La perseverancia en la búsqueda de la justicia como representación de la oración insistente

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1(Jesús) les propuso una parábola para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer: 2"Había en una ciudad un juez que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. 3 Había en aquella misma ciudad una viuda que, acudiendo a él, le dijo: '¡Hazme justicia contra mi adversario!' 4 Durante mucho tiempo no quiso, pero después se dijo a sí mismo: 'Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, 5 como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que deje de una vez de importunarme'. 6 Dijo, pues, el Señor: 'Oíd lo que dice el juez injusto'; 7 pues, ¿no hará Dios justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche? ¿Les hará esperar? 8 Os digo que les hará justicia pronto. Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?".

[Evangelio según san Lucas (Lc 18,1-8) —29º domingo del tiempo ordinario—]

En este 29º domingo del tiempo ordinario, la liturgia de la palabra nos propone una parábola del tercer evangelista en la que una viuda solicita con insistencia que un "juez injusto" (Lc 18,6) le "haga justicia" (Lc 18,3b). La perseverancia de la viuda en la petición para obtener justicia contra su adversario sirve a Jesús como comparación para inculcar a sus discípulos (cf. Lc 17,22) que "era preciso orar siempre sin desfallecer" (Lc 18,1). El texto sigue a la instrucción escatológica de Jesús sobre "los días del Hijo del hombre" (cf. Lc 17,22-37), contexto relevante sobre todo si se considera el final de la perícopa que alude al decaimiento de la fe al final de los tiempos, cuando venga por segunda vez el Hijo del hombre (Lc 18,8b).

Los protagonistas, presentados por Jesús, son una "viuda" y un "juez injusto". La "viuda" (chēra), en la tradición bíblica, es —junto a los huérfanos y a los forasteros— una referente emblemática de la pobreza, principalmente porque, al no tener marido, estaba desamparada. Los evangelios dan testimonio de esta indefensión, por ejemplo, ante los escribas, los cuales, bajo el pretexto de interceder por ellas, fungían de abogados y se apropiaban de sus bienes y de sus casas (cf. Mc 12,40; Mt 23,14; Lc 20,47). La conducta de las viudas, al contrario, se caracterizaba por la entrega y el desprendimiento como el caso de la "viuda pobre" que donaba todo lo que tenía en el Tesoro del Templo, a diferencia de los "ricos" que echaban de lo que les sobraba (Lc 21,1-4). 

Por su parte, el "juez" (kritēs) —de un pueblo—, de la presente parábola, es caracterizado por dos notas negativas: No tenía temor de Dios ni respetaba a los hombres (Lc 18,2). El "temor de Dios", en la tradición bíblica, no se refiere al "miedo" sino a la búsqueda perseverante de Dios. Por eso, este "temor" es principio de toda sabiduría en razón de que en Dios se encuentra el sentido de todas las cosas (cf. Pv 1,7; 9,10; cf. 1Re 3,5-15; Qo 12,13-14). Es lógico suponer, en consecuencia, que los parámetros de juicio del mencionado juez no coincidan con los criterios de Dios. Esta deducción nos permite concluir que el juez se conducía de manera arbitraria y perversa. La segunda nota negativa ("ni respetaba a los hombres") es una consecuencia lógica de su desprecio a Dios, pues como la teología no estaba en su horizonte tampoco la antropología. El que desprecia a Dios desprecia a su imagen que es el hombre. Estas notas sirven de base para que Jesús lo califique como "juez injusto" (Lc 18,6). 

La viuda había acudido ante el mencionado "juez injusto" con el propósito de que este le haga justicia en relación con su "adversario". Es notable que el verbo ekdikeō se emplee 4 veces en la parábola, 2 veces en relación con el "juez injusto" (Lc 18,3b.5b) y 2 veces en relación con Dios (Lc 18,7ª.8a). El significado del vocablo, básicamente, oscila entre "hacer justicia", "retribuir" o "vengar". En nuestro texto, el sentido que adquiere es el de "hacer justicia a alguien" (en este caso a la viuda), es decir, defender sus derechos legales, por un lado; y, por el otro, "dar su merecido" o "hacer caer el peso de la justicia" sobre el culpable (cf. H. Goldstein). 

La viuda presenta a su contendiente con la expresión antídikos que es un término usado casi siempre en un contexto judicial, teniendo presente que el "juicio" es una imagen de las relaciones que existen entre los hombres o entre el hombre y Dios. Aquí, en nuestro contexto, antídikos, en general, significa "adversario", "antagonista" o "contrincante". Ahora bien, el hecho de que la viuda insista tanto en que el juez le haga justicia hace suponer que su contendiente era una persona poderosa, capaz de doblegar la voluntad del "juez injusto". 

La observación de Jesús sobre la conducta del "juez injusto" —"durante mucho tiempo no quiso" (Lc 18,4a)— refleja la negativa del magistrado y su despreocupación para atender la causa, precisamente porque se trataba de una viuda indefensa, sin peso en la sociedad y desprotegida. Y, probablemente, por la influencia del adversario para torcer el juicio a su conveniencia. Mediante una adversativa postpositiva (), Jesús introduce la noticia de un cambio en la conducta del juez el cual —después de que trascurriera un buen tiempo— reflexionó y dijo: "Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que deje de importunarme de una vez" (Lc 18,4b-5). Siendo consciente de su contrariedad hacia Dios y hacia los hombres, el juez, no obstante, se predispone a "hacer justicia" a la viuda no por otro motivo sino, simplemente, para que le deje de molestar. La insistencia de la viuda le causaba "fatiga" (kópos), le agobiaba, pues era un gravamen para él. El verbo hypōpiázō que se atribuye al juez, como otro móvil de su decisión final de atender el caso de la viuda, indica que desea que "no se agote su paciencia" y lo deje de "atormentar" (Lc 18,5b). 

La conducta final del juez, que ha cedido a la presión constante de la viuda, la cual ha conseguido revertir la posición inicial del magistrado, sirve de paradigma para indicar la conducta de Dios ante la perseverancia de los suyos. Es decir, si un juez injusto, ante la insistencia de una viuda, es capaz de rever su determinación ¡cuánto más Dios hará justicia a sus elegidos que le claman día y noche! (Lc 18,7). El planteamiento, formulado según la técnica de la interrogación, se vale del recurso retórico, es decir, una figura literaria que sirve para persuadir o provocar la reflexión de los interlocutores. La respuesta lógica es que Dios hará justicia con prontitud; atenderá la causa de sus fieles sin demorar. De hecho, el mismo Jesús responde diciendo: "Os digo que les hará justicia pronto" (Lc 18,8a). 

La pregunta final que plantea Jesús —"Pero cuando venga el Hijo del hombre ¿encontrará fe en la tierra?" (Lc 18,8b)— es innegablemente retórica; lo que quiere decir, en realidad es que el Hijo del hombre no va a encontrar "esa fe", a no ser que los discípulos hayan llegado a comprender profundamente la indispensable "necesidad de orar siempre, sin desanimarse jamás" (cf. Lc 18,1). A su modo, en esta pregunta se percibe una resonancia de la exclamación de Jesús cuando decía respecto al centurión romano: "Os digo que ni siquiera en Israel he encontrado una fe como esta" (Lc 7,9). La "fe" que se menciona en este contexto es la que inspira una actitud de oración insistente y perseverante.

En fin, la presente parábola nos merece la siguiente reflexión conclusiva. Ante todo, se detectan dos elementos: La persistencia de la viuda y la negativa del juez, íntimamente relacionados. No se trata exclusivamente de la actitud impertérrita de una viuda que reivindica sus derechos, sino también de un juez que, a pesar de su despreocupación, termina por escuchar las quejas de la víctima y accede a sus demandas. Si ese juez despreocupado no puede menos que ceder ante la insistencia de la viuda, cuánto más tendrá que ceder Dios, el cual es "la Suma Justicia" y, sobre todo Padre. Si la pertinacia de una viuda consigue que sus peticiones sean atendidas por ese juez irresponsable, cuánto más logrará el discípulo con una oración continuada, insistente, sin desfallecer. En este aspecto, la parábola coincide sustancialmente con otra parábola anterior, la del amigo (inoportuno) que se presenta a medianoche a pedir tres panes a otro amigo (Lc 11,5-10).

El consejo de Jesús consiste en perseverar en la oración, una oración que debe ser constante, sin desánimos, sin desfallecimientos, como actitud característica de la vida cristiana, y sobre todo en el "tiempo de la Iglesia", cuando por todas partes surgen proyectos alternativos al plan de Dios que obnubilan la mente humana y secuestran los corazones de hombres y mujeres. Este es precisamente el tiempo no sólo de una oración perseverante, no aquella plegaria repetida una y mil veces como lo hacen los paganos (cf. Mt 6,7-8) sino de la oración que brota por inspiración de la fe. 

Además, esta parábola nos ayuda a corregir la imagen de un Dios que tarda en responder a sus elegidos, un Dios que —al principio— parece estar representado en la figura del juez injusto que demora en atender la causa de la pobre viuda. La corrección está centrada en la pregunta: ¿No hará Dios justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche? ¿Les hará esperar? (Lc 18,7). Y la contundente respuesta: "Os digo que les hará justicia pronto" (Lc 18,8a). Es decir, Dios no es como el juez injusto que da vueltas y emplea mecanismos de dilación para retrasar la resolución de los problemas. Dios no especula ni se hace del diplomático retardando o difiriendo sus resoluciones. La justicia no puede esperar, no debe esperar porque es absolutamente necesaria para la vida humana como lo es la comida y la bebida (cf. Mt 5,6). Todo el proyecto de Dios se puede resumir en la "justicia superior" porque es el contenido del amor cristiano y la llave de acceso al Reino de los cielos (cf. Mt 5,20).