[Evangelio según san Juan (Jn 20,1-9) —Solemnidad de la Pascua de Resurrección del Señor—]
En esta Pascua de resurrección, la liturgia de la palabra nos propone el texto del Evangelio de san Juan que relata el hallazgo del "sepulcro vacío" donde se había llevado el cuerpo sin vida de Jesús. El lugar era una cavidad perforada en la roca, propiedad perteneciente a un hombre respetable, llamado José de Arimatea (Jn 19,38-42; Mt 27,57-60), miembro del Supremo Consejo o Sanedrín (Lc 23,50) que, según el testimonio del evangelista san Marcos, "también esperaba el Reino de Dios" (Mc 15,42-43). José tuvo la valentía de llegar ante Poncio Pilato para solicitar el cuerpo del maestro con el fin de depositarlo en su propia tumba (Mc 15,43) que, según el cuarto Evangelio, no distaba mucho del Gólgota (Jn 19,42).
El evangelista inicia su informe con un dato temporal: "El primer día de la semana" (Jn 20,1a), al menos así traduce la Biblia de Jerusalén que he preferido sustituirlo por fidelidad al texto original griego. Tropezamos con la práctica, según mi parecer errónea, de pretender armonizar los tiempos aludidos en la Biblia con el calendario vigente, el gregoriano. El calendario hebreo-palestino es de origen babilónico, de tipo lunisolar, que tiene en cuenta las fases de la luna. El calendario gregoriano, instaurado por el Papa Gregorio XIII en 1582, en cambio, es de tipo solar. Entre ambos calendarios hay como once días de diferencia y, a partir de las dieciocho horas (de la tarde), en la medición temporal bíblica, se considera ya un nuevo día. Así, por ejemplo, el šabāt o sabbáton, el séptimo día, se inicia el sexto día a las seis de la tarde.
En realidad, en el texto griego, el dato temporal suena del siguiente modo: tē dè miā tōn sabbátōn, es decir, a la letra, "en el primero de los sabbáton". Este último vocablo es el genitivo plural de sábbaton que traduce el hebreo šabāt, día de reposo semanal que recuerda el "reposo" de la obra creadora de Dios. En consecuencia, no se trata del "primer día" sino del último, "el séptimo día" de la semana, como lo dice el libro del Génesis en forma reiterada: "Concluyéronse, pues, el cielo y la tierra con todo su aparato; el séptimo día Dios dio por concluida la labor que había hecho; puso fin el día séptimo a toda la labor que había hecho. Después bendijo Dios el día séptimo y lo santificó; porque en él puso fin Dios a toda la obra creadora que había hecho" (Gn 2,1-3).
La "santificación" del día séptimo, como explícitamente se afirma en el Génesis, es un dato relevante que nos permite comprender que el relato de la creación se formuló según el calendario de la liturgia de la sinagoga que converge en el día séptimo (šabāt), su punto culminante. De hecho, los hebreos nombran la semana del día primero al día séptimo: Día primero, día segundo, día tercero, día cuarto, día quinto, día sexto; y el último día —el "séptimo" (šebî'î)— es denominado šabbāt. Este día, dedicado a Dios, es como un "diezmo del tiempo", jornada festiva que celebra la culminación de la prodigiosa creación de 'Elohîm (Gn 2,3).
La pascua hebrea se celebra entre el 14 y 15 de nisán, mes del calendario hebreo-babilónico que coincide en parte con nuestros meses de marzo y abril. En estos meses comienza el año de los judíos e israelitas, en general. De hecho, el texto original griego de san Juan no habla de "semana". En consecuencia, la expresión griega "el primero de los sabbáton (o šabāt)", en realidad, se refiere a la primera fiesta de reposo šabātico, en el año, del calendario judeo-hebreo. En nuestro lenguaje cristiano sería "el primer domingo del año", es decir, "en el día del Señor", expresión que proviene del Apocalipsis: ...en tēi kyriakēi hēmérai (Ap 1,10) que, en latín, la Vulgata traduce por in dominica die —de ahí, "domingo". Ese día, el vidente de Patmos entró en "éxtasis" para recibir la revelación. Entonces, nuestro "domingo" no es un día más que se agrega después del sábado, como de ordinario se confunde, sino el nuevo nombre del šabāt que, siendo el séptimo día para los hebreos, nosotros lo denominamos el "primer día" aunque seguido de denominaciones no bíblicas extraídas del contexto pagano de la época: Lunes, martes, miércoles, jueves y viernes.
María Magdalena, mujer del círculo cercano a Jesús, de la que el Señor había expulsado "siete demonios" (Mc 19,9; Lc 8,2), es la primera (mujer) testigo del hallazgo del sepulcro vacío. A tempranas horas, "cuando todavía estaba oscuro", fue hasta el lugar y encontró que la piedra —que servía de cobertura de la tumba— estaba retirada (Jn 20,1b). Su inmediata reacción fue la de "correr" hasta llegar junto a Simón Pedro y al "discípulo amado" con el fin de testimoniar su experiencia. Los dos discípulos son referenciales en el Evangelio de san Juan: Pedro por ser el principal apóstol del grupo de "los Doce" y el "discípulo amado" que representa al discípulo ideal, siempre cercano a Jesús (cf. Jn 13,21-26; 19,26-27; 20,1-10; 21,20-22.23; cf. Jn 1,35-40; 18,15), identificado, por la tradición, con el apóstol Juan, hermano de Santiago, hijo de Zebedeo.
El testimonio de María Magdalena no presupone la resurrección sino el robo del cuerpo. Ella dice: "Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto" (Jn 20,2b). No especifica quiénes serían los autores del robo porque emplea la expresión genérica "(ellos) se han llevado...". Y en su desconcierto, manifiesta ignorar en qué sitio habrían trasladado o depositado el cadáver.
En razón de la noticia, Pedro y el "otro discípulo" —es decir, el "discípulo amado"— corren hacia el sepulcro con el fin de verificar la información recibida de parte de María Magdalena. En esta premura, el evangelista da cuenta de que el "discípulo amado" supera a Pedro en velocidad, se adelanta y llega primero (Jn 20,3-4). Pudo ver los lienzos desde cierta distancia, pero no se atrevió a entrar en la tumba. Luego se narra que Simón-Pedro, el principal apóstol, después de llegar hasta el sepulcro entró. Vio también los lienzos en el suelo como lo vio el "discípulo amado". En este momento del relato, el evangelista denota que "el sudario que había cubierto la cabeza de Jesús no estaba junto a los lienzos, sino plegado en un lugar aparte" (Jn 20,6-7).
La narración del autor deja entrever cierta preeminencia de Simón-Pedro en relación con el "discípulo amado", pues, aunque este haya llegado primero cede a quien encabeza el colegio apostólico el rol de ser el primero en verificar, íntegramente, el sepulcro vacío, con los lienzos y el sudario sueltos en el sitio.
El cuarto evangelista dedica un versículo al "sudario" (o "lienzo") indicando su función, la de "cubrir la cabeza", y su posición que, llamativamente, estaba "plegado en un lugar aparte" (Jn 20,7). Esta disposición, ante todo, es indicativa de que no se trataba de un robo porque, de ordinario, el ladrón no deja en orden el sitio donde ha entrado para consumar el latrocinio. Más aun teniendo presente que las autoridades religiosas y romanas han puesto centinelas junto al sepulcro. En consecuencia, se puede inferir que si el cuerpo no ha sido robado es porque ha resucitado. De hecho, cuando el "discípulo amado" ingresa a la tumba, el evangelista señala, escuetamente: "Vio y creyó" (Jn 20,8c). El autor del Evangelio remarca esta interpretación cuando concluye diciendo: "Pues hasta entonces no habían comprendido que, según la Escritura, Jesús debía resucitar de entre los muertos" (Jn 20,9).
De lo señalado en precedencia, se deduce la "incomprensión" de los más cercanos seguidores de Jesús, incluida María Magdalena que parte de la idea de un eventual "robo" del cuerpo inerte de Jesús. De esta manera, el evangelista advierte sobre la falta de preparación de los discípulos en lo que se refiere a la experiencia pascual del maestro. Recién con las diversas apariciones y manifestaciones del Resucitado comprenderán esta novedad nunca antes vista ni oída, pues sobrepasaba todas las categorías mentales, religiosas y culturales de los discípulos.
Respecto a este hallazgo, podemos añadir cuanto sigue: Primero, desde un punto de vista fáctico, el "sepulcro vacío" no representa una "prueba" de la resurrección teniendo en cuenta que no implica una "evidencia". Para unos "ojos" observadores se trata de un "indicio", sobre todo para una mentalidad como la de Tomás que necesita "ver" y "palpar" el cuerpo resucitado como condición para prestar su adhesión (Jn 20,24-29). Sin embargo, es prueba suficiente para el creyente, como el "discípulo amado", que ha confiado en la palabra de su Señor; por eso, al ver el sepulcro vacío, a diferencia de la Magdalena, "vio y creyó" (Jn 20,8c). Pues, no cabe duda que quien ama de verdad llega al misterio de la fe; y el creyente crece en su amistad con Cristo mediante una vida en clave de amor. En definitiva, el primer testigo de la resurrección es el "discípulo amado".
Segundo, se podrá hablar de "prueba", para los demás discípulos, cuando ellos tengan la experiencia de las distintas apariciones del Resucitado. Pablo de Tarso menciona numerosos testigos oculares, incluso "quinientas personas", que fueron partícipes de esas apariciones (1Cor 15,3-8). Con todo, también están "los negadores" como los sumos sacerdotes y ancianos que sobornaron a los soldados para plantear la idea del robo del cuerpo (Mt 28,11-15). En la comunidad de Corinto, algunos que se profesaban cristianos, si bien aceptaban la resurrección de Cristo no creían en la resurrección de los muertos (1Cor 15,12). El apóstol Pablo les dedica a ellos su largo discurso retórico sobre la resurrección porque negar que los muertos resucitan es invalidar la resurrección de Jesús al carecer de efecto en los creyentes (cf. 1Cor 15,1-58).
Tercero, la resurrección que, en definitiva, es una "nueva creación", es la razón de ser de la fe cristiana. Pues "si Cristo no resucitó vana es nuestra fe" (1Cor 15,14). Se trata del acceso a una nueva vida, absolutamente superior, que nos sumerge en el ámbito propio de Dios. Es la recuperación de la vida que, al adquirir —por la potencia de Dios— delineamientos de "perfección", se halla sustraída de las leyes ordinarias del mundo físico tal como lo conocemos y, en consecuencia, la actual comprensión de las ciencias físico-químicas y biológicas resultan insuficientes.
Jesús no recupera la vida para volver a morir, como el caso de Lázaro (Jn 11,1-44) y el de la hija de Jairo (Mc 5,21-43). Él resucita para la eternidad como el primero que emigra del país de los muertos con el fin de encabezar el "éxodo" hacia la casa del Padre (cf. Col 1,18; Ap 1,5b). Él resucitó para que nosotros resucitemos mediante él.
Aunque hoy, después de la paulatina superación del "negacionismo" de una vida después de la muerte —propugnada por un cientificismo sobrevalorado— se dan especulaciones que se abren a la posibilidad de un "más allá". Con todo, hay que afirmar, con convicción teológica, que —fundamentalmente— la "resurrección" es un artículo de fe. Es lo que el texto de san Juan nos indica respecto al "discípulo amado": "Vio y creyó" (Jn 20,8). El "ver" y el "creer" son experiencias humanas que están íntimamente relacionadas. Para quien ama, como es el caso del "discípulo amado", sobran los argumentos porque confía plenamente en las palabras y en la promesa del Señor. Por eso, al "ver" el sepulcro vacío, el "discípulo amado" —al contrario de María Magdalena que hablaba de un "robo"— "creyó" en la resurrección.
El "discípulo amado" es una figura simbólica —basada en un personaje real del círculo de Jesús— que, al carecer de nombre propio, se proyecta como el discípulo ideal de todos los tiempos. Él está cerca del Señor, comparte su intimidad (Jn 13,23-26); está, igualmente, en estrecha relación con "la Madre" a quien Jesús encarga su cuidado y este la llevó consigo a su casa después de la muerte de Jesús (Jn 19,26-27); es el primero que llega al sepulcro y el que, al constatar la tumba vacía, creyó en la resurrección del Señor (20,3-9). Sigue a Jesús en todo momento (Jn 21,20). Sobre él corrió el rumor de que no moriría (Jn 21,23).
En fin, el evangelista nos involucra en el relato del hallazgo de la "tumba vacía" con el fin de fijarnos en la figura del "discípulo amado", el cual, al estar estrechamente vinculado con el Señor Jesús ha creído en su promesa de resurrección, incluso antes que los demás. Esa fe nace del amor, de la cercanía, de la fraternidad cristiana. De hecho, en este tiempo pascual, estamos llamados a ser solidarios con los demás, en especial con los que sufren por diversas causas, crucificados cada día por las penas y amarguras, por las miserias y pobrezas materiales y existenciales. Solo el amor hacia los "pequeñísimos" (cf. Mt 25,31-46) suscitará en nosotros la fe en Jesús que murió derramando su sangre inocente para ofrendarnos la salvación y la vida eterna.