"¡Estad preparados!"
[Evangelio según san Mateo (Mt 24,37-44) — Primer domingo de Adviento]
Al inicio del nuevo año litúrgico, que se inaugura con este "primer domingo de Adviento", la Iglesia nos propone un texto del evangelista san Mateo que plantea la necesidad de la "vigilancia" (griego: grēgoreō) y de la "preparación" (griego: hétoimos) de los creyentes para el advenimiento del Hijo del hombre (Mt 24,37).
El evangelista parte de una comparación con "los días de Noé", tiempo en el que la gente vivía su experiencia de vida según el ritmo de lo cotidiano: "Comer" y "beber" son verbos que tienen que ver con la necesidad constante de alimentación; son acciones ineludibles. Del mismo modo, se casaban con el fin de formar un hogar y engendrar hijos. Solo son dos ejemplos que marcan el "compás" de lo rutinario. Hombres y mujeres del tiempo de Noé ni se imaginaban que en el momento menos esperado sobrevendría el diluvio universal, acontecimiento con notas de catástrofe y de devastación (cf. Gn 6,5—9,17).
En el relato del Génesis, no se pone el acento en la conducta moral o inmoral de los contemporáneos de Noé sino de qué manera lo mundano, lo ordinario y rutinario pueden entorpecer la reflexión sobre el sentido de la vida y paralizar el cálculo sapiencial sobre una eventual irrupción de sucesos catastróficos que pongan fin a la actual experiencia de la vida humana. Tomando la comparación y aplicando la experiencia de los coetáneos de Noé al tiempo de los primitivos cristianos, los creyentes pueden inferir —si hay reflexión— sobre la inesperada segunda venida del Hijo del hombre que puede ser inadvertida e insospechada (Mt 24,37b-39).
El aspecto "inesperado" de la parousía ("venida") se evidencia mediante la comparación que hace Jesús con los sucesos del diluvio (Mt 24,37-39). En aquel remoto acontecimiento que cambió la faz de la tierra, los contemporáneos del sabio Noé estaban distraídos en relación con los signos de parte de Dios, pues no se percataron de la llegada del diluvio destructor (Gn 6,6-12; Ez 14,14-20). Ellos "no se dieron cuenta". Faltaron reflexión, cálculo, esfuerzo sapiencial. La superficialidad venció a la sensatez. La mayoría cayó en la "necedad" de vivir la vida por inercia. Se dejaron "secuestrar" por los afanes de la vida mundana. No hubo profundidad espiritual. El apego a las cosas materiales y los acomodos de la vida narcotizaron la percepción de una existencia abierta al porvenir en la espera del Señor que prometió volver en una segunda y definitiva venida. Los contemporáneos de Noé fueron insensibles a los signos de los tiempos.
Por lo dicho en precedencia, la exposición que hace Jesús, por medio del evangelista san Mateo, se comprende como una advertencia a no repetir el descuido y la inobservancia de las señales que se pueden vislumbrar en el horizonte de la historia. Se recomiendan, de esta manera, la atención, la vigilancia, la espera y la preparación con el fin de estar listos ante la llegada repentina de Jesús.
El carácter de imprevisibilidad de la parousía se une a aquello de la irreversibilidad mediante la doble imagen paralela de los dos hombres y de las dos mujeres que, hallándose en sus puestos de trabajo en el campo o en el molino serán ineludiblemente divididos (Mt 24,40-41). Según la teología del primer Evangelio la "separación" es sinónimo de juicio, temática que solo resulta sugerida pero que constituirá el elemento central y estructural de las parábolas siguientes (Mt 24,45—25,46). Mientras la historia es ambivalente y la humanidad está hecha de la convivencia de justos e injustos (Mt 13,24-30.36-43.47-50), la venida del Hijo del hombre inaugura el juicio que pondrá en movimiento la distinción definitiva entre "buenos" y "malos"; entre "elegidos" y aquellos que son dejados de lado.
La figura del "Hijo del hombre", tomada del profeta Daniel (Dn 7,13-14), se presentará, más adelante, en el Evangelio de san Mateo, como el título cristológico con el que se hace referencia al juez universal que viene a separar a las "ovejas" (imagen de los salvados) de las "cabras" (retrato de quienes no accederán al Reino de los cielos).
Otra exhortación a la vigilancia (Mt 24,42), motivada por la ignorancia del tiempo de la parousía, introduce la tercera y última parábola, la del ladrón que viene a robar la casa de noche, imagen tradicional en la catequesis para evocar la irrupción inesperada del "día del Señor". La custodia y la vigilancia del patrón de casa es la garantía de defensa ante cualquier incursión nocturna. La misma actitud espiritual debe caracterizar a los discípulos que no deben dejarse dominar por el cansancio o por la indiferencia, sino que están llamados a vivir con vigilancia en espera de la venida de su Señor, sin conteos basados en calendarios apocalípticos o en cálculos programáticos de la vida. Jesús dice, en efecto, que esta misma noche te pueden pedir cuentas (cf. Lc 12,13-21).
En síntesis: La "preparación" y la "vigilancia" del creyente son las actitudes básicas para la espera de la segunda venida del Mesías (griego: parousía). Se trata de una opción sabia y prudente ante la ligereza y la necedad de quienes se ahogan en las preocupaciones y vanidades mundanas que ofrece una experiencia de vida signada por la superficialidad y la futilidad. El cristiano sabio y prudente está invitado a vivir su experiencia terrenal según el nuevo código de la santidad, es decir, según los principios formulados en la "enseñanza de la montaña" (Mt 5,1—7,2): Humildad, fe, esperanza, amor oblativo, "justicia superior" y misericordia, promoción de la paz, tolerancia, altruismo, servicio, etc. (cf. Mt 5,1-16).
Con el fin de no ser sorprendidos por el juicio de Dios, todos deberíamos asumir la petición del antiguo orante: "(Yahwéh) enséñanos a calcular nuestros días para que entre la sensatez en nuestra cabeza" (Sal 90,12). Pues del conocimiento y de la conciencia de la propia fragilidad y vulnerabilidad humanas procede el "temor de Dios", principio de la verdadera sabiduría.