La hora es la hora: cuando la patria espera y el poder llega tarde
En estos días se ha conmemorado un aniversario más de la independencia del Paraguay. Como de costumbre, hubo desfiles y una serie de actividades para recordar a los próceres de mayo. Tampoco faltaron algunas anécdotas ya casi recurrentes que involucran al presidente del país, Santiago Peña. Una de ellas fue su llegada tardía al acto de izamiento del pabellón patrio.
Uno nunca sabe con certeza qué fue lo que realmente ocurrió para que se retrasara en un acto tan delicado y simbólico, que reúne a todos los patriotas del país. En las redes sociales y en los medios de comunicación se ha dicho de todo. Pero lo que debe entenderse es que este señor es el presidente de la República, y se debe a su pueblo, a sus reglas, sus normas, sus leyes y sus tradiciones, que son el alma de la nación. Un desaire como este, en los tiempos actuales, es fatal, y el pueblo reacciona como puede, porque el hartazgo ante todo lo malo que ocurre ya es insoportable.
En este contexto de descontento y distanciamiento con la ciudadanía, el presidente estuvo 11 días fuera del país y ahora se prepara para salir otros 12 días a visitar Japón y otras naciones, bajo el argumento de atraer inversionistas. Lo preocupante es que, hasta el momento, no se observan avances significativos ni resultados concretos de esos viajes de "visibilización"; lo único visible es el alto gasto público que implican. Con ese dinero, tal vez se habría podido construir un hospital en algún departamento aislado, donde no llegan ni médicos ni atención básica.
La llegada tardía de Peña rescató del olvido la icónica frase de Horacio Cartes, quien, en un evento partidario, le espetó: "La hora es la hora", y añadió que si quería ser presidente, debía llegar a tiempo. En esto, coincido completamente con el expresidente Cartes: quien ocupa la primera magistratura de la República, debe respetar a su pueblo, y no dejarse llevar por sus caprichos personales ni mezclar asuntos privados con sus funciones oficiales.
En esta parodia de sucesos anecdóticos se recuerda la soberanía del Paraguay, aunque esa no sea la realidad. Es cierto que ya no tenemos vínculos con España, pero aún existe un yugo esencial y fatal que ahoga los intereses de un pueblo genuino, que se ha levantado de guerras y revoluciones. Me refiero a que Paraguay no logra desprenderse completamente de la influencia de sus vecinos mayores, Brasil y Argentina, quienes siguen marcando la agenda nacional.
Uno de los ejes para entender los complejos problemas de soberanía del Paraguay son las hidroeléctricas, Itaipú y Yacyretá, que en sus inicios fueron anunciadas como obras que convertirían al país en una nación próspera, moderna y con amplias oportunidades de desarrollo sostenible. Recuerdo bien las intervenciones de dirigentes y opositores en aquellos años. Sin embargo, hasta hoy esas empresas binacionales hacen y deshacen a su antojo con los recursos que pertenecen al pueblo paraguayo.
Ya entrado el 2025, la generación que soñó con los beneficios de ese gigante llamado Itaipú sigue igual: cortes de luz que dañan electrodomésticos, energía barata para el exterior pero carísima para el pueblo, y subsidios para los amigos del poder. No se ven vehículos eléctricos en las calles, ni trenes que crucen el país. No hay señales de mejora en la educación; todo lo contrario. Se intenta ocultar el vacío educativo con pupitres "inteligentes" chinos, supuesta inversión con sobrecosto.
Y para cerrar esta línea de lamentos: el programa "Hambre Cero" está resultando ser un fiasco. Se denuncian alimentos de mala calidad y problemas con los proveedores de insumos para las escuelas.
Entonces, ¿qué se celebra? ¿Una soberanía que depende del humor de Brasil y de la inestabilidad de Argentina? ¿Una soberanía en la que el pueblo pasa hambre? Como bien dijo un ciudadano al presidente de la Cámara de Diputados, Raúl Latorre: "No hay nada que festejar". Y otros epítetos que no se alejan de la cruda realidad nacional.
Paraguay está lejos de ser un país soberano, como insisten en repetir los actuales políticos que intentan instalar una falacia: que la soberanía paraguaya está garantizada y que, gracias a ella, el país avanza hacia el desarrollo.
A mi entender, ser soberano significa respetar a la población, defender el Estado de derecho y no arrodillarse ante las grandes potencias que pretenden manejarnos a su antojo. Mucho menos rendir pleitesía a países como Estados Unidos, que hasta hoy siguen influyendo en el destino de Paraguay y de otras naciones latinoamericanas.
Para alcanzar la verdadera soberanía se necesita un estadista genuino. Un presidente con los pies sobre la tierra, con ideas propias, pensamiento claro y una lucidez brillante que inspire respeto y autoridad ante su pueblo. Pero, por lo visto en estos casi dos años de mandato del joven presidente, lamentablemente, no se vislumbra nada de eso, al menos desde mi perspectiva.
Minimizar su llegada tardía a un acto oficial por el solo hecho de ser presidente, implica que no tiene ni un ápice de respeto hacia su pueblo. Lo contrario ocurre cuando viaja al exterior, donde se reúne incluso con funcionarios de tercera o cuarta línea de los países anfitriones. Para eso sí: "la hora es la hora", y no le importa en lo más mínimo la sagrada soberanía.
En fin... ¡Feliz cumpleaños, querida tierra roja paraguaya! Empecemos a proteger nuestra soberanía, y hagámoslo, al menos, empezando por llegar a tiempo a los actos patrióticos.
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