Reflexión

El Templo purificado y el Templo nuevo

Biblia. Imagen referencia. EN

13Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. 14Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. 15Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; 16y dijo a los que vendían palomas: "Quitad esto de aquí. No hagáis de la casa de mi Padre una casa de mercado". 17Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: El celo por tu casa me devorará. 18Los judíos entonces replicaron diciéndole: "Qué signo nos muestras para obrar así?" 19Jesús les respondió: "Destruid este santuario y en tres días lo levantaré". 20Los judíos le contestaron: "Cuarenta y seis años se ha tardado en construir este santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?" 21Pero él hablaba del santuario de su cuerpo. 22Cuando fue levantado, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús.

[Evangelio según san Juan (Jn 2,13-22) — Fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán] 

En este 32º domingo del tiempo ordinario, en el que se recuerda la Dedicación de la Basílica de Letrán, sede del obispo de Roma, la liturgia de la palabra nos propone el texto del cuarto Evangelio que trata sobre la purificación del antiguo templo de Yahwéh y la revelación de Jesús sobre el "nuevo templo".

Para los hebreos, el Templo era la Casa de Dios, de Yahwéh, porque ahí moraba el Arca de la Alianza. Era el sitio de encuentro entre Dios y su pueblo, un "diezmo" del espacio destinado a la oración, a la enseñanza de la palabra de Dios y al culto. Jesús aparece purificando el templo porque la aristocracia religiosa lo convirtió en un "mercado" (Jn 2,16). Lo purifica para anunciar el Templo nuevo que es él mismo. 

El episodio se sitúa en una de las dos pascuas. La pascua evoca solemnidad, subida a Jerusalén, peregrinación, en consecuencia, ambiente cultual y festivo. Si Jesús "sube" a Jerusalén es para dirigirse al Templo. El Templo representa el corazón de la vida de Israel. Consta de dos partes fundamentales: El recinto (hieron, en griego) y el santuario propiamente dicho (en griego, naós). Aquí, en el naós o santuario, se realizan los sacrificios, la liturgia y las celebraciones. En la historia se dio origen a prácticas no piadosas en el Templo, intercambios mercantilistas con fines crematísticos, compraventa de productos, animales y actividades cambiarias.

Entonces, Jesús se presenta como Mesías que "purifica" el templo, dándole su verdadero significado, su verdadero sentido. Como gesto profético, él hace un azote con cuerdas y se pone a derribar las mercancías que están a la venta en la explanada del Templo. Bueyes y ovejas son animales de sacrificio en orden al rito, al culto, a la purificación (Jn 2,15). Así, el cordero no solo pone orden y purifica, sino que, además, suprime los ritos sacrificiales. Su gesto viene a ser una anticipación del paso de un orden cultual a un orden personal: No más sacrificios prescritos por la Ley sino por el don de sí. Jesús es el que va a reconciliar en sí a Israel. De esta manera, se tiende a identificar el Templo con el cuerpo. Jesús cumple en sí la función que cumplía el Templo. Él justifica su acción hablando de la "casa de mi Padre" porque el Templo de Israel es para Jesús la casa de Dios en Israel. Por eso, nada, absolutamente nada, debe alterar su santidad. 

Ante la acción de Jesús, básicamente, se observan dos actitudes: La respuesta de los discípulos y la respuesta de los judíos. Para los discípulos, la acción de Jesús es un "gesto valiente". Ellos se acuerdan de un pasaje del Sal 69 donde el orante atribuye las persecuciones que sufre al "celo por la casa de Dios que devora" al salmista (Sal 69,10). Para los judíos, la acción de Jesús es un gesto criticable porque cuestionan su autoridad. Requieren pruebas, signos que fundamenten sus obras. Ellos, los judíos, se sitúan en el marco de una disputa. Exigen una prueba que legitime el gesto realizado. Al solicitar dicha prueba colocan el gesto mencionado en el ámbito profético cuya cualidad, tradicionalmente, se debería demostrar ante los demás.

Jesús no satisface las exigencias y requerimientos judíos. Más bien sus palabras anuncian dos acontecimientos: La destrucción del Santuario; y la reedificación o reconstrucción del mismo. La expresión "¡destruid!" no es una orden, no supone un imperativo que deba ser ejecutado. Se trata de un estilo profético conminatorio, como la expresión de Amós: "¡Acudid a Betel y pecad!" (Am 4,4). Jesús invita a estigmatizar la relación entre devoción y pecado. El pueblo elegido, que es de dura cerviz, facilitará la destrucción del Templo.

La destrucción del Templo es consecuencia de la conducta pecadora del pueblo. Es lo que plantea el profeta Jeremías (cf. Jer 7). Si Jesús purifica el Templo es porque le concede valor real. No lo critica como tal, como Templo. Por eso, a la destrucción/purificación sigue la reconstrucción/reedificación (cf. 2Sam 7,8). La expresión "en tres días" adquiere en el Evangelio de Juan el sentido de brevedad, plazo efímero que separa muerte de resurrección. "Tres días" es un tiempo escatológico, el tiempo de Dios que probablemente significa "inmediato". Los judíos se escandalizan. Descartan la interpretación escatológica y ensayan un argumento humano: A "tres días" oponen "46 años", código numérico que representa a Adán, tiempo cronológico. Por eso, pretenden declarar absurda la posición de Jesús y lo ridiculizan.

En consecuencia, según lo que se acaba de establecer, el cuerpo de Jesús es la habitación de Dios para los hombres. Así, en el Templo (cuerpo) se manifestará en plenitud la gloria de Dios. Jesús es el diseñador del Templo futuro ("yo lo reedificaré" —dice él—). Así, muerte y resurrección tienen su equivalente: La muerte se simboliza en el Templo destruido, templo de piedra. La resurrección se significa en el Templo reedificado, cuerpo glorioso de Cristo, Templo espiritual que es el templo escatológico. En el Apocalipsis se dice que el Cordero de Dios es el nuevo Templo (Ap 21,22). Se accede al Templo nuevo por la fe. El rechazo de la fe supone no acceder al Templo nuevo. El itinerario pascual está significado emblemáticamente en los polos destrucción/construcción: Esto es, la renovación de Israel donde solo habitarán los verdaderos adoradores (cf. Jn 4,23-24). 

De todas las instituciones religiosas de Israel, el Templo de Jerusalén es la única —según la Biblia— que proviene de una iniciativa humana: Fue David el que soñó con "levantar una casa a Yahwéh" (2Sam 7,4; 1Cro 22,1-19). Pues bien, Dios no sancionó inmediatamente este proyecto, sino que respondió por medio del profeta Natán que le "construirá él mismo una casa" (2Sam 7,11), es decir, una descendencia carnal. David sueña con una obra maestra de piedra; Dios piensa en una "casa" de carne, bien viva, a la que él mismo le asegurará la perennidad. 

De este modo queda establecida una relación entre los dos templos. Entonces, toda obra humana, por más noble que sea, como el templo, carece de sentido si no está enraizada en Cristo, presente en el prójimo, en el hermano: Así, la ofrenda cultual adquiere valor solo si favorece el servicio fraterno, cuando no hay divorcio alguno entre el culto y la existencia, entre fe y obras.