Crisis

El país cerca del colapso de su resiliencia democrática

Hoy, todo indicaría que ese periodo de resiliencia está llegando a su fin. El ciudadano común, el paraguayo de a pie, ya no logra siquiera trasladarse con dignidad a su lugar de trabajo,
Palacio de Gobierno. Foto referencial.

Resulta cada vez más difícil sustraerse de los acuciantes problemas que golpean a nuestro país. Paraguay enfrenta una crisis generalizada en todas las áreas sensibles, afectando especialmente a los sectores históricamente marginados: los rezagados, los ignorados y los pobres. La situación de vulnerabilidad no es nueva ni exclusiva de la administración actual; son varias las décadas en las que la nación ha transitado un prolongado letargo en su desarrollo.

La euforia que acompañó al advenimiento de la democracia se estaría disipando. En sus primeros años aún era posible experimentar cierta frescura en la vida democrática, pero con el paso del tiempo, los sucesivos gobiernos se han beneficiado de esa efervescencia social, agotando su capital político sin generar avances concretos. Hoy, todo indicaría que ese periodo de resiliencia está llegando a su fin. El ciudadano común, el paraguayo de a pie, ya no logra siquiera trasladarse con dignidad a su lugar de trabajo; el colapso del sistema de transporte público es solo una muestra del deterioro estructural que aqueja al país.

Este problema no ha pasado desapercibido: el propio ministro de Economía y Finanzas reconoció su gravedad tras llegar tarde a un compromiso debido al tráfico caótico y desbordado que sufre Asunción, una ciudad sin un sistema de transporte público articulado ni moderno.

En el plano político, la situación no ofrece perspectivas alentadoras. No se vislumbra fuerza alguna capaz de emitir un mensaje claro y convincente que marque el inicio de una verdadera transformación nacional, sea en el ámbito industrial, social, económico o tecnológico. Los partidos políticos siguen girando en torno a la lógica de siempre: se agrupan y se movilizan solo para mantenerse en el poder, beneficiándose de los recursos del Estado, mientras la mayoría queda excluida y obligada a buscar oportunidades fuera del país.

El Partido Colorado, con una mayoría consolidada en el Congreso y una influencia significativa en otros poderes del Estado, tiene la oportunidad de encabezar un proceso de reformas significativas. Sin embargo, la realidad dista mucho de esa expectativa. El Congreso se ha convertido en un escenario vulgar donde priman los enfrentamientos personales y las disputas internas antes que los debates racionales y orientados al desarrollo del país.

En este contexto, cabe recordar las enseñanzas de René Descartes, quien proponía que, para ordenar el caos, se debe iniciar por las cuestiones sencillas y manejables, construyendo progresivamente hacia lo complejo. Esta filosofía podría ser una hoja de ruta válida para el gobierno del presidente Peña. Resultaría sensato que su administración priorizara una reforma urgente y concreta, como la modernización del sistema de transporte público. Enfrentar a los grupos corporativos que monopolizan y desangran este sector —amparados por subsidios eternos sin compromisos de mejora— sería un paso contundente y de alto impacto social.

No obstante, la gestión actual parece más enfocada en la proyección internacional. El presidente Peña dedica buena parte de su tiempo a viajes y a la recepción de premios por su presunto liderazgo, mientras las urgencias domésticas se acumulan sin respuestas claras. Hasta el momento, no se han presentado informes detallados sobre los resultados ni los costos de esas giras internacionales, financiadas con recursos públicos. A dos años de iniciado su mandato, el balance es pobre, limitado a los viajes y a una gestión que no logra contener los problemas que aquejan a la ciudadanía.

Es una verdadera lástima, y fuente de profunda frustración, que el Partido Colorado no haya sabido interpretar el clamor popular. Con el control que detenta, podría haber impulsado reformas transformadoras, pero en su lugar solo perpetúa las prácticas de siempre. 

Ojalá que de su próximo viaje a Japón —un país milenario, disciplinado y trabajador— el presidente traiga ideas y ejemplos que puedan aplicarse en Paraguay para combatir la corrupción, ordenar la administración pública y reducir la pobreza, que en la práctica sigue aumentando, pese a discursos oficiales que intentan maquillar la realidad.

Insisto: ante un escenario tan desordenado, resulta difícil —por no decir imposible— escribir líneas optimistas.

Correo electrónico: mrmwebinars@gmail.com