El juez infame y la viuda infatigable
Les propuso una parábola para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer: "Había en una ciudad un juez que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había en aquella misma ciudad una viuda que, acudiendo a él, le dijo: "¡Hazme justicia contra mi adversario!" Durante mucho tiempo no quiso, pero después se dijo a sí mismo: "Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que deje de una vez de importunarme”. Dijo, pues, el Señor: "Oíd lo que dice el juez injusto; pues, ¿no hará Dios justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche? ¿Les hará esperar? Os digo que les hará justicia pronto. Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?".
[Evangelio según san Lucas (Lc 18,1-8) - 29º domingo del tiempo ordinario]
La liturgia de la Palabra nos propone, para este domingo 16 de octubre, un texto del evangelista san Lucas que, en su introducción, tiene a dos protagonistas: un juez infame y una viuda infatigable. Aunque el personaje central, que aparece al final, en el trasfondo del relato, es el “Dios de la justicia”. La lexicografía y la idea dominantes pertenecen al ámbito jurídico-forense. En efecto, se habla de “juez”; “justicia” (tanto la humana como la divina); “adversario” (oponente jurídico); la idea de la dilación judicial; “juez de la injusticia”, etc. Esta observación temática parece desdecir el versículo inicial (Lc 18,1) que habla de una “parábola” propuesta con el fin de inculcar la práctica de la oración perseverante.
El planteamiento de la “parábola” (una enseñanza según el método de la comparación) sigue al lúgubre anuncio escatológico respecto a “los días del Hijo del hombre” (Lc 17,22-37). Jesús, en efecto, plantea a los suyos, sobre la necesidad de “orar siempre” (Lc 18,1). Naturalmente, no se trata de una oración ininterrumpida, incesante e interminable (cf. 1 Tes 5,17) sino de un “clima de oración” que acompañe la vida cristiana hasta que llegue el fin de los tiempos profetizado en el texto precedente (Lc 17,22-37). La expresión “sin desanimarse” o “sin desfallecer”, literalmente: “sin cansarse” (griego: m? egkake?n), es una invitación a la perseverancia, a jalonar la vida con los signos de la espiritualidad. Esta oración, aunque aquí no se mencione, debe incluir, a la luz del contexto, la petición por la llegada del Reino como Jesús lo indicó en Lc 11,2: “Cuando oréis, decid: 'Padre,...llegue tu Reino'”. El discípulo puede percibir o suponer que su oración no es escuchada; no obstante, debe continuar orando, sin perder el ánimo. Dios tiene su propia pedagogía; y el cálculo del tiempo humano no coincide con el cómputo divino.
De esta exhortación inicial que direcciona la vida del discípulo hacia una experiencia permeada por el Espíritu se pasa, sin pausa, al relato de la “parábola” que se ambienta en una indeterminada “ciudad”: “En una ciudad había un juez...” (Lc 18,2a). Sin más especificaciones, el narrador comienza con la constatación de que, presumiblemente, cada ciudad contaba con la institución judicial, es decir, alguien que se encargara de la administración de la justicia o un ciudadano, respetable y competente, responsable de dirimir los asuntos legales y contenciosos. Jesús avanza en su exposición presentando, seguidamente, las notas características del innominado “juez”: “...que ni temía a Dios ni respetaba al hombre” (Lc 18,2b). Una semejante doble calificación negativa puede leerse, también, en la descripción que elabora el afamado historiador judío Flavio Josefo respecto al rey Joaquín: “...ni respetaba a Dios ni era atento con sus semejantes” (Ant. X,5,2, n. 283). Estas actitudes son las que confieren al juez de nuestra parábola el perfil de un “injusto” magistrado.
El “temor de Dios” -que no implica “miedo”-, en la concepción bíblica hebrea, es principio y fundamento de toda sabiduría. Con la ausencia de este “cimiento” sapiencial, el perfil que adquiere el juez es el de un necio, el de un cretino y mentecato. Pero no solo le caracteriza la “estupidez” de una persona “bruta” para quien Dios no figura en su horizonte sino, además, es un “desvergonzado”, un “irrespetuoso” con sus semejantes (expresión verbal, en griego: m? entrep?). Con toda claridad, al desaparecer Dios de su perspectiva se extingue toda consideración hacia el ser humano. Solo la fe en Dios puede fundamentar, válidamente, la consideración positiva respecto al hombre y la mujer.
La persona que presenta su causa ante el juez es una anónima “viuda” (griego: j?ra) que, según la tradición bíblica figura, junto con los “huérfanos” y “emigrantes”, en la lista clásica de pobres por su situación de indefensión y desamparo. La retrato corresponde perfectamente con la imagen antiguotestamentaria de la “viuda explotada” por la prepotencia y el abuso (cf. Ex 22,22-24; Dt 10,18; Mal 3,5; Rut 1,20-21) que la convertía en uno de los símbolos del abandono y de la desidia de las instituciones. La “viuda” es un ejemplo más de quienes viven arrinconados en la marginalidad a quienes Jesús dirige su mensaje mientras marchaba hacia Jerusalén. Dada su situación social, la mujer desamparada estaba totalmente indefensa, a merced de los aprovechadores. Las únicas armas con las que podía combatir su desesperación eran sus gritos insistentes y perseverantes, reclamando justicia. Una “viuda”, en particular, sin marido que la apoyase en los tribunales y sin influencia social ante “el poderoso”, dependía exclusivamente de su propia firmeza e inquebrantable tenacidad.
La viuda solicita al juez inicuo que atienda su caso. La requisitoria es una demanda genérica: "¡Hazme justicia contra mi adversario!" (Lc 18,3b). Ella no pretende que se castigue a su contendiente; pide, simplemente, que sus derechos sean reconocidos. Reclama que se le haga “justicia”. La expresión “durante mucho tiempo no quiso” (Lc 18,4a) es una fórmula de “duración” temporal que indica que el juez malvado recurrió a la estratagema de la “dilación”. No se dice el motivo, pero la descripción de la personalidad del juez son datos suficientes para explicar esta demora injustificada. Posiblemente la contraparte de la viuda debía ser un personaje de posición social influyente aunque su falta de respeto al hombre puede ser la causal de una “dejadez indolente” del que va dando largas a la administración de la justicia.
No obstante, debido a su pensamiento mezquino, el juez reflexiona y piensa en su propio bienestar (en coherencia con su displicencia) y llega a la conclusión de que era conveniente, para su propia comodidad, despachar a la viuda atendiendo su causa porque temía a las reiteradas peticiones de la mujer desamparada que podían prolongarse indefinidamente; y de esa manera, empieza a ceder para evitarse el bochorno. Al juez inicuo no le mueven los principios de la rectitud, el sentido del deber ni el valor de la justicia. Solo le interesa su propia ventaja. En su intimidad especula: “...como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que deje de una vez de importunarme” (Lc 18,5). El verbo que emplea el juez, en su reflexión (griego: hyp?piaz?) es tomado de la lexicografía del ámbito del “boxeo”. Literalmente, el juez teme que la viuda le propine una “herida en el pómulo”, “debajo de los ojos, en la cara”. No obstante, el verbo también tiene sentido figurado con el significado de “dejar exhausto” a alguien, “exasperarle”, “agotarlo” o “extenuarlo”. Cualquiera de estos significados, incluso el físico (“partir la cara”), es perfectamente posible. Lo que es relevante es que el juez quiere verse libre de las continuas impertinencias de la viuda. Él solo busca su tranquilidad.
La frase introductoria del siguiente versículo: “Dijo, pues, el Señor” (Lc 18,6) representa un giro narrativo por el que se introduce el elemento comparativo. La expresión griega ho kýrios (“el Señor), evidentemente, se refiere a Jesús que relata la parábola. Él invita a prestar atención a la reflexión íntima del “juez de la injusticia” (griego: ho krit?s t?s adikías). El genitivo “de la injusticia” es un “genitivo de cualidad” o “genitivo hebreo” que se emplea como adjetivo calificativo. Es decir, “la injusticia” es una cualidad permanente del juez; dicho de otro modo, la injusticia le es connatural. Y esta “injusticia” no se debe a su modorra o a la técnica de la “dilación” sino a su escepticismo en lo religioso (“no temía a Dios”) y a su insolencia (“no respetaba al hombre”). Y esa actitud implica, evidentemente, la predisposición a un comportamiento irregular, contrario a la justicia.
En este punto se concentra el verdadero significado de la parábola: si hasta un juez injusto puede verse forzado a administrar justicia, cuánto más Dios, el Justo por naturaleza, deberá escuchar la súplica perseverante de sus elegidos. De este modo, la conclusión de la parábola se centra más bien en el juez injusto que en la viuda perseverante porque sirve como esquema de contrapunto al Justo Juez (Dios), el cual “hará justicia pronto”. Los elegidos, es decir, los discípulos, pueden estar seguros de que Dios no dejará sin respuesta una oración asidua y les hará justicia frente a sus adversarios.
La enseñanza de Jesús culmina con una pregunta retórica: “Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?” (Lc 18,8). Evidentemente, el contexto al que se alude es el final de los tiempos, el tiempo escatológico (“cuando el Hijo del hombre venga”). Jesús se cuestiona sobre el grado de fe, es decir, si en la etapa final de la historia ¿quedarán discípulos cuya fe sea tan intensa? Se refiere a una fe que inspira la oración constante, como la del centurión (Lc 7,9). Esta pregunta guarda estrecha relación con el versículo introductorio (Lc 18,1): La necesidad de orar siempre, sin desanimarse jamás, tiene su fundamento, precisamente en esa “fe”.
En fin: El consejo de Jesús consiste en perseverar en la oración, una oración que debe ser constante, sin desánimos, sin desfallecimientos, como actitud característica de la vida cristiana, y sobre todo en el “tiempo de la Iglesia”, cuando por todas partes surge la amenaza ineludible de la persecución. Ese es precisamente el tiempo no solo de una oración perseverante, sino de la oración que brota por inspiración de la fe. Además, esta parábola nos ayuda a corregir la imagen de un Dios que tarda en responder a sus elegidos, un Dios que -al principio- parece estar representado en la figura del juez injusto que demora en atender la causa de la pobre viuda. La corrección está centrada en la pregunta: ¿no hará Dios justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche? ¿Les hará esperar? Y la contundente respuesta: “Os digo que les hará justicia pronto”. Es decir, Dios no es como el juez injusto que da vueltas y emplea mecanismos de dilación para demorar la resolución de los problemas. Dios no especula ni se hace del diplomático retrasando sus resoluciones. La justicia no puede esperar, no debe esperar porque es absolutamente necesaria para la vida humana. Todo el proyecto de Dios se puede resumir en la justicia.