La visita de los pastores
(Los pastores) fueron a toda prisa y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho acerca de aquel niño; y todos cuantos lo oían se maravillaban de lo que los pastores les decían. María, por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su interior. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, tal como se les había anunciado. Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le puso el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno.
[Evangelio según san Lucas (Lc 2,16-21) - Solemnidad de Santa María, Madre de Dios]
La liturgia de la palabra, centrada en el Evangelio de san Lucas, que la Iglesia nos presenta en este domingo, primer día del nuevo año (2023), nos relata la “visita de los pastores” al niño Jesús, recién nacido, y a sus padres José y María.
Ante todo, es preciso decir, que “lo esencial” de esta narración se centra en “el mensaje de los ángeles” relatado en precedencia: “El ángel les dijo: 'No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor. Esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre'” (Lc 2,10-12). La acción de los pastores queda en un plano secundario, es menos significativo, porque será la vida de Jesús, su ministerio, pasión, muerte y resurrección -y no solo las primeras horas- lo que definirá y confirmará el Evangelio.
La “prisa” (griego: speudein), probablemente, tiene que ver con la distancia recorrida por los pastores. El mensaje de los ángeles viene del Señor que da a “conocer” (griego: gn?rizo) una noticia sobre la historia de la salvación. Y no se trata de cualquier noticia sino del más importante anuncio en miles de años de la historia de Israel y de toda la humanidad: la Encarnación.
Los pastores “encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre” (Lc 2,16). Ante el asombroso y sencillo encuentro expusieron la revelación reciba de parte de los emisarios de Dios. Como consecuencia, el evangelista refiere la “admiración” y el “asombro” de quienes escucharon la noticia. En este punto es importante indicar que la “gloria de Dios” no envuelve tanto al pesebre sino a la palabra de Dios que resplandece todo. Pues, solo la palabra de Dios, sobre la que no tenemos ningún poder, puede irradiar como theologia gloriae (François Bovon): “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace” (Lc 2,14).
Es relevante señalar que la expresión griega empleada por el autor para indicar el relato de lo sucedido es el vocablo r?ma que, simultáneamente, significa “palabra” y “acontecimiento”; en consecuencia, se trata de algo que debe ser “escuchado” y “visto”, es decir, “contemplado”. Desde luego, se trata de un hecho que invita a la reflexión y al ejercicio sapiencial. La sabiduría de Dios, revelada a través de los siglos, llega a su punto culminante, y confluirá en la “sabiduría de la cruz” que, para quienes se aferran a la lógica mundana es “escándalo” y “necedad”; pero para los creyentes es “fuerza y sabiduría de Dios” (1Cor 1,23).
El verbo griego lalé? que acompaña al vocablo r?ma no indica un “hablar” ordinario sino el discurso de la “predicación cristiana” que, ahora, en forma proléptica (anticipada) señala ya, de modo incipiente, que estamos ante un acontecimiento que deberá ser difundido como Buena Noticia en la historia de la Iglesia. Por eso, no es extraño que los pastores repitan la alabanza de los ángeles (Lc 2,13): “Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, tal como se les había anunciado” (Lc 2,20).
María, en Lc 2,19, se encuentra en la misma situación respecto a los pastores y sus oyentes, pues ella: “por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su interior”. “Guardar” (verbo griego: t?ré?) significa “custodiar”, “registrar” y “conservar” en la memoria tanto la acción vista como las palabras oídas. No se trata de un recuerdo melancólico de un pasado perdido, sino de la memoria del contenido vivo de la fe. Con todo, no se trata solo de un simple “registro”, pues mediante el vocablo griego symbállousa el autor nos indica que, más allá de la evaluación lógica e intelectual de los hechos, María “interpreta” lo sucedido no solo con su “entendimiento” (griego: no?s) sino, sobre todo, con su voluntad y afectividad, es decir, en su corazón.
Después de este relato bucólico, el autor hace un “salto narrativo” exponiendo el siguiente versículo (Lc 2,21) “ocho días” después de la visita de los pastores: “Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le puso el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno”.
Así, el evangelista señala, como referencia para la asignación del nombre, el tiempo en el que los judíos realizaban el rito de la “circuncisión” (verbo griego: peritemn?) a los niños recién nacidos. Aquí no se aborda tanto el ritual por el que el pequeño ingresa oficialmente al Pueblo de la Alianza sino el tema del nombre con el que debía ser llamado. No deja de ser relevante que ese nombre no es fruto de la iniciativa humana, pues ni José ni María deciden al respecto sino el enviado celestial, es decir, el ángel que viene directamente como plenipotenciario de Dios y por cuya voluntad, antes de la concepción, debe llevar un nombre programático: Jesús, del griego I?so?s, trascripción del hebreo Yehô?ua' que significa “Yahwéh ayuda” o “Yahwéh es salvación” porque “Él será grande, le llamarán Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin” (Lc 1,32).
El texto de san Lucas, arriba explicado, nos sugiere la siguiente reflexión: Ante todo, uniendo el presente relato (Lc 2,16-21) y los textos precedentes, podemos entrever que “gloria” y “abajamiento” se unen, se entrelazan, pues los “ejércitos de los ángeles” acompañan a un nacimiento miserable (en un establo). De esta manera, ya desde el principio se anticipa que la vida de Jesús tiene un comienzo que se sitúa bajo el signo de la cruz (pobreza) y, simultáneamente, bajo el signo de la gloria (ángeles, gloria celestial...) que se coronará con la resurrección. El evangelista, con profunda sabiduría, ya nos advierte que el niño recién nacido lleva en sí mismo esta doble realidad: la pobreza presente y el poder escatológico futuro.
En la inteligencia teológica del texto, también se puede descubrir que la venida de Dios al mundo no acontece en una unión “mística”, sino en la historia (Lc 2,1-5). Se desarrolla bajo la rúbrica del signo que requiere la interpretación por medio de la palabra de Dios (Lc 2,14; cf. 1Cor 2,14). Por eso, el significado escatológico del relato encierra un aspecto crítico: La historia de la Navidad se presenta, por un lado, contra las pretensiones imperiales (contra una “Iglesia triunfante”); y, por el otro, contra el irreflexivo fanatismo religioso que renuncia al raciocinio.
En efecto, María y los pastores encarnan la actitud conforme con la obra de Dios: No ya el servilismo o la obediencia ciega, sino la fe activa. María es como Abrahán, modelo de creyente. Su fe es una fe doblemente activa: comprende y experimenta en su carne lo que cree. De este modo, la actitud de María es una invitación a superar la mera adhesión ideal o intelectual a Jesús y a su obra salvífica, con el fin de vivir “una fe movida por la caridad” (Gal 5,6), una fe que se traduce en obras (Sant 2,14-17); en fin, una fe operativa aplicada en la expansión del Reino de Dios.
Recemos hoy, todos juntos, por el eterno descanso de Su Santidad, el Papa emérito Benedicto XVI, quien retornó ayer a la Casa del Padre, un Obispo de Roma que se autodefinió “un humilde trabajador en la viña del Señor”, gran maestro para nuestros tiempos en un “aula” asediada por la “dictadura del relativismo”.