Más allá de la endogamia académica
La contratación de egresados propios como docentes, práctica conocida como endogamia académica, ha sido tan persistente que en muchos sistemas universitarios constituye la norma más que la excepción. El problema no radica en su mera existencia, sino en su naturalización acrítica.
En 2009, Francisca Cruz Camargo y Enrique Cruz García publicaron un estudio ya clásico, Entre Ouróboro y Edipo, en el que analizaron la composición académica de la Facultad de Estudios Superiores multidisciplinaria Aragón, unidad de la Universidad Nacional Autónoma de México fundada en 1975 en Nezahualcóyotl, Estado de México. Sus hallazgos fueron contundentes. En la licenciatura en sociología, el 67 por ciento de los docentes eran egresados de la propia facultad y, si se sumaban quienes se habían formado en la UNAM, la cifra alcanzaba el 75 por ciento. En el posgrado en pedagogía el porcentaje superaba el 77 por ciento. No se trataba de casos aislados, sino de una estructura de reclutamiento marcadamente autorreferencial.
Para describir esta dinámica, los autores recurrieron a la imagen del ouróboros, la serpiente que se devora a sí misma. La metáfora dialoga con la noción de autopoiesis formulada por Humberto Maturana y Francisco Varela en los años setenta y posteriormente desarrollada por Niklas Luhmann; en síntesis, se refiere a que todo sistema tiende a reproducir sus propios componentes para conservar identidad y estabilidad.
Los riesgos y la diversidad
La universidad no es una excepción. El riesgo no está en la continuidad en sí misma, pues toda institución necesita memoria y transmisión interna de saberes. El riesgo aparece cuando la reproducción constante de los mismos perfiles limita la diversidad formativa y la circulación de enfoques. Allí emerge lo que puede denominarse como empobrecimiento epistemológico, es decir, la reducción del horizonte teórico —y metodológico—, la menor exposición a paradigmas alternativos, y, la reiteración de marcos conceptuales sin contraste crítico. La universidad que se contrata a sí misma puede garantizar cohesión, pero corre el peligro de estrechar progresivamente su campo intelectual.
La evidencia muestra que esta tendencia no se limita al caso mexicano. En 2022, Johnny Leandro Saavedra-Camacho, Sebastian Iglesias-Osores y Johana Acosta-Quiroz publicaron un estudio sobre una universidad pública de Lambayeque, en Perú, en el que analizaron a 545 docentes. Encontraron que el 68.3 por ciento había realizado su formación de pregrado en la misma institución donde ejercía como profesor. Más aún, vincularon esta dinámica con niveles modestos de productividad científica y con una baja presencia de investigadores reconocidos en el sistema nacional. No se trataba solo de un rasgo administrativo, sino de un patrón estructural con implicaciones en el desempeño investigativo.
La repetición del fenómeno en contextos distintos y en momentos históricos diferentes obliga a tomar distancia de explicaciones locales o circunstanciales. Tanto el estudio mexicano de 2009 como el peruano de 2022 describen universidades que tienden a reproducirse con sus propios egresados, consolidando culturas académicas relativamente cerradas. La continuidad institucional puede ser una fortaleza, pero cuando se vuelve predominante y no se equilibra con movilidad y apertura, corre el riesgo de traducirse en esa reducción del horizonte intelectual que antes señalábamos.
En España y América Latina, la crítica ha sido sostenida
Desde inicio de los años dos mil, autores como Mariano Fernández Enguita, Francesc Pedró y Alberto Reig Tapia advirtieron que la endogamia universitaria no es solo una cuestión de tradición, sino un problema estructural que afecta la calidad del sistema. Cuando la mayoría de las plazas se cubren con candidatos formados en la misma institución, la movilidad se reduce, las jerarquías se hacen aún más rígidas y la competencia abierta pierde vigor. Si los concursos terminan siendo confirmaciones previsibles de trayectorias internas, la universidad disminuye su capacidad para atraer talento externo y reduce la posibilidad de confrontar sus paradigmas alternativas. con perspectivas
En América Latina, investigadores como Manuel Gil Antón y Pablo Latapí advirtieron que la endogamia puede consolidar verdaderos feudos académicos y reproducir dinámicas corporativas que obstaculizan la renovación intelectual. El problema no se reduce a quién ocupa una plaza, sino a cómo se tejen y perpetúan redes de poder, evaluación y promoción dentro de las instituciones. Cuando los mismos grupos controlan comités, jurados y órganos colegiados, la circulación del talento se vuelve secundaria frente a la lealtad interna.
Y peor aún es cuando la lógica endogámica deriva en prácticas abiertamente clientelares. Promover o contratar por parentesco, afinidad personal o simple 'amigismo' no solo erosiona la meritocracia, sino que degrada la legitimidad académica. Allí la universidad deja de ser comunidad de saber para convertirse en red de favores. En ese punto, la endogamia deja de ser un fenómeno estructural discutible y se transforma en una distorsión ética que compromete la calidad, la equidad y la confianza pública en la educación superior.
Ahora bien, reducir el fenómeno a una patología moral sería simplista. El propio estudio sobre la FES Aragón reconoce ventajas instrumentales. La endogamia puede facilitar que docentes con limitaciones de movilidad continúen su formación sin abandonar su sustento laboral. Puede fortalecer la identidad institucional y asegurar continuidad en determinadas líneas de docencia e investigación. En entornos donde las plazas de carrera son escasas y la estabilidad es frágil, contratar egresados propios se convierte en una solución pragmática. Este escenario se observa con mayor frecuencia en universidades jóvenes o en instituciones que operan con restricciones presupuestarias significativas y limitada proyección internacional. En esos contextos, la urgencia institucional se concentra en asegurar continuidad docente, cubrir la carga académica y mantener funcionamiento básico. Diseñar políticas complejas de reclutamiento global, atraer talento externo o promover estancias internacionales puede parecer un objetivo deseable, pero no siempre viable en el corto plazo.
El contraste se hace evidente cuando se miran instituciones con financiamiento sólido y redes internacionales consolidadas. En muchas de ellas, la movilidad académica no es un valor accesorio, sino un criterio explícito de calidad. Haber cursado estudios de posgrado en una institución distinta a la de origen suele considerarse un indicador de apertura intelectual y de ampliación de redes científicas. La circulación académica, en estos casos, no es un lujo elitista, sino una estrategia deliberada para incorporar diversidad metodológica, contrastar paradigmas y evitar la homogeneización del pensamiento.
Esta diferencia no responde únicamente a la voluntad institucional. Está profundamente ligada a condiciones estructurales. Las universidades con mayor capacidad financiera pueden sostener convocatorias internacionales competitivas, estancias postdoctorales ofrecer atractivas y someter sus procesos a evaluaciones externas rigurosas. Las instituciones con recursos limitados, en cambio, operan en un marco más estrecho, donde la prioridad es garantizar funcionamiento básico y estabilidad mínima, lo que reduce el margen para políticas de apertura ambiciosas. Pero tampoco se trata de sustituir una práctica problemática por otra igualmente cuestionable. Contratar académicos externos únicamente para elevar indicadores, mejorar posiciones en rankings o cumplir requisitos —más frecuentes en épocas de acreditación— es una forma distinta de simulación. Esa lógica instrumental convierte la apertura en estrategia cosmética y no en convicción institucional. Incorporar talento externo como medida coyuntural para "cubrir el sol con un dedo" no corrige el problema de fondo, solo lo maquilla.
La movilidad y la diversidad académica deben responder a una política sostenida de calidad, no a impulsos reactivos ante evaluaciones o presiones externas. De lo contrario, la universidad oscila entre el cierre corporativo y la apertura oportunista, sin consolidar una cultura genuina de excelencia. Sin embargo, reconocer esta desigualdad no implica aceptarla como destino inevitable. Precisamente porque los recursos son limitados, la política de reclutamiento se vuelve aún más estratégica. La gestión del talento académico no puede reducirse a la mera cobertura de plazas, sino que debe pensarse como una decisión de largo alcance que incide en la calidad institucional. El problema surge cuando la respuesta coyuntural a la precariedad se consolida como patrón permanente.
El mecanismo de continuidad se transforma en sistema cerrado de reclutamiento. Cuando la excepción se convierte en norma, la universidad deja de equilibrar tradición y apertura y se inclina casi exclusivamente hacia la reproducción interna. Ir más allá de la endogamia académica no significa descalificar a quienes se formaron y permanecen en la misma institución. Significa revisar los incentivos y las reglas que configuran el mercado académico.
La literatura internacional insiste en convocatorias abiertas, participación de evaluadores externos y mecanismos que incentiven la movilidad temprana. Los estudios empíricos muestran que niveles elevados de endogamia tienden a asociarse con menor productividad científica y menor apertura intelectual. No se trata de soluciones milagrosas ni de recetas importadas que, por sí solas, transformen la cultura académica. Se trata de algo más elemental y, al mismo tiempo, más exigente; establecer reglas claras y sostenidas que impidan que la universidad se repliegue sobre sí misma. Son principios básicos de transparencia, competencia abierta y evaluación imparcial que buscan evitar que los procesos de reclutamiento y promoción queden capturados por círculos internos. Sin esos mínimos institucionales, cualquier discurso sobre calidad termina diluyéndose en prácticas corporativas que reproducen lo mismo bajo apariencias distintas.
La cuestión de fondo no es si la endogamia debe desaparecer por completo, pues la movilidad absoluta tampoco garantiza calidad. El punto crucial es el umbral. ¿Cuándo la reproducción interna deja de ser continuidad virtuosa y se convierte en estancamiento estructural? La evidencia comparada sugiere que una presencia limitada puede cumplir funciones docentes y administrativas sin afectar gravemente el desempeño. Pero cuando el entorno se vuelve predominantemente endogámico, la creatividad, la innovación y la proyección internacional tienden a resentirse.
Una universidad que aspire a tener altos estándares de calidad, no puede renunciar a la circulación de ideas, personas y métodos. En buena parte, la calidad académica se construye sobre diversidad epistemológica, el consenso y el disenso, la competencia abierta y la evaluación rigurosa. Quizá su pensamos más allá de la endogamia académica, podemos vislumbrar a la universidad como espacio de confrontación intelectual genuina, no como circuito cerrado de reproducción interna. Quizá más allá de la endogamia académica encontremos que la universidad que decide romper el ciclo del ouróboros no pierde su esencia; al contrario, recupera su vocación universal y su capacidad de diálogo crítico con el conocimiento.
Sobre el autor: Molina Aguilar es psicólogo de formación, Magíster en Salud Mental y especialista en Psicooncología. Actualmente se encuentra en proceso de disertación doctoral en Ciencias Sociales, desarrollando una línea de investigación centrada en las narrativas del padecimiento, los manejos sociales del lupus eritematoso sistémico y las intersecciones entre salud, cuerpo y vida cotidiana desde la antropología médica y las ciencias sociales. Es Director del Semillero de Investigación del Comportamiento de Automedicación y Co-Director del Observatorio del Comportamiento de Automedicación de la Universidad del Rosario, en Bogotá. En El Salvador, ejerce su labor clínica en la Clínica del Dolor de la Liga Contra el Cáncer y en el Instituto Contra el Cáncer Dr. Narciso Díaz Bazán, además de desempeñarse como docente de posgrado en distintos programas de maestría, entre ellos la Maestría en Gerencia de Proyectos y Planificación para el Desarrollo de la Universidad de El Salvador.
En el ámbito de la antropología médica, es miembro activo de la Society for Medical Anthropology y de la Association for the Anthropology of Consciousness, ambas pertenecientes a la American Anthropological Association, donde integró el Comité Evaluador durante el período 2022-2025. Asimismo, forma parte de la División 28 de la American Psychological Association, orientada a la Psychopharmacology and Substance Abuse.