El Padre, el Hijo y el Espíritu de la verdad
"(Y Jesús expresó:) 12Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. 13Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os explicará lo que ha de venir. 14Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío, y os lo explicará a vosotros. 15Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo explicará a vosotros".
[Evangelio según san Juan (Jn 16,12-15) — Solemnidad de la Santísima Trinidad]
En esta Solemnidad de la Santísima Trinidad, la liturgia de la palabra nos propone —para nuestra reflexión dominical— un segmento del "discurso de despedida de Jesús", en el contexto de la cena pascual. El discurso es pronunciado por el Hijo que habla de la futura venida del "Espíritu de la verdad" y de la "total posesión" en comunión con el Padre ("todo lo que tiene el Padre es mío"). Esta revelación es densa, profunda, no fácil de comprender. Por eso, al inicio dijo que "mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello" (Jn 16,12). Se aclara que vendrá el "espíritu de la verdad" (tò pneūma tēs aletheías). El genitivo "de la verdad" especifica que "la verdad" es propia de ese Espíritu, que la "verdad" le es connatural, su nota distintiva. Ahora bien, conviene aclarar que el "Espíritu de la verdad" y el Hijo son ciertamente "dos", pero son "uno" en su obrar.
Jesús todavía tiene muchas cosas por decir. ¿Cuáles cosas? Aquí no se nos dice, pero si Jesús de Nazaret no condujo a sus discípulos a la verdad entera, es porque estos no podían todavía "soportar" la revelación. Ciertamente, Jesús dio a conocer a los discípulos "todo" lo que había oído del Padre, pero, para que tengan una inteligencia profunda de ello, tiene que intervenir el Espíritu porque el Paráclito es el intérprete autorizado de Jesús: la era del Espíritu Santo es aquella en la que el pasado se ilumina para el presente.
El Paráclito comunicará lo que le pertenece en propiedad por su comunión perfecta con el Padre. La acción pospascual del Espíritu consiste en tres cosas: 1) Guiar hacia la verdad entera; 2) Expresar lo que ha oído y 3) comunicar a los discípulos lo que es propio del Hijo. El Espíritu guiará a los discípulos hacia la verdad, atendiendo así la oración del salmista: "Guíame hacia la verdad" (Sal 24,5). Este ardiente anhelo hace eco a la tradición bíblica del camino del Señor que hay que conocer y en el que hay que caminar para tener la vida; Dios es su guía. Esta tradición atribuía la travesía del mar Rojo al espíritu de Yahwéh. Es un Espíritu que conduce a la libertad del yugo del Faraón y a la liberación de todas las ataduras.
"Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa" (Jn 14,13a). La función del Espíritu de la verdad se expresa aquí mediante el verbo griego hodēgéō, "conducir", "guiar por el camino". En la literatura sapiencial es una tarea de la Sabiduría, pues ella es enviada desde el cielo para guiar por el camino a los justos (Sal 9,10-11). Ella guio por el camino a Jacob y le dio a conocer las cosas santas (Sab 10,10). Filón de Alejandría atribuye al "Espíritu divino" el rol de guiar por el camino, una interpretación muy cercana a la perspectiva de san Juan. Así, Filón sostiene que Moisés fue guiado por el Espíritu como instructor del pueblo en lo que concierne a las cosas divinas.
Jesús habla de la "verdad entera" o "completa" hacia donde conduce el Espíritu. La verdad entera es la plenitud del misterio del Hijo glorificado en Dios. En otras palabras, es el señorío del Cristo Salvador, establecido por el Padre "por encima de todo nombre que pueda nombrarse" (Ef 1,20-23). Esto se refiere a la verdad una y total del Cristo glorificado en Dios y que se comunica como tal a los suyos. Para guiar hacia la verdad, el Espíritu "hablará" o "expresará" lo que oye del Hijo. Así, el Hijo prolongará su revelación de una manera distinta, "espiritual", tal como lo señala la función de "atestiguar" del Paráclito. Si el Espíritu expresa lo que oye del Hijo, es para "comunicarlo". Por consiguiente, el Espíritu será la expresión del mismo Jesús.
"El Espíritu os explicará lo que ha de venir" (Jn 16,13b), dice Jesús. ¿Qué quiere expresar el Hijo con esta afirmación que apunta hacia el futuro? Quiere decir que el Espíritu asistirá a los discípulos, les hará ver o comprender cómo o de qué manera deberán afrontar y reaccionar ante los acontecimientos que se irán presentando. Entonces, el Espíritu comunicará a los creyentes lo que recibirán por medio de Jesús de este tesoro inagotable. Al obrar así, glorificará al Hijo, cuya misión tenía la finalidad de hacer de todos partícipes de la "vida eterna" ya desde esta tierra (cf. Jn 3,16; 10,28).
Respecto a todo lo que se ha venido diciendo del Paráclito, puede afirmarse que sus funciones se circunscriben a tres: 1) Estar con los discípulos: el don del Espíritu caracterizará la existencia de los creyentes; su presencia en ellos para siempre significa que se ha cumplido la alianza. Juan no intenta hacer del Espíritu un "sucesor" de Jesús sino aquel mediante el cual los discípulos se irán apropiando de la verdad; 2) La segunda función del Paráclito es "enseñar": es decir, la dominante actividad didáctica que se arraiga en el rol de la sabiduría "que nos educa", que "lo sabe y lo comprende todo" y guía al pueblo. Se trata de una actividad de revelación por la cual nos guía a la "verdad entera". 3) la tercera función del Paráclito es "atestiguar": El Paráclito atestigua que el Juicio de Dios se ha pronunciado en favor del Hijo. Frente a la incredulidad persistente, el Espíritu de la verdad mantiene viva con toda su fuerza la resonancia de la palabra. Sosteniendo a los creyentes en su fe, el Paráclito sostiene la causa del Hijo.
En conclusión: En el breve texto que la liturgia de la palabra nos propone se percibe una estrecha interacción entre el Padre, el Hijo y el Espíritu de la verdad. El Padre es el dueño de todo, el Señor absoluto. No obstante, toda esa posesión es compartida, simultáneamente, con el Hijo, el cual nos ha revelado durante su ministerio las insondables riquezas del Padre. Cumplida su misión, mediante el Espíritu de la verdad, hará que los discípulos y los creyentes puedan profundizar hacia la plenitud de la verdad, es decir, de la Revelación. El Espíritu no actuará por su cuenta, sino mediante lo que ha oído al Hijo, al cual dará gloria. De esta manera se percibe una sinergia entre el Padre, el Hijo y el Espíritu de la verdad que nos conduce por el camino de la sabiduría de Dios.
En estos tiempos, se ha instalado lo que el difunto pontífice Benedicto XVI denominaba la "dictadura del relativismo" y otra similar, la "dictadura de la opinión pública", es decir, un "señorío" intolerante que permea la sociedad con delineamientos ideológicos antiguos con modernas presentaciones. Se pretende promocionar la idea de que todo sería inconsistente, mudable y subjetivo, cada uno con su "parcela" de verdad, diciendo, por ejemplo, "esta es mi verdad"; "esa es tu verdad". Esta corriente del pensamiento actual va a contramano al "Espíritu de la verdad", del Paráclito que nos guía hacia la verdad plena, es decir, hacia Jesús, muerto y resucitado, el cual es "ciencia suprema" y la "verdad absoluta".
En los ambientes de reflexión filosófica se suele escuchar conceptos como la "posverdad" o la "verdad alternativa", es decir, contextos en los que la verdad como realidad objetiva carece de importancia o se la considera superada; donde se distorsiona la realidad ante el primado de las emociones, de las perspectivas subjetivas y las creencias personales. En esta posverdad la mentira adquiere fuerte impulso como factor de manipulación y de alteración de la objetividad con el fin de incidir o influir en la opinión pública o en la toma de decisiones. De hecho, cuando se renuncia al Espíritu de la verdad, se concede el dominio a la falacia en el que todas las cosas resultan falsificadas.
Solo el Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo puede guiarnos hacia la plenitud de la verdad con el fin de derribar los proyectos humanos que se cimientan sobre la vacuidad de la mentira sistemática y de la falsedad como estrategia. El "Espíritu de la verdad", en cambio, nos anima para construir una sociedad libre basada sobre el fundamento de la Santísima Trinidad, porque "conoceréis la verdad y la verdad os hará libres" (Jn 8,32).