OpiniónReflexión

"He venido a arrojar un fuego"

Pbro. César Nery Villagra Cantero
por Pbro. César Nery Villagra Cantero 17 Agosto de 2025
17 Agosto de 2025
Biblia. Imagen referencia.
Biblia. Imagen referencia. EN

49He venido a arrojar un fuego sobre la tierra, ¡y cuánto desearía que ya estuviera encendida! 50Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y estoy obsesionado hasta que esa idea se cumpla! 51¿Pensáis que he venido a establecer paz en la tierra? No, os lo aseguro, sino, más bien, división. 52Porque de ahora en adelante habrá cinco en una familia y estarán divididos: Tres contra dos y dos contra tres. 53Estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.[Evangelio según san Lucas (Lc 12,49-53) —20º domingo del tiempo ordinario]

En este 20º domingo del tiempo ordinario, el texto evangélico que la liturgia de la palabra nos propone, tomado del tercer Evangelio (Lc 12,49-53), es una perícopa que plantea "conflicto" o "contienda" a propósito del ministerio itinerante de Jesús. En efecto, el nazareno enseña que su misión no es de naturaleza irénica, es decir, sin aprietos y sin complicaciones, en el sentido de que implique ausencia de crisis, apremios y disputas; al contrario, en no pocas ocasiones, supondrá antagonismos, hostilidades, discrepancias y oposiciones.

De hecho, pasando revista al contexto de la "subida de Jesús a Jerusalén", junto con los suyos y la multitud que le seguía, el maestro desarrolla varios temas que reflejan contraste u oposición: "La mala acogida en un pueblo samaritano" (Lc 9,51-56); el "Evangelio revelado a los sencillos"  y no a los experimentados y astutos (Lc 10,21-22); la "estrategia de Satanás" (Lc 11,24-26); "la levadura e hipocresía de los fariseos" (Lc 12,1-11) y nuestro texto (Lc 12,49-53) que presenta a Jesús como causa de disensión y de contrariedad. De esta manera, el maestro señala que su ministerio y el de los discípulos, a través de la historia, no estarán exentos de rivalidades y antagonismos. 

La expresión inicial "he venido" (Lc 12,49a), que se repite por segunda vez en referencia al concepto de "paz" (Lc 12,51a), señala el carácter de su misión y de su misión. La afirmación que sigue resulta desconcertante: "He venido a echar fuego sobre la tierra" (Lc 12,49b). Naturalmente, no se debe interpretar al pie de la letra la expresión sino, como en el Antiguo Testamento, en sentido figurado o simbólico. En la tradición hebrea, el "fuego" (pȳr) puede representar un "instrumento de purificación" (Lv 13,52; Nm 31,23); también un "signo discriminatorio" (Jr 23,29; Is 33,14) o un "elemento punitivo" (Gn 19,24; Ex 9,24; Sal 66,12, en yuxtaposición con el agua; Is 43,2). 

En relación con la yuxtaposición entre agua y fuego, resulta pertinente considerar las palabras de Juan el Bautista: "Yo os bautizo con agua. Pero está a punto de llegar alguien que es más fuerte que yo, a quien ni siquiera soy digno de desatarle la correa de sus sandalias; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego" (Lc 3,16). El agua, que fue instrumento del bautismo de Juan, está en franca asimetría con el Espíritu Santo —que no es un instrumento—, en paralelismo con el "fuego" que parece indicar una presencia activa, purificadora y transformadora. De hecho, en Pentecostés, el Espíritu vendrá en forma de "lenguas de fuego" (Hch 2,3-4). Las expresiones de Jesús amplían enormemente los alcances del "fuego", pues incluyen a toda la "tierra" (Lc 12,49a). 

Pero Jesús dice más: "¡y cuánto desearía que ya estuviera encendida!" (Lc 12,49b). Se trata de un "querer", de un "deseo" (thélō) intenso que toda la tierra quede abrasada por el "fuego" de su misión. Es una aspiración expresada con tono afectivo porque aún no ha llegado su cumplimiento. En el Evangelio apócrifo de Tomás leemos: "Jesús dijo: 'He echado fuego sobre el mundo y, mirad, lo estoy manteniendo hasta que arda'" (EvTom 10). En el Evangelio según san Lucas, que estamos comentando, Jesús añade: "Con un bautismo tengo que ser bautizado (Lc 12,50a). Evidentemente, no se refiere aquí a su bautismo de agua por manos de Juan el Bautista (Lc 3,21-22) sino a las consecuencias de su constante predicación y proclamación del Reino de Dios que provocaba un creciente antagonismo principalmente por parte de sus oponentes que, ya gestaban la idea de suprimirlo en un futuro cercano porque las palabras del maestro contrastaban con las prácticas devocionales y tradicionales de los líderes religiosos transformado la teología en ideología.

De algún modo, Jesús anticipaba el desenlace dramático de su existencia terrenal en el mismo horizonte que la suerte de los profetas de Israel rechazados por la claridad y contundencia de sus denuncias. Entonces, este particular "bautismo" tiene que ver con su sufrimiento redentor, sobre todo a la luz de lo que respondió a los hermanos Zebedeos (Juan y Santiago) que deseaban ocupar puestos de honor: "Jesús les dijo: 'No sabéis lo que pedís, ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado? Ellos le respondieron: 'Sí, podemos'. Jesús añadió: 'Desde luego que beberéis la copa que yo voy a beber, y también seréis bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado'" (Mc 10,38-39). Con toda seguridad, con estas imágenes, Jesús se refiere a la pasión cercana, es decir, los sufrimientos y padecimientos que conllevan la predicación del Evangelio y el testimonio por la causa del Reino. 

Jesús intensifica el deseo que siente por la consumación de su obra cuando declara: "¡y estoy obsesionado hasta que esa idea se cumpla!" (Lc 12,50b). El verbo que emplea el maestro (synéchō) puede significar "angustia" en el sentido de estar "dominado" o "afligido", incluso "acosado"; o bien, experimentar "un gran pesar", una "ansiedad" que refleja su emotividad. Se refiere a la "obsesión" por la idea que le persigue. De alguna manera se trata de una gran inquietud por el "cumplimiento" de su "bautismo" o "martirio" —y sus consecuencias— que trascenderá los límites de la realización histórica (cf. A. Kretzer; J.A., Fitzmyer).

Seguidamente, Jesús profundiza el alcance de su ministerio: "¿Pensáis que he venido a establecer paz en la tierra? No, os lo aseguro, sino, más bien, división" (Lc 12,51). En realidad, el maestro describe los efectos de su actividad como "discordia" o "división" (diamerismos). Esta afirmación, a propósito del nacimiento del niño Jesús, parece estar en discordancia con las palabras del ángel, junto a una multitud de ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: "Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a la gente en quien él se complace" (Lc 2,14). Claro que el texto dice, específicamente, que la "paz" se relaciona con la "gente en quien él se complace". No se habla de una paz universal, idílica, o de una armonía total. 

De hecho, en su entrada mesiánica en Jerusalén la multitud le reciben con un cántico aclamando al rey que viene en nombre del Señor entonando "paz en el cielo y gloria en las alturas" (Lc 19,38). No se habla de paz en la tierra como en Lc 2,14. A este respecto, es necesario considerar, un poco más adelante, las palabras del profeta Simeón en relación con el niño neonato: "Este está destinado para caída y elevación de muchos en Israel, y como signo de contradicción" (Lc 2,34b) y, dirigiéndose a su madre, María, le profetizó: "A ti misma una espada te atravesará el alma!, a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones" (Lc 2,35). Lo que en el fondo se preanuncia es que Cristo y su predicación, el Reino que trae y testimonia, supondrá definición: A favor o en contra. No hay posibilidad de indiferencia. Desde su nacimiento, Jesús ha sido señalado como "bandera discutida", como un estandarte que requerirá opción.

A continuación, se enuncia una de las modalidades de la notificada "división": La "discordia" entre los componentes de una misma familia, cumpliéndose, de esta manera, la lamentación del profeta Miqueas que denunciaba, ya en su tiempo, la "desaparición de los fieles del país" y la triste observación de que "no queda un justo entre los hombres" pues "todos planean asesinatos" y "cada cual tiende trampas a su hermano", "adiestran sus manos para el mal", "el príncipe impone exigencias" y "el juez actúa por soborno; "el poderoso declara su propia codicia y él y ellos lo traman..." (cf. Miq 7,1-3). Y más adelante profetizará: "Porque el hijo deshonra al padre, la hija se alza contra su madre, la nuera contra su suegra, y los enemigos de cada cual son los de su casa" (Miq 7,6).

Estas convulsiones sociales, judiciales y políticas arrastran a los miembros de la propia familia que resulta enredada en la expansión de maldades que afecta la intimidad del hogar. La polarización familiar —cinco en una familia en la que dos estarán contra tres y tres contra dos (Lc 12,52) pondrá "al padre contra el hijo; al hijo contra el padre; la madre contra la hija; la hija contra la madre; la suegra contra la nuera; la nuera contra la suegra" (Lc 12,53) es signo de que la enseñanza de Cristo no solo involucra valores contrapuestos a los principios del mundo imperante sino que requiere, además, claridad, coherencia y autenticidad. 

Jesús predica su Evangelio en el tiempo en que el Estado romano había decretado la pax Augusta, es decir, el cese de los conflictos militares y políticos cuyo objetivo consistía en extender los límites territoriales del Imperio. La "paz" del emperador tenía como fin comenzar las grandes obras para dar renombre y grandeza al nuevo orden establecido. Pero Jesús no se alinea a esta "paz" porque la "paz" que él trae es un don y no implica la mera ausencia de conflictos sino la tarea de difundir y propagar un nuevo orden, el del Reino, con sus principios y valores, contrastantes con los del mundo y la concepción pagana vigente. En este sentido, resulta interesante comparar las palabras de Jesús con los testimonios de los Himnos de acción de gracias o Hôdāyôt de Qunrán en los que el Maestro de Justicia describe las peculiaridades de su propia figura: "Y yo me convertí en el hazmerreír de los descreídos y se abalanzó contra mí la asamblea de los corruptos" (1QH 2,11-12); "...fui piedra de escándalo para los que profieren calumnias, y hombre de paz para los que buscan justicia" (1QH 2,14-15). 

En fin: Jesús manifiesta su fuerte anhelo para que la tierra quede abrasada hasta ser consumida por el "fuego" que su venida enciende en el mundo. Su predicación, sus palabras y sus criterios se presentan como factor de "crisis", como un "fuego discriminatorio" que requerirá claridad, definición y opción fundamental. En la perspectiva de Jesús, su ministerio es "un bautismo" no solo de agua sino también de "fuego" (cf. Lc 3,16), un bautismo que lo orienta hacia el martirio y la muerte redentora. El texto deja en claro que el discípulo de Cristo no puede navegar en el mar de las ambigüedades —no debe ser "tibio" sino "frío o caliente" porque "a los tibios se les vomita" (cf. Ap 3,15-16)—. 

De hecho, quien no está con Jesús está en contra de él y quien con él no junta, sencillamente desparrama (cf. Lc 11,23; Mt 12,30). Sin duda, el texto es una advertencia para los cristianos de todos los tiempos con el fin de asumir las derivaciones de su opción y con el objeto de no diluir la fe y el compromiso cristiano en mentiras disfrazadas de buenos modales a los efectos de contemporizar con el mundo imperante en el marco de una paz ficticia y artificiosa. En la comunidad eclesial, por el influjo omnipresente de las ideas mundanas, con facilidad, se sacrifica lo auténticamente evangélico en el altar del neopaganismo, lo cual sirve de base para multiplicar "demonios bien educados" (Papa Francisco). Hoy se reclama a los testigos de Cristo autenticidad, honestidad y coherencia con la fe profesada. 

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