El cuerpo del Señor Jesús

Pbro. César Nery Villagra Cantero
por Pbro. César Nery Villagra Cantero 2 Noviembre de 2025
2 Noviembre de 2025
Biblia.
Biblia. .

1 El primer día de la semana, muy de mañana, fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. 2 Pero encontraron que la piedra había sido retirada del sepulcro. 3 Entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. 4 No sabían qué pensar de esto, cuando se presentaron ante ellas dos hombres con vestidos resplandecientes. Asustadas, inclinaron el rostro a tierra, pero les dijeron: "¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? 6 No está aquí, ha resucitado. Recordad cómo os habló cuando estaba todavía en Galilea, diciendo: 7 Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores y sea crucificado, pero al tercer día resucitará". 8 Y ellas recordaron sus palabras

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[Evangelio según san Lucas (Lc 24,1-8) — "Conmemoración de todos los fieles difuntos—]  

La conmemoración de todos los fieles difuntos coincide, en esta ocasión, con el 31º domingo del tiempo ordinario y la liturgia de la palabra, según el ordo de la Conferencia Episcopal Paraguaya, nos propone, como opción, dos textos evangélicos: Lc 24,1-8 y Jn 11,17-27. He optado por la primera propuesta, el texto del Evangelio según san Lucas, porque ahí la narración gira en torno a la muerte de Jesús (y su resurrección) mientras que el cuarto Evangelio aborda la muerte de Lázaro (su retorno a la experiencia terrenal de la vida).

San Lucas relata el episodio protagonizado por unas mujeres piadosas que habían seguido a Jesús en el discipulado. Sabemos que son mujeres porque el verbo pherō ("llevar") es un participio que está conjugado en femenino plural. Ellas, después de su muerte y su sepultura, fueron "en el primero de los sabbátōn", siendo aún de madrugada, hasta el sepulcro, que era una cavidad rocosa, perteneciente a José de Arimatea. Este era un hombre rico, jerosolimitano, que ha querido depositar, en las instalaciones mortuorias de su propiedad particular, con el permiso del gobernador, los despojos corporales del maestro. La intención de estas mujeres consistía en dar al cadáver de Jesús los cuidados de práctica con los difuntos que José de Arimatea no tuvo tiempo de proporcionarle el día de su muerte, al darle sepultura. En concreto, las mujeres "llevaron" (phérousai) aromas preparados con el fin de proveer a los restos mortales de Jesús un cierto embalsamamiento.

Cuando ellas llegan al sepulcro, en seguida se dan cuenta de que la losa estaba corrida. En las cercanías de Jerusalén, los arqueólogos han encontrado sepulcros del siglo I d.C. con grandes piedras circulares colocadas en un canal excavado trasversalmente en la roca, por el que se podía rodar hasta cubrir la entrada rectangular del sepulcro propiamente dicho. Mirando a la entrada desde el exterior, la piedra se podía rodar de izquierda a derecha, o al revés, para abrir o cerrar el sepulcro. Una piedra de este tipo se ha encontrado delante del sepulcro atribuido a la familia de Herodes (cf. J. Fitzmyer).

Las mujeres se percataron de que el cadáver de Jesús había desaparecido. El sepulcro estaba vacío. No encontraron al difunto; el cuerpo del Señor no estaba en la tumba. No sabían qué pensar de esto porque no se imaginaban lo sucedido. Entonces se les presentan dos hombres con vestidos resplandecientes ante quienes ellas bajan la cabeza por el susto de la aparición. El color blanco refulgente y luminoso del vestido de los dos hombres —símbolo antropológico y cromático— es indicativo de la presencia de la trascendencia, en este caso de los mensajeros celestiales.

Estas dos figuras celestiales se presentan como "ángeles intérpretes" —o "ángeles hermeneutas"— porque les interpreta lo que ha sucedido con el cuerpo de Jesús que ya no estaba en el sepulcro. Ellos, en efecto, afirman, que los restos de Jesús ya no moraban en aquel sitio porque ya no era un difunto, ya no era un cadáver, pues la ausencia del cuerpo no se debía a otro motivo sino a la resurrección: "No está aquí —dicen los ángeles hermeneutas— ha resucitado". Y continúan añadiendo un elemento nemotécnico, al decir: "Acordaos de lo que os dijo estando todavía en Galilea" refiriéndose a la profecía sobre su muerte y resurrección: "Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores y sea crucificado, pero al tercer día resucitará" (Lc 24,7).

Y el evangelista, en este punto, culmina observando que, efectivamente, "ellas recordaron aquellas palabras" pronunciadas en Galilea (Lc 24,8).

En fin: La deposición del cuerpo de Jesús en el sepulcro de José de Arimatea, la intención de las mujeres de perfumar o embalsamar el cadáver, son elementos que indican, con claridad, que Jesús murió real y verdaderamente. Fue un verdadero difunto, compartiendo de este modo, con la humanidad, la experiencia más radicalmente limitante del hombre, pues la inexorable experiencia de la muerte —que experimentaremos más temprano que tarde— es un dato que evidencia la extrema vulnerabilidad y la fragilidad de la condición humana.

No obstante, la presencia de los mensajeros celestiales proyecta esperanza de vida, la buena noticia de que la vida no se limita a la experiencia temporal e histórica sino adquiere plenitud en la eternidad. Tenemos certeza de que resucitaremos porque Cristo resucitó de entre los muertos (cf, Rom 6,8-14). Ciertamente, la resurrección de Jesús no solo indica la victoria sobre la muerte, "el último enemigo que será vencido" (1Cor 15,26), sino nos consuela enormemente por el hecho de que —asociándonos a Cristo— podemos ser partícipes también de la feliz resurrección, accediendo a la vida definitiva.

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