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El estrecho de Ormuz y la reconfiguración del sistema internacional

Osvaldo Rolón Domínguez
por Osvaldo Rolón Domínguez 15 Marzo de 2026
15 Marzo de 2026
Estrecho de Ormuz.
Estrecho de Ormuz. EN

La economía global depende de algunos puntos geográficos extraordinariamente pequeños. Uno de ellos es el estrecho de Ormuz. Cuando esa arteria energética y de transporte se vuelve inestable, el impacto no se limita a una región; se propaga rápidamente por los mercados, las cadenas de suministro y la política internacional.

La actual escalada militar entre Estados Unidos, Israel e Irán ha vuelto a poner en evidencia una de las fragilidades estructurales de la economía mundial. Una parte significativa del suministro energético global depende de esta región.

La tensión alcanzó un nuevo punto cuando Irán anunció el cierre del estrecho de Ormuz, una de las rutas energéticas más importantes del mundo. Aproximadamente una quinta parte del petróleo que se comercia globalmente transita por esta vía marítima. Tras las amenazas y, finalmente, los ataques iraníes a buques comerciales, el tráfico marítimo cayó abruptamente y numerosas navieras suspendieron operaciones en la zona, generando un impacto inmediato en los mercados energéticos internacionales.

La reacción fue inmediata. El precio del petróleo se disparó en los mercados internacionales. El crudo Brent superó los 100 dólares por barril y alcanzó picos cercanos a los 120 dólares en medio de una volatilidad extrema. El petróleo WTI (West Texas Intermediate), uno de los principales indicadores del mercado energético estadounidense, también registró fuertes aumentos tras el inicio de la confrontación bélica.

El 9 de marzo, The Wall Street Journal calificó la situación como "la crisis más grave que han sufrido los mercados energéticos desde la década de 1970".

Cuando el petróleo sube, sus efectos se transmiten rápidamente al resto de la economía. El transporte se encarece, los fertilizantes aumentan de precio, la producción agrícola e industrial se vuelve más costosa y, finalmente, los consumidores comienzan a sentir el impacto en los precios de la energía y de los alimentos.

Reservas estratégicas y competencia por la energía

Frente a este escenario, los gobiernos han comenzado a activar mecanismos diseñados precisamente para momentos de crisis. Los países miembros de la IEA (International Energy Agency) aprobaron una medida coordinada para liberar 400 millones de barriles de petróleo de las reservas estratégicas de sus 32 países miembros, con el objetivo de amortiguar el impacto inmediato en los mercados energéticos.

Con esta acción buscan estabilizar los precios y ganar tiempo mientras los mercados se ajustan. El impacto es especialmente fuerte en Asia y Europa, regiones que dependen en gran medida del petróleo que transita por el Golfo Pérsico. Países como Japón, Corea del Sur o varias economías europeas obtienen una parte significativa de su suministro energético de esta ruta marítima.

Esto demuestra la rapidez con la que el sistema energético puede pasar de un entorno relativamente estable a otro dominado por la competencia por los recursos.

Los gobiernos buscan asegurar cargamentos y la seguridad de la navegación, redirigir rutas energéticas y proteger infraestructuras y logísticas estratégicas. En algunos casos incluso se discuten controles de precios o subsidios para evitar una escalada abrupta de los precios de los combustibles.

Este comportamiento encaja con una de las teorías clásicas de las relaciones internacionales: el realismo.

Desde esta perspectiva, los países y sus gobiernos actúan guiados principalmente por su propio interés y por la necesidad de garantizar su supervivencia y soberanía. Cuando los recursos estratégicos escasean, los países tienden a priorizar su propio acceso a ellos, lo que inevitablemente genera una competencia más intensa entre Estados. Bajo estas circunstancias, la cooperación internacional queda en segundo plano frente a la protección de los intereses nacionales.

Cuando eficiencia y costo dejan de significar lo mismo

Las crisis energéticas también obligan a replantear algunas de las ideas que durante décadas guiaron la globalización.

Durante mucho tiempo, la lógica dominante fue la eficiencia. Las empresas buscaban producir donde los costos fueran más bajos y organizar cadenas de suministro lo más optimizadas posible. La globalización premió a las compañías capaces de reducir costos al máximo, incluso si eso implicaba depender de rutas comerciales largas y complejas.

Sin embargo, fenómenos como las crisis financieras, las pandemias, los conflictos geopolíticos y, ahora, las disrupciones energéticas están obligando a muchas empresas a replantear esa lógica.

Estos eventos llevan a las empresas a revisar toda la arquitectura de sus cadenas de suministro. Las compañías comienzan a analizar dónde existen bottlenecks (cuellos de botella) en sus redes logísticas, es decir, puntos donde una interrupción puede paralizar toda la cadena.

Reducir esos cuellos de botella se ha convertido en una prioridad estratégica y en uno de los grandes desafíos.

Al mismo tiempo, muchas empresas están revisando dos conceptos que durante décadas parecían incuestionables: costo y eficiencia. En el contexto actual, estos conceptos empiezan a adquirir un significado diferente.

La eficiencia ya no se mide únicamente por producir al menor costo posible. Ahora también incluye la capacidad de resistir interrupciones, diversificar proveedores y mantener la continuidad del suministro incluso en contextos de crisis.

Y es precisamente este tipo de shocks el que tiende a acelerar transformaciones tecnológicas que ya estaban en marcha, aunque aún en escenarios más teóricos.

Transición energética y ventaja industrial china

Las crisis petroleras han acelerado históricamente cambios tecnológicos. Cuando el petróleo se vuelve más caro o más incierto, gobiernos y empresas comienzan a buscar alternativas que reduzcan su dependencia de los combustibles fósiles.

En el proceso actual se manifiesta, especialmente, la aceleración hacia la transición a los vehículos eléctricos.

En este terreno, China ha construido una ventaja significativa durante la última década. Empresas como BYD han expandido rápidamente su presencia global y la compañía china se ha consolidado por encima de Tesla en ventas de vehículos eléctricos. Para muchos analistas, este cambio simboliza el desplazamiento del liderazgo estadounidense en la tecnología automotriz avanzada y refleja el creciente peso industrial de China en uno de los sectores tecnológicos más estratégicos del siglo XXI.

China domina además gran parte de la cadena de suministro asociada a esta industria, desde el refinamiento de minerales críticos hasta la fabricación de baterías. En un escenario en el que las crisis energéticas se vuelven más frecuentes, esta ventaja industrial adquiere una dimensión geopolítica adicional.

La paciencia china

Durante gran parte de la segunda mitad del siglo XX, una de las características que más distinguía al liderazgo internacional de Estados Unidos era su previsibilidad. Aliados, empresas y mercados podían anticipar con relativa claridad la lógica estratégica de Washington.

Sin embargo, desde la llegada del gobierno de Trump 1.0 esa previsibilidad comenzó a cambiar.

Las decisiones políticas y estratégicas de Estados Unidos empezaron a volverse más difíciles de anticipar para aliados y adversarios por igual. Esta transformación no significa que Estados Unidos haya debilitado su poder; sin embargo, ha introducido un mayor grado de incertidumbre en el plano internacional y geopolítico.

Mientras tanto, China parece operar bajo una lógica distinta.

Los líderes chinos suelen hablar de lo que el presidente Xi Jinping describe como el "rejuvenecimiento nacional", una narrativa que presenta el ascenso de China —no como un fenómeno nuevo— sino como una continuación histórica de su antigua posición de civilización central.

Esa visión también se refleja en su política internacional, caracterizada por una planificación estratégica de largo plazo.

A diferencia de los líderes occidentales, que operan dentro de ciclos políticos relativamente cortos, el liderazgo chino tiene la capacidad de pensar en horizontes temporales mucho más largos. Xi Jinping no gobierna bajo el límite de mandatos cortos, lo que le permite desarrollar estrategias que se proyectan por décadas.

En contraste, el sistema político estadounidense obliga a los líderes a operar dentro de ciclos electorales de cuatro años. Esto puede generar incentivos para priorizar resultados inmediatos o gratificaciones políticas de corto plazo, especialmente en momentos de crisis.

Esta diferencia en la relación con el tiempo, la duración de los mandatos y los sistemas políticos se está convirtiendo en una variable estratégica en la competencia entre grandes potencias.

Un sistema internacional en transformación

La guerra en Medio Oriente puede ser el detonante inmediato de una crisis armada internacional, pero sus implicaciones van mucho más allá del campo de batalla.

El aumento de la volatilidad energética, la reorganización de las cadenas de suministro y la competencia tecnológica entre potencias muestran que el sistema internacional está entrando en una nueva etapa: el mundo político internacional se está reconfigurando.

En estas condiciones, factores como la resiliencia económica, la planificación estratégica y la capacidad de adaptación comienzan a adquirir un peso cada vez mayor en la competencia global.

Es precisamente en estos momentos de crisis cuando esas diferencias y capacidades se vuelven más visibles. La crisis en el estrecho de Ormuz no solo expone la fragilidad del sistema energético global; también revela cómo el equilibrio de poder económico y tecnológico del siglo XXI comienza a cambiar de configuración.

El autor es estudiante de Negocios Internacionales en Nottingham Trent University UK

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