El jurista malicioso y el samaritano misericordioso
25Se levantó un jurista y dijo, para ponerle a prueba: "Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?" 26Él le dijo: "¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?" 27Respondió: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo". 28Díjole entonces: "Bien has respondido. Haz eso y vivirás". 29Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: "Y ¿quién es mi prójimo?" 30Jesús respondió: "Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de salteadores que, después de despojarle y darle una paliza, se fueron, dejándole medio muerto. 31Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. 32De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. 33Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión. 34Acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y le montó luego sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. 35Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al posadero, diciendo: "Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva". 36¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?" 37Él dijo: "El que practicó la misericordia con él". Díjole Jesús: "Vete y haz tú lo mismo".
[Evangelio según san Lucas (Lc 10,25-37)]
El texto evangélico —exclusivo de san Lucas— nos presenta dos figuras contrastantes del judaísmo de la época de Jesús: El "jurista" (griego: nomikós), representante de la "ortodoxia" religiosa, y el "samaritano" (griego: samarítēs) referente emblemático de la heterodoxia de la fe hebrea. Sobre el primero ("experto en la ley") se yergue una sombra negativa porque intervino con el fin de "poner a prueba" a Jesús (griego: ekpeirázōn). Los "juristas" son expertos en la ley; ellos tienen la tarea de estudiar y enseñar aquello que concierne a normativas y legislaciones. No existe una clara distinción entre "juristas" (griego: nomikós) y "escribas" (griego: grammateús) los cuales, de ordinario, pertenecen a la facción erudita del grupo de los fariseos, oponentes tradicionales de Jesús; y, algunos de ellos, forman parte del Supremo Tribunal o Consejo denominado "Sanedrín" (hebreo: bēt dîn hagādôl), élite gobernante de Israel.
Al inicio del texto (Lc 10,25), el verbo griego ekpeirázō indica la actitud y la acción de "tentar" o "poner a prueba" a Jesús. En Lc 4,12, en boca de Jesús, se refiere a la prohibición de "tentar al Señor tu Dios" (cf. Dt 6,16). En el Evangelio de san Lucas, el agente que somete a Jesús a la "prueba" o "tentación" es el diablo (Lc 4,2) y aquellos que dudan de su poder y con malicia le piden "signos" celestiales (Lc 11,16). Sobre el segundo personaje, el "samaritano" (presentado en el relato de la parábola), en cambio, se proyecta una luz positiva no obstante su situación marginal en relación con la fe ortodoxa. Los samaritanos constituían un grupo independiente y discretamente difuso; eran considerados disidentes respecto a la fe oficial. La ruptura entre judíos y samaritanos se origina en razón de la decisión de estos para construir un templo en el monte Garizín por el año 330 a.C. con el permiso del emperador Alejandro Magno concedido al gobernador samaritano Sanbalat. Sanbalat puso allí como sumo sacerdote a su yerno Manasés, hermano del mismo sacerdote de Jerusalén, Jaddús.
El santuario de Garizín surgió, por tanto, de las diferencias entre los sacerdotes de Jerusalén. Al principio, los seguidores del cisma fueron llamados "siquemitas". En el año 180 a.C., el libro del Eclesiástico o Sirácida atestigua el desprecio de los judíos por los siquemitas: "Mi alma siente horror por dos naciones y por una tercera que ni siquiera es nación: Los habitantes de la montaña de Seír y de filistea, y el pueblo necio que vive en Siquén" (Eclo 50,25-26). Pero la ruptura que dejó en los samaritanos una herida incurable fue la destrucción del templo de Garizín y de la ciudad de Siquén por obra del rey asmoneo Juan Hircano en los años 129-128 a.C. Desde entonces, el templo quedó sin reconstruir. Juan Hircano lo destruyó por un motivo político: Porque los samaritanos eran abiertos a la política helenizante de los seléucidas, sucesores de Alejandro.
El Pentateuco que usan los samaritanos —y que para ellos es el único libro sagrado— es una copia que contiene algunas variantes en relación con el Garizín, pero cuyo tipo también se ha encontrado en las cuevas de Qumrán. En cuanto a la figura del "mesías samaritano" (el taheb), es decir, "el que restaura o lleva a la conversión", que se refiere a Dt 18,18, un texto que en el Pentateuco samaritano está colocado detrás de Ex 20,21, solo impropiamente puede llamarse "mesías". En un primer tiempo era esperado como el que habría de llevar al pueblo a la conversión y restaurar la alianza con Dios. Solo en un segundo momento, después del cisma de Dositeo, dentro del grupo samaritano (siglo I), "taheb" tomó el significado de "el que viene", "el esperado". Es probable que, en labios de la samaritana, tuviera el primer significado: El de "profeta" que lleva a la conversión y revela, por consiguiente, la voluntad definitiva de Dios (Jn 4,25-26).
Se puede decir que los dogmas samaritanos pueden resumirse en cinco líneas: Primero: La fe en Dios y en el Pentateuco (el décimo mandamiento establece la santidad del Garizín); segundo: La fe en Moisés, único profeta y redactor del Pentateuco; tercero: La fe en el Garizín como el santuario escogido por Dios; cuarto: la fe en la resurrección que parte de Gn 3,19; quinto: la fe en la venida del taheb, restaurador de todas las cosas y juez escatológico. Él es, como Moisés, el profeta que debe revelar la verdad. Lo cierto es que judíos y samaritanos no se tratan como observa el evangelista san Juan a propósito del diálogo de Jesús con la mujer samaritana a orillas del pozo de Jacob (Jn 4,9). Con todo, para Jesús también el samaritano es un "prójimo"; y es un "prójimo ejemplar".
Después de describir el perfil de las dos figuras presentadas en el texto de san Lucas, podemos centrarnos en el diálogo de Jesús con el jurista o experto en la ley. Este perito pregunta al maestro sobre las condiciones para heredar "la vida eterna" (griego: sōēn aiōnion). El maestro responde al planteamiento del "experto en leyes" con la parábola denominada "del buen samaritano", un buen título, aunque impreciso. Impreciso porque en el texto no aparece el adjetivo "bueno" sino "misericordioso" (Lc 10,37). En realidad, la parábola —que sirve de respuesta— se trata de un modelo práctico de comportamiento cristiano con toda la radicalidad de sus exigencias y con la aprobación o rechazo de determinadas actitudes.
Dos cosas llaman la atención en el presente texto: En primer lugar, la tipología de personajes que protagonizan el episodio: el sacerdote, el levita y el samaritano. Tenemos que recordar la condición privilegiada de los sacerdotes y levitas en el ámbito del judaísmo de la época. Su ascendencia carnal, que entroncaba directamente con Leví o con Aarón, los vinculaba de manera especial con el culto del templo, es decir, con la dimensión más profunda de la existencia judía que se cifraba en una dedicación total al Señor. Por otra parte, hay que considerar el tema de la impureza ritual que se derivaba del contacto con un cadáver. Ese aspecto de contaminación ritual afectaba particularmente a sacerdotes y levitas. El verbo que usa san Lucas, única expresión en toda la literatura griega, para señalar la actitud y la decisión de sacerdotes y levitas ante un desconocido moribundo, es particularmente llamativo: antiperiérchomai, es decir: Se pusieron en frente (anti), dieron un rodeo (peri) y se marcharon (érjomai). Son tres acciones expresadas en un solo verbo compuesto. El vocablo no se encuentra en ninguna obra griega primitiva, clásica o posterior; es un "invento" o "creación" del tercer evangelista.
En segundo lugar, resulta llamativa la predisposición racial entre judíos y samaritanos. Una elocuente expresión de esta actitud se plantea en Jn 4,9 donde se dice que "los judíos no se tratan con los samaritanos". Ya hemos indicado que la historia peculiar de los samaritanos los convertía, a los ojos de los judíos, en verdaderos cismáticos. Por eso, podemos leer en el texto la estudiada ambigüedad de la respuesta que da el jurista que, como buen judío, evita hablar directamente de un samaritano y sustituye esa denominación por una perífrasis o rodeo de palabras: "...el que tuvo compasión/misericordia de él" (Lc 10,37a). El sentimiento de lástima y las atenciones que presta un cismático samaritano a un pobre hombre, víctima de salteadores de caminos, contrasta vivamente con la insensibilidad y la absoluta despreocupación, tal vez inspirada por la propia ley, de dos representantes cualificados del culto judío; precisamente aquellos que, por su función y por su pertenencia a una determinada tribu, tenían por oficio "purificar" a los afectados por alguna contaminación de orden físico (cf. Lv 12—15).
Las prescripciones sobre la impureza legal que se contraía por contacto con un cadáver también formaban parte del Pentateuco samaritano; pero toda esa legislación no fue obstáculo para que el protagonista de nuestra historia antepusiera sus sentimientos de compasión y de entrega a cualquier clase de restricción legal que, en casos como este, deben ser superados por la misericordia y por el amor. Lo más importante viene a continuación: El sentido del concepto "prójimo". En la pregunta del jurista la idea de "prójimo" difiere considerablemente del significado de ese mismo término en el "ejemplo" propuesto por Jesús: El doctor de la ley pregunta por la definición del concepto "prójimo" en un enunciado como el de la ley que manda "amar al prójimo como a uno mismo" (Lv 19,18).
Tanto en la cita del Pentateuco como en la pregunta del jurista, el "prójimo" es el destinatario de un acto de misericordia. No se puede negar que la parábola da, indirectamente, cierta respuesta a la pregunta planteada: "Tu prójimo es precisamente ese necesitado que te encuentras en tu camino". Pero, de hecho, la narración da un significado distinto del término "prójimo". En el sentido más exacto, "prójimo" es el que muestra benevolencia y cordialidad con respecto a otros. Por eso, la pregunta que hace Jesús al final (v. 36: "¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?") y la respuesta que, a regañadientes, da el escriba (v. 37: "El que practicó la misericordia con él") abren el problema en dos dimensiones: Por un lado, amplía o dilata el horizonte. Por el otro, desenmascaran los esfuerzos del interlocutor por "justificarse" a sí mismo.
En relación con lo expuesto en precedencia, podemos afirmar que el presente texto, tan rico de contenido teológico, merece algunas consideraciones especiales: Primero: Se observa que el jurista pretende delimitar el objeto de su projimidad: "Este es mi prójimo"; "aquel no es mi prójimo". Tal vez pretendía que Jesús le dijera que su prójimo era su correligionario, su vecino o quien comulgara ideológicamente con el jurista. Sin embargo, desde la óptica de Jesús, no corresponde plantear el problema en términos legales: ¿De quién era "prójimo" la víctima de los salteadores? ¿Del sacerdote? ¿Del levita? ¿Del samaritano? Este es el planteamiento del jurista. El enfoque debe ser al revés: ¿Quién de ellos "se hizo prójimo" —o se comportó como tal— del que cayó en manos de bandidos? Es la pregunta que plantea Jesús en Lc 10,36. Por tanto, Jesús cambia el punto de vista. "Prójimo" no es el "paciente" (el que padece o sufre la acción) sino el "agente" (es decir, el que se aproxima o quien se hace próximo al que padece). No se trata de plantearse si quién es mi prójimo y quién no lo es; porque como demuestra Jesús en la parábola la mera proximidad no produce amor; es el amor el que produce la proximidad (o projimidad) o cercanía. Es la misericordia la que pone en movimiento actitudes de compasión e impulsa a actuar en bien del necesitado, en solidaridad con el pobre. Es el amor evangélico la fuente de la solidaridad.
El sacerdote y el levita no es que estuvieran faltos de "amor a Dios" —la dedicación a su tarea religiosa es testimonio fehaciente—; pero cuando se puso a prueba su amor al prójimo se encontró un profundo vacío porque en su conducta se percibe una dicotomía entre convicción religiosa y coherencia de vida. Al contrario, en el samaritano, la misericordia brilló en todo su esplendor. El énfasis de la narración de Lucas —para el jurista— y para todos nosotros (ayer, hoy y siempre) se encuentra en la invitación final: "Pues anda y haz tú lo mismo" (Lc 10,37).
Segundo: El texto, en el fondo, es también una llamada de atención sobre la actitud y la acción del experto en leyes —tanto por su manera de intervenir como por su ideología legalista que tiende a deificar las normativas—. En realidad, es una advertencia sobre el peligro de no acceder a la vida eterna cuando los postulados de la ley se colocan por encima del ser humano, pues "la ley está al servicio del hombre y no el hombre al servicio de la ley" (cf. Mc 2,27-28). Y si la ley es inquisitorial, arbitraria e injusta debe ser abolida y cambiada porque es una "ley" injusta, que oprime y, en cuanto tal, convertida en un nuevo "ídolo", un nuevo "dios Mōlōk". De hecho, esta problemática ideológica tiende a reproducirse en nuestros estamentos jurídicos y en nuestras estructuras eclesiales.
Tercero: También es justo dedicar un espacio a los "bandidos" y "salteadores" mencionados por Jesús, una problemática tan antigua como actual. La presencia de asaltantes en los bordes de los caminos no era casual. La gran cantidad de impuestos, que los judíos debían pagar al dominador romano, implicaba un continuo empobrecimiento de la población, que repercutía duramente sobre las clases más humildes. Muchas personas, habiéndolo perdido todo, no tenían otra alternativa que "echarse al monte y buscarse la vida". De esa manera, los caminos de Judea se iban poblando de malhechores. Hubo épocas en las que los salteadores estaban en connivencia con el poder romano o con los mismos gobernantes judíos. Eso significa que los gobernadores toleraban los robos a cambio de recibir parte del botín. Es relevante tener presente esta última observación. El mal de nuestro mundo no se debe solamente a causas personales, se debe también (y, a veces, principalmente) a causas estructurales.
Si aquellos hombres eran ladrones no se debía a una maldad intrínseca que hubiera en el interior de su persona. El hecho de convertirse en ladrones venía provocado por una situación social fuertemente injusta y el desgobierno de unos dirigentes hebreos y romanos, como Herodes y Poncio Pilato, que buscaban ante todo su propio enriquecimiento. Los ladrones que asaltan al innominado personaje tal vez no eran ladrones por cuenta propia, sino que podrían serlo por cuenta ajena; es decir, en connivencia con el poder romano o con los gobernantes judíos.
Cuarto: El "samaritano misericordioso" —a diferencia de los representantes oficiales del culto religioso hebreo: sacerdote y levita— no eludió a su hermano asaltado y malherido. Lo auxilió con lo que tenía a mano. Su misericordia no consistió en un mero sentimiento sino en acciones concretas e inmediatas con el fin de restablecerle la salud del enfermo. Fue solidario, desde su pobreza, mediante una clara opción por quien sufre y es pisoteado; y de este modo, se abrió para él el camino hacia la vida eterna.
En fin: La intervención de un anónimo jurista quien, para poner a prueba a Jesús, le formuló la pregunta sobre lo que debía hacer para acceder a la vida eterna, desemboca en una magistral enseñanza sobre el "prójimo" que se define por la acción misericordiosa hacia quien sufre o se encuentra en situación desventajosa. En efecto, al formular la pregunta dirigida al jurista —"¿quién de los tres actuó como prójimo?"—, el maestro cambia la concepción de su interlocutor. No sitúa la perspectiva en el paciente sino en el agente. De hecho, estamos acostumbrados a considerar "prójimo" al otro, al que experimenta angustia o padece una violencia; pero Jesús cambia el punto de vista colocando el acento no en el paciente, en el que sufrió la agresión de los bandidos, sino en los agentes, en este caso el sacerdote, el levita y el samaritano. Los dos primeros (sacerdote y levita) no actuaron como "prójimo", pues no socorrieron al necesitado; sin embargo, el samaritano (catalogado como heterodoxo) actuó como prójimo porque hizo todo lo que estaba a su alcance para que el malherido se sanara y recuperara su dignidad.
Jesús logra que el jurista califique al samaritano como quien "actuó con misericordia" con la persona agredida; en consecuencia, la misericordia no se reduce a un mero sentimiento o manifestación afectiva sino implica una acción efectiva, concreta, oportuna y "salvífica" en relación con el paciente. En este sentido, la lógica de Jesús difiere diametralmente de nuestra concepción ordinaria, pues no deberíamos preguntar, como el jurista, ¿quién es mi prójimo? Sino ¿de quién me hago prójimo? ¿de quién no? y ¿por qué? La enseñanza de Jesús borra todo límite para hacer el bien. Y es esta acción misericordiosa —actuar como prójimo— la que nos abre las puertas de la vida eterna. El mensaje de la narración queda sintetizado en la respuesta que da el maestro de la ley: Prójimo es el que se hace cercano a "todo necesitado que encontremos en nuestro camino, todo aquel que puede ser objeto de nuestra compasión y de nuestros desvelos, por encima incluso de nuestros vínculos étnicos o de nuestras convicciones religiosas".