Jesús y el Padre
14/1No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: Creed también en mí. 2En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, no os habría dicho que voy a preparar un lugar. 3Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros. 4Y ya sabéis el camino adonde yo voy. 5Le dijo Tomás: “Señor, no sabemos adónde vas; ¿cómo podemos saber el camino?” 6Respondió Jesús: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. 7Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto”. 8Le dijo Felipe: “Señor, muéstranos el camino y nos basta”. 9Respondió Jesús: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conocéis, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? 10¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que os digo no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. 11Creedme: Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. 12En verdad, en verdad os digo que el que crea en mí hará también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre.
[Evangelio según san Juan (Jn 14,1-12) -5º domingo de Pascua]
En este domingo, el Evangelio propuesto por la Iglesia como centro de la liturgia de la palabra nos plantea un segmento del discurso de despedida de Jesús reunido con sus discípulos en el contexto de la “cena pascual”. El texto se inicia con una invitación a la “serenidad” y a la “entereza”: “No se turbe vuestro corazón” (Jn 14,1a), dice Jesús. El verbo griego taráss?, en imperativo pasivo, expresa una fuerte conminación a los discípulos para que no se dejen “agitar” o “perturbar” en razón de su “despedida” (Jn 13,31-36).
El “corazón” (griego: kardía), al que se refiere Jesús (Jn 14,1), en las Sagradas Escrituras, no se reduce a un simple órgano de la anatomía humana. Según la comprensión griega, además de la función fisiológica, era la sede de los sentimientos anímicos y espirituales. En la cosmovisión bíblica, equivale al hebreo l?b (l?b?b), sede del entendimiento, del conocimiento, de la voluntad y de la conciencia moral. Implica a toda la persona porque es el centro del hombre, es la “sede” que determina su vida y desde el cual el hombre ha de determinar su vida (A. Sand). Aquí se indica “el corazón” de los discípulos que debe permanecer “fuerte” y “firme”. La partida de Jesús no debe ser, para los discípulos, motivo para desfallecer.
En su estrategia retórica, inmediatamente después de animarlos a no decaer, Jesús les recuerda su fe en Dios; lo dice en tiempo presente: “creéis en Dios” (Jn 14,1). Esta fe, fundamental, no lo pone en tela de juicio; al contrario, lo presenta como base para lo que expresa a continuación: “Creed también en mí”. La petición, que puede estar en tiempo presente o en imperativo, se percibe como una invitación para asociar la fe en Dios con la fe en él. En consecuencia, el objeto de la fe de los discípulos deberá centrarse, simultáneamente en Yahwéh y en su Mesías. Esta fe será el vínculo permanente de los discípulos con quien, en breve, se dispone a retornar al “seno del Padre” (Jn 1,18). Seguidamente, argumenta y valida su partida porque tiene la finalidad de preparar, para sus discípulos, “habitaciones” (griego: monaí) en la casa de su Padre. El evangelista, recurriendo al simbolismo antropológico, propio del hábitat humano, proyecta hacia el más allá la idea de “sitio” o de “lugar” (griego: tópos) para cada uno (Jn 14,2). Él no se va definitivamente; promete que “volverá” con el fin de llevarlos de tal manera que donde esté él también estén ellos. Entonces, ya habla de una segunda venida: “volveré y os tomaré conmigo” (Jn 14,3). Jesús les revela, de este modo, que la comunión experimentada con ellos, durante su ministerio terreno, continuará en la vida venidera. Jesús les habló de unas “estancias en la casa de su Padre” (Jn 14,1). Él hizo su “camino” y regresa a
esa “casa”. Para que los discípulos puedan llegar a esa “casa” y ocupar “los sitios” será necesario recorrer también un “camino” (griego: hodós). Él afirma que los discípulos conocen ese itinerario: “Ya sabéis el camino” (Jn 14,4), sostiene. En este punto del discurso, interviene uno de los discípulos llamado Tomás para afirmar, en nombre de todos, que “no sabemos adónde vas”; y se interroga: “¿Cómo podemos saber el camino?” (Jn 14,5). Es importante aclarar que, en el mundo bíblico, “camino” no se reduce al concepto de “vía”, “sendero” o “carretera”; adquiere más bien un sentido metafórico con el fin de significar “el camino de la vida”, “la conducta”, “el viaje en el sentido de
acción” (M. Völkel). De algún modo, el desconocimiento de Tomás es representativo de quienes no logran interiorizarse a fondo de lo que Jesús enseñó, su doctrina, su estilo de vida; y reducen su adhesión a Dios a unas cuantas prácticas devocionales. Tomás es el mismo apóstol de la “duda” que necesitaba una certificación física como requisito para creer en la resurrección de Jesús (Jn 20,24- 25).
La “ignorancia” de Tomás, o su falta de experiencia, permite avanzar en la revelación del Maestro que responde inmediatamente al planteamiento formulado por el discípulo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14,6). Es decir, no solo es “el camino” sino, además, es “la verdad” y “la vida”. Respecto al “camino”, Jesús se presenta como modelo de vida que debe ser asumido por el discípulo. No se trata de una mera adhesión intelectual ni de un consentimiento afectivo sino de una decisión efectiva, real, concreta y cotidiana porque ese modo es el “único camino” que conduce al Padre. Es la “única” manera porque el artículo determinativo griego
hó (él) cierra toda posibilidad a otros caminos. Por eso dirá, en su respuesta: “...nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14,6).
También respecto a “la verdad” y a “la vida” se emplean artículos determinativos que indican exclusividad: Él es la única verdad y es la vida misma, la vida por excelencia. Respecto al concepto de “verdad” hay dificultades en el momento de traducir el vocablo griego al?theia, sobre todo porque en Occidente somos herederos de la cultura grecorromana cuya cosmovisión hunde sus raíces en la reflexión filosófica helenista y en el derecho romano. Para las Sagradas Escrituras, la “verdad” no se reduce a una mera adecuación de la mente humana a la realidad (latín: adaequatio rei et intellectus). No se trata de una verificación intelectual de objetos y hechos. Cuando en Alejandría produjeron la versión griega de los textos hebreos, en general, emplearon al?theia para traducir el vocablo ' emetque quiere decir “fiabilidad” y “firmeza”. Entonces, se puede decir, que Jesús es “la verdad” en cuanto que es “fiable” y “leal”. Nunca pueden variar sus ofertas de amor, de misericordia y de justicia.
Jesús es “la vida”. Esta expresión, en el episodio de la muerte de Lázaro, se repite, añadiéndose a “resurrección” la expresión “vida”. Lo dice a Marta: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11,25-26). En consecuencia, se trata de la vida futura, la vida venidera, sin límites, lo que conocemos como “vida eterna”, concepto que no se identifica totalmente con la idea griega de la “inmortalidad del alma” que presupone un dualismo antropológico de separación de “alma” y “cuerpo”. La vida eterna es la vida plena en comunión con Dios y con aquellos que han asumido la vida de Jesús como la suya propia. Al final de su respuesta a Tomás, Jesús expresa: “Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto” (Jn 14,7). Por tanto, en su persona se concentra no solo el proyecto de Dios sino Dios mismo está presente. El autor de la Carta a los Hebreos, hablando de Jesús
(“Palabra” / “Hijo” / “Heredero”), dice: “Él es resplandor de la gloria de Dios e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa” (Hb 1,3).
Después de la respuesta de Jesús a Tomás, interviene Felipe, otro del grupo de los discípulos, el cual dice: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta” (Jn 14,8). El verbo griego deiknými, en boca de Felipe, adquiere aquí el sentido de “revelar” o “desvelar” porque el Padre (Dios) es el punto de llegada, la meta final del camino cristiano. El verbo griego akré? expresa el “contento” y la “satisfacción” de los discípulos en el caso de acceder a la “revelación” solicitada. Jesús responde extensamente a este discípulo: En primer lugar, con una pregunta retórica: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe?” (Jn 14,9a); en segundo lugar, con una afirmación aseverativa: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14,9b). En tercer lugar, con otra pregunta interrogativa que tiene visos de reprensión: “¿Cómo dices tú: «Muéstranos al Padre»?” (Jn 14,9c). En cuarto lugar, nuevamente recurre al método de la interrogación que apela a la fe: “¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? (Jn 14,10a). En esta última pregunta retórica manifiesta lo que se
podría denominar una “inmanencia recíproca” entre Jesús y el Padre, reforzada por el desarrollo subsiguiente de la misma idea: “Las palabras que os digo no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras” (Jn 14,10b).
Al final, ya no se dirige solo a Felipe sino a todos los discípulos porque emplea la segunda persona plural: “Creedme”. Este verbo griego pisteý?, en imperativo, subraya de modo taxativo la importancia suprema de la fe como vínculo fundamental entre él y los suyos. Es una invitación que suena a mandato y se refiere, nuevamente, a la interrelación entre Jesús y el Padre (Jn 14,11a). Seguidamente como testimonio a favor de su credibilidad añade “las obras” (griego: tà érga), en alusión a los “siete signos realizados” (Jn 2-11).
La solemne afirmación con el que se inicia Jn 14,12 (“en verdad, en verdad os digo”) es, con toda claridad, un “subrayado” sobre la necesidad de la fe. Esa fe permitirá a los discípulos realizar las mismas obras que mostró Jesús en su experiencia terrenal; y aún podrán hacer obras “más grandes” en razón de que él retorna al Padre. Su ida al Padre será mayor garantía para que los discípulos puedan testimoniar, eficazmente, al “Enviado” que se dispone a partir.
El presente texto joánico plantea una profunda revisión de nuestra fe no pocas veces limitada a prácticas devocionales y rituales. La fe cristiana, como se puede deducir del texto (Jn 14,1-12), implica mucho más: Así como Jesús hace presente al Padre, se nos requiere hacer presente a Cristo en el mundo actual. Este testimonio se nos plantea como “camino” de vida, como “fidelidad” al proyecto de Dios, como la verdadera vida, lo cual supone la renuncia a nuestras propias ideas particulares para asimilar y vivenciar los valores del Evangelio. Si los discípulos no hacen visible a Jesús en el escenario de la vida humana, otros harán presentes alternativas ideológicas y se forjarán
nuevos ídolos que adquirirán nuevos rostros según el ritmo cambiante de la visión de la vida.