Nadie puede servir a dos señores

Pbro. César Nery Villagra Cantero
por Pbro. César Nery Villagra Cantero 21 Septiembre de 2025
21 Septiembre de 2025
San Lucas (Lc 16,1-13)
San Lucas (Lc 16,1-13) Foto: .inmaculadaconcepcion.cl

1Decía también a sus discípulos: "Había una persona rica que tenía un administrador a quien acusaron ante él de malbaratar su hacienda. 2Un día le llamó y le dijo: '¿Qué oigo decir de ti? Dame cuenta de tu administración porque ya no seguirás en el cargo'. 3Entonces se dijo para sí el administrador: '¿Qué haré ahora que mi señor me quita la administración? Cavar no puedo; mendigar, me da vergüenza. 4 Ya sé lo que voy a hacer para que cuando sea destituido del cargo me reciban en sus casas'. 5 Llamó entonces uno por uno a los deudores de su señor. Dijo al primero: ¿Cuánto debes a mi señor? 6 Respondió: 'Cien medidas de aceite'. Él le dijo: 'Toma tu recibo, siéntate en seguida y escribe cincuenta'. 7 Después preguntó a otro: 'Tú, ¿cuánto debes? Contestó: 'Cien cargas de trigo'. Dícele: 'Toma tu recibo y escribe ochenta'. 8 El señor alabó al administrador injusto, porque había obrado con sagacidad. ¡Y es que los hijos de este mundo son más sagaces con los de su clase que los hijos de la luz'! 9 Así que os digo: Haceos amigos con el dinero (mamōnas) injusto para que, cuando llegue a faltar, os reciban en las eternas moradas. 10 El que es fiel en lo insignificante, lo es también en lo importante; y el que es injusto en lo insignificante, también lo es en lo importante. 11 Entonces, si no fuisteis fieles con el dinero (mamōnas) injusto, ¿quién os confiará el verdadero? 12 Y si no fuisteis fieles con lo ajeno, ¿quién os dará lo vuestro? 13 Ningún criado puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se dedicará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero (mamōnas)".

[Evangelio según san Lucas (Lc 16,1-13) — 25º domingo del tiempo ordinario]

El episodio narrado por Lc 16,1-13, que la liturgia de la palabra nos propone para este domingo, 25º del tiempo ordinario, representa un texto de no fácil interpretación porque está compuesto por una parábola sobre la alabanza de un administrador, en razón de su sagacidad, acusado de malbaratar la hacienda de su señor (Lc 16,1-8) y tres aplicaciones sapienciales discontinuas en relación con la parábola. 

Desde la época patrística, la mayoría de los comentarios antiguos, incapaces de penetrar en el significado profundo de la parábola, se contentan con homilías edificantes sobre la necesidad de rendir cuentas de la administración. Los biblistas modernos tampoco han contribuido lo suficiente en clarificar la situación, ya que hay un desacuerdo considerable sobre el verdadero final de la parábola propiamente dicha. El calificativo que se puede atribuir al administrador es "fraude". Empieza por derrochar los bienes de su amo y añade una falsificación de cuentas en provecho de los deudores de su señor. Pues bien, ¿qué puede sacar de aquí un cristiano? ¿Cómo puede servir de ejemplo una conducta semejante? 

Se rumorea que el administrador no es honesto, que derrocha unos bienes que no son suyos; y los rumores llegan al propietario. Pero no se dice en concreto en qué consiste realmente esa mala administración: ¿negligencia culpable?, ¿estafa calculada?, ¿indiscreción peligrosa? El caso es que el administrador no niega esas acusaciones, no intenta defenderse ni se echa a los pies del propietario para que le perdone; parece, pues, que hay razón más que suficiente para considerarlo como un administrador "desaprensivo" o sinvergüenza. También habría que preguntarse si el administrador añadió a su mala gestión un nuevo delito, el de la falsificación de documentos. Lo cual abre nuevas interrogantes.

Según la práctica corriente, el administrador podía hacer préstamos de las propiedades del dueño, por los que recibía una comisión en concepto de intereses; esa comisión, con su correspondiente recibo o aval fiduciario, se adjuntaba a los documentos oficiales que estipulaban la cuantía del préstamo. Muchas veces, en los documentos sólo constaba el total de la deuda, es decir, la estipulación acordada, más los intereses. Esa práctica era habitual en el antiguo Medio Oriente. Según Flavio Josefo, Herodes Agripa I, a punto de caer en bancarrota —hacia los años 33-34 d.C.— se vio obligado a solicitar un préstamo a un banco extranjero por medio de un agente de cambio, un tal Marsias; el rey tuvo que firmar un recibo por valor de veinte mil dracmas áticas, aunque, en realidad, sólo recibió diecisiete mil quinientas. 

La pregunta que podemos hacernos consiste en interrogarnos ¿por qué elogia el amo al administrador? ¿Cómo iba a aprobar un propietario una falsificación de cuentas realizada por su propio gerente, que podría implicar incluso una violación directa de la Toráh? Por eso lo que elogia el amo es la "sagacidad" (fronímōs) de su "administrador injusto" que, para congraciarse con los deudores, sustrae de la deuda total la cantidad correspondiente a su comisión. En efecto, el administrador invita al cliente a que escriba un nuevo recibo por valor de cincuenta u ochenta, respectivamente, eliminando así su propia comisión, actuación que recibe elogio del propietario.

Entonces... ¿cuál es el significado de la parábola? Ante todo, no se trata de una advertencia sobre la perversidad de las posesiones materiales; no es una aprobación de las irregularidades atribuidas al administrador; tampoco una aprobación de la estafa por falsificación de cuentas. Posiblemente es un "elogio" de la sagacidad o astucia de un gerente que, en una situación difícil, supo rentabilizar en provecho propio aun sus posibles irregularidades. Así es como el administrador injusto o desaprensivo puede ser un ejemplo para el cristiano; no por su ostensible falta de escrúpulos en la administración de bienes ajenos, sino por su acertada actuación para zafarse de una problemática situación. 

A Lc 16,1-8 siguen tres aplicaciones de la parábola que giran en torno a la actitud ante los bienes materiales. Son "máximas sapienciales" de Jesús —dos son declarativas y una exhortativa por estar en imperativo—. En la primera aplicación (Lc 16,8b-9), se evidencia la contraposición entre "administrador injusto" —en paralelo con "los hijos de este mundo"— con "los hijos de la luz". La frase "los hijos de este mundo", acuñada en forma colectiva, sería la figura que representaría al "administrador injusto", es decir, aquellos que saben manejarse en situaciones complicadas y saben zafarse con astucia de los problemas. Y en esta viveza superan enormemente a "los hijos de la luz", los cuales, por el contexto, representan a quienes son cándidos y francos porque, al carecer de malicia, se muestran naturales y espontáneos, como los discípulos (cristianos). 

El aspecto central de la enseñanza parece apuntar hacia la disparidad de actitudes frente a una situación problemática. Indirectamente, se recomienda al discípulo a actuar con sagacidad ante las exigencias del Reino porque está en juego la dimensión escatológica de su comportamiento (cf. Lc 16,9). El cristiano no puede seguir la lógica del mundo. En consecuencia, debe aprender a usar los bienes materiales (que aquí se denomina "dinero de la injusticia") con el fin de ganarse, en la vida venidera, "amigos" que le ayuden a pasar por las puertas del Reino. 

La expresión "haceos amigos del dinero de la injusticia" (Lc 16,9) no supone una recomendación y, menos aún, una justificación del principio maquiavélico "el fin justifica los medios", pues desde la perspectiva cristiana nunca se podrá legitimar los modos torcidos de actuación para obtener un fin determinado. Aunque el objetivo sea bueno, moralmente no se puede justificar una actuación tortuosa y serpentina para obtenerlo. El discípulo de Cristo debe tener el horizonte claro con la mirada puesta en el Reino y con medios y métodos honestos para acceder en él. No se han encontrado aún expresiones con idéntico significado en los textos semíticos. 

Sin embargo, hay algunas expresiones afines como en Qumrán. Así, por ejemplo, tenemos la frase hôn ḥāmās que traducido expresa "riqueza de violencia" (1QS 10,19) y hôn hāriš'ah, es decir, "riqueza del mal" (CD 6,15). En los targumines, además, se encuentran expresiones como mamōnas dišqar que se traduce por "posesiones tortuosamente adquiridas" que sería una versión de la frase hebrea de los Proverbios —boṣea' baṣa'— "el que codicia" o "el codicioso". Sin embargo, ninguna de estas referencias expresa exactamente lo que sugiere el tercer evangelista, pues la codicia no necesariamente implica posesión. Lo que san Lucas pretende decir, según parece, es cuanto sigue: Que "dinero de la injusticia" subraya acciones desvergonzadas en el sentido de "dinero que lleva a la injusticia"; en consecuencia, se refiere a la seducción que provocan los bienes materiales, como el dinero, que empujan no solo a la esclavitud sino un impulso hacia comportamientos claramente inmorales. 

Se advierte que este dinero "llegará a faltar", es decir, terminará en razón de una crisis o de un apuro (que podría referirse a la muerte) y, por tanto, será menester aprender a usar con sagacidad las riquezas —el "dinero de la injusticia"— con el fin de asegurarse la vida futura en el mundo venidero.   

En la segunda aplicación de la parábola (Lc 16,10-12) se aborda la cuestión desde una perspectiva distinta. En efecto, la enseñanza emerge de los alcances de una administración bien llevada, pues el que es el "fiel en lo insignificante, lo será también en lo importante" (Lc 16,10a). En contraste, se plantea la infidelidad en el manejo de lo insignificante. La deslealtad administrativa en las pequeñas cosas es un reflejo de lo que será la gestión en los asuntos importantes. Se presupone que el estilo deshonesto seguirá su ritmo en el gerenciamiento de bienes de mayor volumen. De la parábola del administrador sagaz (Lc 16,1-8) parece deducirse un manejo tortuoso y poco claro de los bienes de su señor, razón por la cual le solicita que rinda cuentas porque decidió despedirlo. 

Sigue una formulación hipotética que sirve de deducción de lo que precede. Literalmente: "Pues, si con el dinero injusto fiable no llegaste a ser; ¿quién os confiará lo verdadero? (Lc 16,11). Aquí se opone "dinero injusto" con "lo verdadero". Esta expresión puede significar "lo que es realmente bueno". Según el siguiente versículo (v. 12), la infidelidad con lo ajeno se convierte en parámetro de la administración de los propios bienes, tal vez una herencia que se presupone se manejará con despilfarro.

La tercera aplicación (Lc 16,13), si bien no se relaciona directamente con la parábola, es una síntesis de la actitud genérica ante los bienes mundanos, entre ellos el dinero. Aquí se plantea que no puede haber dos fidelidades, pues no se puede servir a dos "señores": "Ningún criado puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se dedicará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero". Los "señores" están representados por "Dios" y por mamōnas que hoy se traduce por "dinero". Pero este no era el significado originario ni exclusivo.

En la tradición bíblica la actitud para describir al creyente es precisamente aquella del "servicio" que indica la relación del pueblo en relación con Dios y se concretiza en una ética basada sobre la lógica del amor. La constatación sobre la imposibilidad de servir simultáneamente a dos patrones es seguida por la presentación de la doble alternativa: Preferir uno u otro. La parábola, con la imagen del siervo que en la antigüedad pertenecía de manera exclusiva a un único patrón, pone de relieve la imposibilidad de estar a disposición de dos señores. El doble servicio conducirá a odiar a uno de los dos patrones que al final del texto son identificados con Dios y Mamōnas. Este término enigmático corresponde a la transliteración del arameo mâmmônâ' que derivaría de la raíz 'aman cuyo significado indica aquello en lo cual se tiene fe o aquello en lo que se deposita la confianza o la seguridad (de ahí amén). De modo que puede referirse, genéricamente, a cualquier realidad que sirve como eje de conducta y cosmovisión. Solo más tarde asume el significado de "riqueza" (cf. Sir 31,8), "bienes", "posesiones" o "dinero".

La sentencia puede encontrar un óptimo comentario en el relato del "hombre rico" que se sitúa ante la alternativa de seguir a Jesús, abandonando las propias seguridades económicas o continuar fundando la vida sobre las propias riquezas. El hombre acaudalado (identificado con un "joven" por san Mateo), que tristemente abandona a Jesús, indica, con su elección, la imposibilidad de vivir el estilo del Evangelio y al mismo tiempo empeñarse en un proceso de acaparamiento de bienes o riquezas, en sus variadas formas y manifestaciones (cf. Lc 18,18-27; Mt 19,16-30).

Hay que reconocer que la formulación suena a una sentencia categórica, de absoluta radicalidad: O Dios o Mamōnas. No hay más alternativas. Quien se empeña en la búsqueda febril de mamōnas estará a su servicio y lo deificará convirtiéndolo en ídolo con todas las consecuencias que ello implica. Entonces, el discípulo es invitado a elegir a quién servir. En realidad, esta lapidaria afirmación no necesita más comentarios. Si el discípulo elige a Dios entra en la lógica de una dependencia que enaltece, una dedicación que consagra; con referencia a mamōnas se trata de una esclavitud que envilece, una obsesión que acaba por aplastar. 

En fin: El administrador sinvergüenza, al verse en una situación tan comprometida, supo actuar con perspicacia y salir airoso, renunciando incluso a lo que era suyo, a la parte que le correspondía como ganancia. Eso es lo que deberá aprender el cristiano; frente a las exigencias del Reino no se puede actuar atolondradamente, sino calculando los riesgos y aun renunciando, si es preciso, a las posesiones materiales y a realidades inmateriales a las que uno se apega (ideologías, ideas fijas, concepciones erróneas, etc.). Es necesario recordar que, en la parábola, el administrador puede manipular lo que es suyo —sus comisiones— sólo porque el amo, haciéndole su administrador, le ha dado la posibilidad de ganarlo; es un favor que el propietario le ha hecho a su gerente. 

Podemos decir que, en la parábola, no se alienta al cristiano a ser deshonesto o tramposo. Todo lo contrario, el Evangelio siempre brega por la rectitud y la honestidad porque "el que es fiel en lo poco será fiel en lo mucho" (Lc 16,10-13). Lo que se rescata es la "sagacidad", la habilidad para dar solución al problema en el que se vio envuelto. Vale aquí lo de "mansos como la paloma, pero astutos como la serpiente" (cf. Mt 10,16). 

Más peligroso aún, y siempre latente, es el tema de la idolatría que, con contundencia, Jesús sentencia al final en Lc 16,13b: "No podéis servir a Dios y a Mamōnas". La idolatría puede presentarse siempre con renovadas formas y no se reduce a una cuestión meramente cultual sino se abre a toda actitud o acción por las que el idólatra pone en marcha la búsqueda afanosa de bienes o de un sistema de principios, convicciones o ideologías que acaparan su horizonte y mueven toda su vida, dejando de lado a Dios, a Cristo y su Evangelio. 

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