La predicación ética y mesiánica de Juan el Bautista

La predicación ética y mesiánica de Juan el Bautista

Juan, hijo de Zacarías, recibió en el desierto la palabra de Dios. Y fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados... La gente le preguntaba: “Entonces ¿qué debemos hacer?”. Él les respondía: “El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer, que haga lo mismo”. Vinieron también publicanos a bautizarse, que le preguntaron: “Maestro, ¿qué debemos hacer?”. Él les respondió: “No exijáis más de lo que está fijado”. Le preguntaron también unos soldados: “Y nosotros ¿qué debemos hacer?”. Él les contestó: “No hagáis extorsión a nadie; no hagáis denuncias falsas y contentaos con vuestra soldada”. Como la gente andaba expectante y andaban todos pensando para sus adentros acerca de Juan, si no sería él el Cristo, declaró Juan a todos: “Yo os bautizo con agua. Pero está a punto de llegar alguien que es más fuerte que yo, a quien ni siquiera soy digno de desatarle la correa de sus sandalias; él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. En su mano tiene el bieldo para aventar su parva: recogerá el trigo en su granero, pero quemará la paja con fuego que no se apaga”. Y, con otras muchas exhortaciones anunciaba a la gente la Buena Nueva”.

[Evangelio según san Lucas (Lc 3,2b-3.10-18); 3er domingo de Adviento]

Juan el Bautista, hijo de Zacarías, habiendo recibido la Palabra de Dios en el desierto, es presentado por Lucas como un predicador itinerante. El marco geográfico de su proclama era toda la región del Jordán. Su método se basaba en el “bautismo”, con agua, con el fin de suscitar el cambio de mentalidad y de vida con el objetivo de acceder al perdón de los pecados.

La Buena Nueva de Juan, según el presente texto (Lc 3,10-18), es una predicación de carácter ético y mesiánico. En primer lugar, la naturaleza de su anuncio es de rúbrica ética porque se relaciona con el comportamiento humano y su repercusión en la vida comunitaria y social. Juan no invita a la gente a adoptar su estilo de vida ni imprime a sus palabras la urgencia que adquiere la dimensión escatológica de su discurso anterior (Lc 3,7-9). La predicación de Juan se centra en promover un interés y una preocupación por los demás. Son consejos y recomendaciones válidos para un judío, un cristiano o un pagano y son perfectamente inteligibles para el ambiente judeopalestinense de la época a la luz del Antiguo Testamento. No es errado pensar, sin embargo, que la predicación escatológica ejerce influjo sobre las normas éticas de conducta. Así, la radicalidad de la predicación escatológica cede ahora ente la exigencia de otras demandas: asistencia al necesitado, honestidad en los negocios, equidad en la aplicación de la justicia.

En efecto, Juan aboga por la distribución compartida de los recursos fundamentales para la existencia (v. 11), la renuncia a la extorsión (vv. 12-13), la abolición del chantaje y de cualquier medida intimidatoria (v. 14). Con todo, Juan no dice a los recaudadores de tributos que deben cortar sus relaciones con el poder invasor, ni a los soldados -aunque tal vez se trate de “mercenarios”- que abandonen su profesión. En realidad, el último consejo que da a los soldados: “conformaos con vuestra paga” (v. 14), ni siquiera contempla la posibilidad de que se trate de un salario injusto.

Las recomendaciones específicas de Juan a sus compatriotas judíos, se dirigen también, en la intención de Lucas, a los lectores cristianos de su evangelio. Son unos cuantos ejemplos del “fruto que corresponde al arrepentimiento” (v. 8), y que es lo que él espera de su comunidad. La colocación, precisamente aquí, del kerigma escatológico proclamado por el Bautista y de sus exigencias de un comportamiento ético revelan la concepción que tenía Lucas del influjo que tenía que ejercer el kerigma sobre el desarrollo normal de la vida cotidiana.

En segundo lugar, sigue la predicación mesiánica o cristológica de Juan el Bautista. Su importancia radica en la definición que da el propio Juan de su papel frente al Mesías, es decir, el que ha de venir, el más fuerte. La predicación mesiánica del Bautista tiene cierto carácter escatológico, especialmente en el v. 17. Aunque Juan no niega explícitamente que él sea “el Mesías”, como se hace en el cuarto Evangelio (Jn 1,20), sí se puede encontrar una negativa implícita, y, por cierto, es la única en toda la tradición sinóptica. Cuando se refiere a Jesús, Juan dice tres cosas: “el Mesías”, “el que ha de llegar”, “el que es más fuerte”. Toda esta parte de la predicación de Juan está dominada por un interés cristológico. Porque es más fuerte el bautismo del Mesías pues será con “Espíritu Santo y fuego”, es decir, mucho más poderoso; es el fuego del espíritu de Pentecostés que purificará las mentes y los corazones.

De este modo, aunque Jesús “esté por llegar” (v. 16 c), es decir, viene después de Juan, en sentido cronológico (cf. Hch 13,24-25), no viene “detrás” de él, como el discípulo que “sigue” a su maestro. Juan no merece, “no es digno” de realizar siquiera el más humilde servicio con relación a Jesús (cf. v. 16d). La diferencia entre las dos clases de bautismo reside en que el de Juan es sólo con agua, mientras que el de Jesús será con Espíritu Santo y fuego (cf. v. 16). Jesús vendrá como “juez” con el fin de separar el trigo de la paja (cf. v. 17). En consecuencia, Juan no es una figura escatológica, sino un predicador profético que anuncia la llegada de “uno más fuerte”, de una figura mesiánica que “está para llegar” y que llevará el ésjaton (el final de los tiempos) a su plenitud. En este sentido, Juan es “más que un profeta” (cf. Lc 7,26); con él queda inaugurada la última etapa, la definitiva. Resulta interesante constatar que en todo el pasaje no se hace la más mínima referencia al Reino de Dios. Juan no proclama el reinado de Dios. En el evangelio de san Lucas, él único heraldo del Reino de Dios es Jesús. Esto implica que la predicación de Juan no es igual a la de Jesús.

En fin, el núcleo de la predicación de Juan el Bautista radica en la reforma de vida como fruto de la metanoia (“conversión”). Este cambio de vida no consiste en sacrificios expiatorios por el pecado o en una serie de prácticas ascéticas, devotas o religiosas sino en una vivencia ética que lleva a la preocupación por el prójimo y al consiguiente compromiso. Un creyente puede ser muy religioso o devoto pero vacío de espiritualidad. El Mesías que es anunciado por Juan, que bautizará con Espíritu Santo y fuego, profundizará más aún en la necesidad del cambio radical que se requiere para entrar en el Reino de Dios, una categoría superior a la mera pertenencia a la comunidad de discípulos. En la parte conclusiva resuena una advertencia para quienes no experimenten la conversión. Serán como la paja, separada del trigo, para ser tirada a la hoguera que no se apaga.