31Cuando (él) salió, dijo Jesús: "Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él. 32Si Dios ha sido glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto. 33Hijitos míos, me queda poco tiempo de estar con vosotros. Vosotros me buscaréis, pero ahora os digo lo mismo que les dije a los judíos: que vosotros no podéis ir adonde yo voy. 34Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros; que, como yo os he amado, así os améis también entre vosotros. 35Todos conocerán que sois discípulos míos en una cosa: en que os tenéis amor los unos a los otros".
[Evangelio según san Juan (Jn 13,31-35) —5º domingo de Pascua]
El texto evangélico que nos propone la liturgia de la palabra (Jn 13,31-35) —para este 5º domingo de Pascua— es un extracto de la despedida de Jesús —en realidad es el comienzo de su discurso de "adiós"— que se desarrolla inmediatamente después del episodio del "lavatorio de los pies" (Jn 13,1-20) y del "anuncio de la traición de Judas" (Jn 13,21-30). Aborda dos temas relevantes: La "glorificación" y el "mandamiento nuevo". La perícopa comienza con la indicación del evangelista que observa el momento en que Jesús habla de la "gloria: "Cuando (él) salió" (Jn 13,31a). El sujeto tácito se refiere a Judas cuya traición había anunciado Jesús en precedencia cuando le dijo: "Lo que vas a hacer, hazlo pronto" (Jn 13,27). El evangelista, apuntando una acción de cumplimiento, señala: "En cuanto tomó Judas el bocado, salió. Era de noche" (Jn 13,30). Este es el momento en que Jesús toma la palabra.
Según Jesús indica, se da una doble glorificación: La del Hijo del hombre y la de Dios, es decir, el Padre. La expresión griega nȳn puede traducirse por el adverbio temporal "ahora", es decir, "en este tiempo presente". Podemos preguntarnos: ¿Por qué razón es glorificado justo en aquel momento en que Judas va a ejecutar la traición que el maestro había profetizado en el contexto de la cena? Parafraseando el salmo, Jesús había dicho: "El que come mi pan ha alzado contra mí su talón" (Sal 41,10). Jesús ya sabía lo que iba a pasar y por eso dijo: "Os lo digo desde ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, creáis que Yo Soy" (Jn 13,19). Es decir, la manifestación de su divinidad, expresada en la fórmula personal "Yo Soy" —autoafirmación de su deidad— se verificará con la entrega, la que precisamente Judas se propone concretar, razón por la cual sale después de tomar el bocado asociado con la acción de Satanás en él (Jn 13,27).
Lo antedicho implica que la glorificación del Hijo del hombre, título cristológico tomado de Dn 7,13, está vinculada, estrechamente, con la pasión y muerte del Mesías como si ya hubiese acontecido en el momento del discurso. De algún modo, Jesús se abstrae del tiempo para situarse más allá de la prueba. Así se comprende que la "cruz" es el "lugar" o el "ámbito" de la glorificación del enviado de Dios. Resulta relevante observar que la expresión griega edoxásthē ("es glorificado") es un aoristo pasivo, es decir un "pasivo teológico", lo cual permite inferir, en definitiva, que el agente responsable de la glorificación es Dios mismo.
En íntima relación con la glorificación del Hijo del hombre se da la glorificación de Dios: "...y Dios ha sido glorificado en él" (Jn 13,31b). Esta expresión puede leerse en voz media: "Dios se ha glorificado en él", es decir, "ha revelado en él su propia gloria". Al glorificar al Hijo del hombre, Dios ha revelado en él su propia gloria. En otras palabras: Lo que glorifica a Dios es su acción de glorificar al Hijo del hombre. En lenguaje sencillo, puede decirse que el proyecto de Dios ha consistido en que su Hijo sea glorificado en la cruz, en cumplimiento del plan salvífico, y el hecho de que históricamente haya sucedido como estaba previsto, revela que se da una cadena de glorificación que, comenzando en Dios que glorifica al Hijo, retorna al Padre. Se trata de una glorificación "circular" en perfecta correlación —o "comunión"— entre Dios y el Hijo del hombre.
Pero, ¿en qué consiste la gloria de la que habla Jesús? Un indicio de esa gloria es el triunfo sobre el Maligno porque él es consciente de que se cumple cabalmente lo que había dicho anteriormente: "Ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera" (Jn 12,31). Por eso, experimenta la victoria como si ya estuviese más allá de la prueba, en el corazón de Dios. Jesús continúa diciendo: "Dios lo glorificará en sí mismo y lo glorificará en seguida" (Jn 15,32). Aquí, según parece, el pasado se convierte en futuro próximo, pues se vuelve al punto de partida que era la glorificación del Hijo del hombre en su muerte.
Seguidamente, Jesús anuncia su marcha: "Hijitos míos, me queda poco tiempo de estar con vosotros" (Jn 13,33a). Emplea el apelativo "hijitos" (teknía), un diminutivo que refleja cercanía y cariño, como un patriarca que, antes de morir, reúne a los suyos —a sus descendientes— para darles su testamento. No dice que "va a morir" sino que su permanencia entre ellos será por poco tiempo. Añade: "Vosotros me buscaréis, pero ahora os digo lo mismo que les dije a los judíos: que vosotros no podéis ir adonde yo voy" (Jn 13,33b). En este punto, compara a los suyos con los incrédulos judíos en cuanto que son totalmente incapaces de llegar adonde él se va; pues el ámbito propio de Dios adonde él se dirige es totalmente diverso e inaccesible para la criatura humana. Queda evidenciada en este texto la alteridad, la trascendencia de Dios y, simultáneamente, la larga experiencia de un fracaso porque los hombres no fueron capaces de acoger la luz del Lógos-palabra que venía al mundo (cf. Jn 1,10s), prefiriendo las tinieblas. Esta respuesta negativa envolvió al mundo en la oscuridad de una profunda alienación. En este mismo horizonte hay que ubicar la idolatría de las naciones y las recurrentes infidelidades de Israel.
Aparentemente, se interrumpe la prosecución del discurso porque sin decir aún adónde va, plantea el tema del testamento por excelencia: La caridad fraterna. Este amor comunitario debe llenar el tiempo intermedio —entre su partida y el fin de los tiempos— con el fin de dar sentido a la vida en el escenario humano mientras se aguarda la consumación de la historia. Cada discípulo deberá fructificar sus talentos en espera del juicio final (cf. Mt 25,31-46). En la comunidad joánica el criterio del amor debe acompañar al criterio de la fe. Jesús habla de un "mandamiento nuevo"- Ante todo, los discípulos deben imitar el amor del maestro ("como yo les he amado"). El amor de Jesús a sus discípulos engendra en ellos un movimiento de caridad; su amor pasa a ellos cuando aman a sus hermanos y son amados por ellos.
Los textos paralelos de Jn 15,12-13 —"nadie tiene amor más grande que el amor del que entrega su propia vida por los que ama— y Jn 15,9 —"con el amor con que el Padre me ha amado, también yo os he amado"— indican que la caridad fraterna de los creyentes, si es verdad que puede exigir una entrega total, es ante todo un estado, una manera de existir en unión con el Hijo.
Jesús habla de "mandamiento nuevo". ¿En qué sentido es nuevo? No es nuevo en el sentido de que haya aportado a la sociedad un estilo de convivencia antes desconocido en la historia de la humanidad. Hay que reconocer, sin embargo, que el amor cristiano ha sido un fermento de civilización. "Nuevo" tampoco implica que aporte una novedad respecto a la ley judía pues la Toráh ya conocía muy bien el precepto de "amarás al prójimo como a ti mismo" (cf. Lv 19,18) que Jesús citó (Mt 5,43; 19,19) y del que Pablo dice que contiene la ley en su plenitud (Gál 5,15).
De ordinario, en la Biblia, el adjetivo calificativo "nuevo" (griego: kainós) se refiere a las realidades salvíficas escatológicas, tanto esperadas como ya presentes, en el Nuevo Testamento (cf. Is 62,2; 65,17; Jer 31,31; Ez 11,19; Mc 1,27; Lc 22,20; 1Cor 11,25). En nuestro texto (Jn 11,34), el evangelista califica de "nuevo" el mandamiento de la alianza definitiva realizada en Jesús. La novedad consiste en la naturaleza del amor que los discípulos deben tenerse mutuamente y que es el amor del mismo Jesús expresándose en ellos. Con este amor, se ha inaugurado una nueva era porque el amor revelado está desde ahora presente en el mundo a través de los discípulos del Hijo.
Con todo, no hay que confundir este "mandamiento nuevo" del amor con la enseñanza de Jesús en los evangelios sinópticos: El amor a todos los hombres, a los más pequeños, incluso a los enemigos y el amor a los hermanos por el que seremos juzgados (Mt 25,40). La perspectiva del Evangelio de san Juan, en el mismo horizonte que la primera carta de Juan, es diferente porque se centra en el amor intracomunitario, en la relación de los discípulos entre sí, en la comunidad en cuanto tal. No se trata de una exigencia moral sino de un don recibido. En definitiva, el amor comunitario es la marca de los creyentes en estrecha continuidad con la comunión divina de la que forman parte. Si bien no se habla del "amor a todos", el horizonte sigue siendo universal desde otra perspectiva porque la mirada se dirige enseguida más allá de la comunidad: "Todos conocerán que sois discípulos míos en una cosa: en que os tenéis amor los unos a los otros" (Jn 13,35). De este modo, el amor mutuo de los discípulos se manifestará más allá de la comunidad, por consiguiente, a un entorno no creyente de tal manera que el mundo constate el testimonio de la pertenencia a Cristo. Por él, los hombres pasan de la muerte a la vida.
En conclusión: La glorificación de Jesús en la cruz suprime toda voluntad de poder. El lavatorio de los pies (Jn 13,1-20) ya preanuncia este ejercicio de la autoridad de Jesús como servicio. Con todo, hay que estar atentos a no disimular el deseo de mando y de dominio prestando adhesión a una persona. Es lo que sucedió con Pedro cuando reconociendo cierto tipo de poder mundano en Jesús no quiso que le lavara los pies porque le consideraba superior (Jn 13,6-10). La lógica de Jesús, cuya glorificación se centra en su pasión y muerte, libra del espacio jerárquico que los hombres establecen entre sí. El Señor se hace amigo de sus discípulos (Jn 15,13-14), se hace igual a ellos. Por consiguiente, no se trata de clasificar a los hombres según su rol, su superioridad o su estatus social sino de triunfar sobre esta separación suprimiendo las distancias.
Según la perspectiva precedente, la única relación que debe primar en la comunidad es el "mandamiento nuevo" del amor intracomunitario porque si los creyentes proyectan hacia el mundo egoísmo, poder, ambición, disensiones, calumnias, etc. ¿qué pueden aportar al mundo? ¿Cómo convencerán a una sociedad incrédula si no son capaces de vivir lo que predican? No habrá testimonio y el anuncio de Cristo será estéril. Solo el amor crucificado, testimoniado desde la comunidad creyente, puede atraer a todos hacia la salvación definitiva.