1Estaba Jesús orando en cierto lugar. Cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: "Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos". 2Él les dijo: "Cuando oréis, decid: ¨Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, 3danos cada día nuestro pan cotidiano 4y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación". 5Les dijo también: "Imaginaos que uno de vosotros tiene un amigo y acude a él a medianoche, diciéndole: 'Amigo, préstame tres panes, 6porque ha llegado de viaje a mi casa un amigo mío y no tengo qué ofrecerle, 7y el otro, desde dentro, le responde: 'No me molestes. La puerta ya está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme a dártelos'. 8Os aseguro que, si no se levanta a dárselos por ser su amigo, se levantará para que deje de molestarle, y le dará cuanto necesite. 9Yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. 10Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, le abrirán. 11¿Qué padre hay entre vosotros que le da una culebra a su hijo cuando le pide un pez? 12¿o le da un escorpión cuando le pide un huevo? 13Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!"
[Evangelio según san Lucas (Lc 11,1-13) —17º domingo del tiempo ordinario—]
El texto evangélico que nos propone la liturgia de la palabra, en este 17º domingo del tiempo ordinario, gira en torno a la oración la cual, ante todo, implica "búsqueda" de Dios (Lc 11,1-4). Empleando la figura de la "amistad", Jesús ejemplifica, en el contexto de la vida cotidiana, de qué manera se puede obtener "aquello que se busca" (Lc 11,5-8); y, finalmente, subraya la necesidad de ser insistentes y perseverantes porque "el que busca, encuentra" (Lc 11,9-13).
En primer lugar, Jesús enseña a orar a petición de sus discípulos (Lc 11,1-4). Aunque no aparece, como en Mateo, la invocación al "Padre nuestro" sino, simplemente, al "Padre". De hecho, la tradición cristiana nos legó tres formulaciones del "Padre nuestro": La más concisa es la de Lucas que consta de cinco imperativos; la de Mateo (Mt 6,9-13) es más extensa, con siete imperativos y, finalmente, la más amplia de todas se encuentra en la Didajé (Did 8,2). En Mateo, esta oración es parte del discurso del monte, y se presenta como un ejemplo de trato íntimo con el Padre, en oposición al exhibicionismo de los hipócritas (cf. Mt 6,5-6) y a la palabrería de los paganos (cf. Mt 6,7-8).
En la versión de Lucas, la oración al Padre consta de los siguientes elementos: Una invocación ("¡Padre!"); dos aspiraciones explícitamente dirigidas a Dios y tres peticiones. Ante todo, Jesús, con esta oración, enseña —y simultáneamente autoriza— a sus discípulos a dirigirse a Dios como "Padre", precisamente con el mismo título que él acaba de emplear para alabarle y darle gracias (cf. Lc 10,21), y que resonará de nuevo en los momentos más difíciles de su existencia (cf. Lc 22,42; 23,34.46). El carácter de intimidad que va inherente a la invocación configura su empleo en la comunidad cristiana. Entonces, Dios no es solamente una personificación de la trascendencia, cuyo señorío se eleva sobre los cielos, sino un ser cercano que se preocupa del hombre y cuida de él, como un padre cuida de su hijo. El trasfondo arameo del término "padre", 'abbā', posiblemente —en sus orígenes— era un término infantil que expresaba la intimidad del círculo familiar.
Las dos frases desiderativas expresan una alabanza a Dios de parte de los cristianos conscientes de su filiación. Se pide a Dios su intervención escatológica, para que todos proclamemos que su nombre es santo y para que su Reino se manifieste entre los hombres con su llegada definitiva. El primer deseo del orante se refiere al "nombre de Dios" para que sea santificado. Es decir, Dios ha de salir de sus fueros, de modo que se reconozca su santidad y se proclame su alabanza. Pero esta santidad no se circunscribe solo a Dios, pues el mismo Señor exigirá a Israel: "Sed santos, porque yo soy santo" (Lc 11,45; Ez 20,41; 38,23). El segundo deseo del orante tiene como objetivo: "Tu Reino"; es decir, que la soberanía absoluta de Dios sobre los acontecimientos humanos llegue a su plena madurez escatológica y se manifieste como realidad consumada.
La segunda parte de la oración al Padre, según san Lucas, plantea una triple petición. Ante todo, el orante pide a Dios que le socorra en sus necesidades diarias, de sustento; además, tiene que implorar su perdón dado que el pecado es una realidad esencialmente humana, y, del mismo modo, deberá rogarle que no enfrente situaciones con las que pueda peligrar su actitud de entrega y de confianza en el "Padre". Como complemento de la segunda petición se añade una frase explicativa, pues también los discípulos perdonan a todo el que les hace el mal (cf. Mt 18,23-35). La triple serie de peticiones expresa, por un lado, una confianza inquebrantable, y por otro, la convicción de que la súplica será escuchada.
¿Todas las peticiones tienen naturaleza escatológica? No se puede negar que los dos deseos iniciales sobre la santificación del "nombre" de Dios y sobre la "llegada del Reino" tienen un marcado carácter escatológico. Pero no ocurre así con las peticiones siguientes. La primera —mantener la subsistencia— y la última —preservar de la apostasía— tienen su propio punto de referencia en la cotidiana lucha por la existencia. Y probablemente hay que decir lo mismo sobre la segunda petición: "Perdónanos nuestros pecados". Según Orígenes, el "pan para la subsistencia" se refiere, sencillamente, a lo que necesitamos para subsistir, es decir, el pan que sustenta la vida. La "tentación", en la perspectiva de san Lucas, no se restringe al juicio escatológico, sino que se contempla como un peligro constante de apostasía (cf. Lc 8,14-15; Hch 20,19).
En segundo lugar, a continuación de la enseñanza de la oración al Padre, Jesús les plantea una parábola tomada de las tradiciones populares de Palestina. Esta "comparación" cuenta lo que le pasó a un amo de casa que, a medianoche, recibió la inesperada visita de un amigo y se dio cuenta de que no tenía nada que ofrecerle, como muestra de hospitalidad (Lc 11,5-8). Este es el segundo de los tres episodios que giran en torno a la oración. Esta narración subraya de qué manera debe ser la oración de petición, que se acaba de plantear en la oración al Padre.
La función de esta perícopa consiste en dar todo su relieve a la "insistencia" con la que el hombre tiene que dirigirse a Dios. Así, el énfasis de la narración está en esa certeza absoluta de que la oración será escuchada, Cuando un "amigo", en una situación de apuro, acude, aunque sea de modo imprevisto, a otro amigo, no puede admitir un "no" como respuesta. Al mismo tiempo, la parábola dice implícitamente que el que recibe una petición solo podrá dormir tranquilo con su familia si accede generosamente a las insistentes demandas de su "amigo". Ese es el término de la comparación con el Padre del cielo. De hecho, la palabra griega anaideia, "insistencia", puede significar también "descaro", o "atrevimiento"; incluso, "desfachatez". Según parece, a la luz de lo hábitos orientales de la hospitalidad, la figura central no es el "amigo inoportuno", sino el que se levanta para acceder a la petición. Así es Dios, que escucha el grito de los necesitados y viene a su auxilio.
En tercer lugar, en la última perícopa (Lc 11,9-13), Jesús formula unas "máximas", según parece extraídas de la sabiduría popular, que son actitudes de una religiosidad consciente de que la oración perseverante siempre será escuchada. Especial relieve adquiere el tema de la perseverancia en la oración. Se mencionan tres modalidades de petición humana: Pedir, buscar, llamar; cada una con su respectiva recompensa: Don, descubrimiento, acogida. Se subraya, ante todo, la apertura del corazón, con la que el cristiano derrama sus inquietudes ante la presencia de su Padre del cielo. La formulación del v. 10 suena a enunciado teórico de una ley de carácter universal: "Cada una de estas tres acciones del hombre encuentra su correspondiente acogida en la benevolencia de Dios" (cf. J. M. Creed).
En Lc 11,11-13 se establece una comparación entre el Padre del cielo y la paternidad humana. En los vv. 5-8 se hablaba de las relaciones entre "amigos"; ahora se pone en primer plano una relación más profunda, la que se da entre "padre" e "hijo". La argumentación procede por contrastes: De menor a mayor, de absurdo a razonable. En nuestra perspectiva humana, resulta inconcebible que un padre, cuando su hijo le pide algo de primera necesidad, como un pan o un pescado, le dé otra cosa de apariencia semejante, pero que puede ser nociva para su salud. No hay duda de que el padre no osará engañar a su hijo y le dará lo mejor que tenga. Pues eso mismo es lo que hace Dios, solo sabe dar cosas buenas al que se las pide.
Es más, el Padre (Dios) les dará el don más preciable, su propio Espíritu. La indecible generosidad de nuestro Padre, que está en el cielo, no tiene ni punto de comparación con la paternidad humana, porque él es esencialmente bueno y en él no hay sombra de maldad, que es lo que caracteriza al ser humano. Por grande que sea la generosidad del hombre, siempre será una pequeñez insignificante comparada con la paternidad de Dios. Lo que nos da el Padre no se limita a "todo lo que necesitamos" (Lc 11,8), sino que encierra el don supremo de su "Espíritu Santo" (Lc 11,13).
En fin: La oración es el medio adecuado para vivir la fe en la experiencia de la vida, en el contexto de la comunidad cristiana. Por eso, será necesario establecer con Dios una relación de cercanía, de "amistad", de familiaridad. Esta intimidad con Dios nos permitirá ser insistentes y perseverantes, incluso en ocasiones, impertinentes, con el fin de "encontrar lo que buscamos"; más aún, perseverar en nuestras súplicas a fin de que el Dios de la vida nos otorgue su Espíritu Santo para guiar nuestros pasos durante la historia y prepararnos para los tiempos venideros señalados como los escatológicos.