterna trampa del humilde exportador de materias primas mientras vacía sus bolsillos comprando elaborada y cara tecnología que dinamite nuestras ya de por sí desequilibradas balanzas comerciales.
Dejando de lado el anterior baño de optimismo, no podemos soslayar los peligros que afrontará nuestro país, que son varios. El primero es la asimetría estructural; competiremos con economías adictas al subsidio, justamente en sectores que nos importan, como el de la agricultura. Protegen su producción de formas directas o indirectas, como exigir altos estándares sanitarios, de trazabilidad, que elevan costos y pueden dejar afuera a pequeños productores, concentrando los beneficios solo en los grandes exportadores, lo que aumentaría las desigualdades internas. Otro peligro es el "imperialismo verde", donde usan y abusan con exigencias de sostenibilidad como herramientas de presión política y barreras comerciales disfrazadas que transforman a los socios "débiles" en simples subordinados.
Incluso con estos nubarrones, hay que admitir que el acuerdo es una oportunidad vital que el MERCOSUR no puede desperdiciar. Es cierto, no garantiza un desarrollo per se, mas no es malo que nos obligue a enfrentar las debilidades estructurales ignoradas por décadas; es la oportunidad de ser lo que se soñó en su momento: una plataforma real de inserción global.
Al final, el tratado no solo promete oportunidades, sino que exige disciplina, visión estratégica y políticas capaces de aprovechar los beneficios y amortiguar los costos. Sin una clara política de acción, el tratado favorecerá a pocos y dejará al resto bajo la mesa; con ella, el Paraguay podría dar un salto adelante en un mundo complejo que deja a un lado a los rezagados. Es una obligación y una oportunidad de nuestro estado, y de nuestros socios, el prepararse y obrar como corresponde.