23Jesús le respondió: "Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. 24El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra no es mía, sino del Padre que me ha enviado. 25Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. 26Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho. 27Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. Que vuestro corazón no se turbe ni se espante. 28Ya me habéis oído decir: Me voy y volveré a vosotros. Si me amarais, os alegraríais de que me vaya al Padre, porque el Padre es más grande que yo. 29Y esto os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis.
[Evangelio según san Juan (Jn 14,23-29) —6º domingo de Pascua—]
La liturgia de la palabra, en este 6º domingo de Pascua, nos propone un segmento del discurso de despedida de Jesús que se desarrolla en el cuarto Evangelio. Este discurso es pronunciado por Jesús como un "testamento" a sus discípulos inmediatamente después del episodio del "lavatorio de los pies" (Jn 13,1-20). En esta parte, el Señor insiste en el amor como la actitud fundamental respecto a Dios y a los demás; hablará, igualmente, del legado de la "paz" y del "cumplimiento de los mandamientos".
En la perícopa, Jesús repite 4 veces el verbo "amar" (agapáō). En la primera ocasión, lo formula en estilo condicional: "Si alguno me ama". Al emplear el verbo en vez del sustantivo, el Señor quiere subrayar que el "amor" es, sobre todo, acción; no consiste en un simple deseo o manifestación de intenciones; en consecuencia, el "amor" implica una iniciativa positiva, una faena o actividad respecto a otro, en este caso en relación con Dios. En referencia al Creador, la acción concreta se materializa en la observancia de la revelación divina, pues "si alguno me ama, guardará mi palabra" (Jn 14,23).
"Guardar" (verbo griego: tēréō) implica "custodiar", "observar", "cumplir", es decir, la palabra de Dios revelada y escuchada por el creyente debe ser asumida e incorporada en la vida; debe estar en la base de los criterios de acción. Un cristiano "custodia" la palabra cuando se refleja en su conducta una coherencia entre el mensaje de Cristo y la experiencia comunitaria de tal manera que todos puedan "leer" en la vida del discípulo la voluntad de Dios. El verbo "amar" que se cita por segunda vez ("mi Padre le amará") se formula en futuro porque la respuesta positiva de Dios está supeditada al amor que se manifiesta hacia el Hijo.
A continuación, Jesús habla en plural, expresándose en comunión con el Padre. Emplea dos verbos de acción: "Venir" y "morar". Si se da el amor del discípulo respecto a Jesús "vendremos a él, y haremos morada en él" (Jn 14,23b). Se trata de un "venir" que se materializa en un "morar" o "habitar". Es la inhabitación del Padre y del Hijo. Aquí aún no se menciona al Espíritu Santo que será nombrado más adelante.
La tercera mención del verbo amar describe la posibilidad negativa del desamor: "El que no me ama no guarda mis palabras" (Jn 14,24a). Las dos acciones verbales se expresan, aquí, en tiempo presente, describiendo —de este modo— una situación actual en referencia a quienes, habiendo escuchado la palabra de Dios no la ponen en práctica porque no la han incorporado como criterio de vida pues modelan su existencia según parámetros y principios diversos a la eterna sabiduría divina.
Jesús aclara, inmediatamente, que la palabra a la que se refiere no ha surgido como una iniciativa suya, particular, exclusiva de él, sino, por el contrario, tiene origen en el Padre, procede del Creador mismo que ha enviado a Jesús al mundo para ejercer el ministerio de un plenipotenciario. Él es el "agente" de Dios, su "embajador". En consecuencia, las palabras del rabino de Nazaret son, realmente, las mismísimas palabras del Padre eterno: "Y la palabra no es mía, sino del Padre que me ha enviado" (Jn 14,24b).
Al aclarar la procedencia de sus palabras, Jesús declara a sus discípulos que la revelación de la que es portador no fue expresada a través de intermediarios o de terceros, sino que fueron pronunciadas por él mismo: "Os he dicho estas cosas estando entre vosotros" (Jn 14,25). Hace memoria de toda la enseñanza y del testimonio del cual es portador. Subraya su presencialidad en medio de los suyos: "estando entre vosotros" (Jn 14,25b). En consecuencia, hace alusión a una "historia" comunitaria, a una experiencia de vida, de compartir, de discernir y de iluminar con la sabiduría de lo Alto el camino de vida de los discípulos.
A continuación, Jesús introduce —en relación con el texto precedente (Jn 14,25)— el anuncio sobre el Paráclito, que será enviado por el Padre: "Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho" (Jn 14,26).
Este Paráclito tendrá una función iluminadora pero no enseñará una doctrina nueva que le sea propia sino la que oye de Jesús. Entre el Paráclito y Jesús hay una sinergia parecida a la que une al Hijo con el Padre en la obra de la revelación. Específicamente, el Paráclito cumplirá con dos acciones: "enseñar" (didáskō) y "recordar" (hypomimnēiskō).
La enseñanza del Espíritu consistirá en reavivar en los discípulos el recuerdo de las palabras de Jesús para que el creyente sea introducido a la verdad entera. Esta enseñanza se realizará desde dentro de la conciencia que implica no solamente el recuerdo de un hecho anterior sino una toma de conciencia de su significado. El Espíritu Santo Paráclito no se limitará, por tanto, a colmar las lagunas de una memoria quebradiza sino hará que se comprenda el sentido que estaba oculto hasta entonces y permitirá una comprensión en profundidad de los acontecimientos sucedidos. El papel interpretativo del Espíritu, en total concordancia con el mensaje del Hijo, hace de la comunidad el lugar donde se recibe siempre de nuevo su revelación y se actualiza de forma creativa en la existencia de los creyentes. Esto significa que la Palabra de Jesús permanecerá viva a lo largo de los siglos.
Ya hacia el final de su discurso, Jesús vuelve al momento presente, el de la separación. Por eso, les deja a sus discípulos el don de la paz: "Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. Que vuestro corazón no se turbe ni se espante" (Jn 14,27). La "paz" (en hebreo: šalōm; en griego: eirēnē) es el saludo habitual entre los hebreos; no es una fórmula banal, sobre todo porque, en la tradición judía, encierra una gran densidad. No implica solamente la ausencia de conflictos —no coincide con la pax augusta—; tampoco significa la "paz del alma" como la "ataraxia" de los estoicos. En la mentalidad bíblica es indicativa de salud, de prosperidad y de plenitud. En definitiva, es un don de Dios ("mi paz os doy"). Al ser una "donación" es como una "herencia", como un "legado".
El Hijo dispone de la paz que solo Dios puede conceder. Se trata de una paz inmensa, mesiánica, como diría el salmista: "Entonces florecerán la justicia y una paz grande hasta el final de las lunas" (Sal 72,7). Por eso el Mesías tendrá el título de "príncipe de la paz" (Is 9,5s; Miq 5,4; Zac 9,10). La consecuencia de esa paz es la desaparición de toda turbación no solo ante la inminente separación sino ante la tarea evangelizadora que les aguarda a los discípulos, convertidos en mensajeros de la obra del Hijo en medio del mundo. La paz de Cristo donada a los creyentes sugiere una paz profunda, interiorizada, que el discípulo posee como un tesoro inigualable porque es fruto de la victoria de Cristo sobre la muerte.
Bajo la forma de una pregunta acuciante, "¿habéis oído (bien) lo que os he dicho? se recuerda el contenido esencial del coloquio de la despedida: "Yo me voy y vengo a vosotros" (Jn 14,28a). La marcha y el retorno o nueva venida son los dos polos de un mismo acontecimiento.
De hecho, es al Padre a quien regresa Jesús. La paz que acaba de donarse, en consecuencia, debe traducirse en gozo, si es que de verdad los discípulos aman a Jesús. Aquí se formula por cuarta vez el verbo "amar". La alegría íntima del discípulo se cifra en las promesas que el Hijo había relacionado con su paso pascual, es decir, la salvación plena concedida por Dios: "Si me amaseis, os alegraríais de que me vaya al Padre..." (Jn 14,28b). Mediante una expresión causal (hóti), Jesús argumenta: "...porque el Padre es mayor que yo" (Jn 14,28c). Esta expresión no debe comprenderse en el sentido de la herejía arriana de una subordinación del Hijo al Padre sino en el horizonte de la misión que supone una "dependencia" o "correlación". Jesús lo decía de sí mismo y de sus discípulos: "El enviado no es mayor que el que lo envía" (cf. Jn 13,16).
De hecho, el evangelista san Juan sostiene una "prioridad" del Padre respecto al Hijo pues el ministerio de Jesús no pretende otra cosa sino dar a conocer al Padre. El Hijo es el "exégeta" de la intimidad de Dios (cf. Jn 1,18) y, por eso, tiene el ministerio y la iniciativa de comunicar a los hombres la vida eterna que viene, radicalmente, del amor del Padre (Jn 3,16). La mención del Padre "mayor" pone de manifiesto la perspectiva fundamental del discurso: El encuentro de los discípulos con Dios. No hay que olvidar que esta palabra tiene la función de dar fundamento a su alegría. El motivo de gozo para los discípulos es, en definitiva, que tienen el camino definitivamente abierto hacia Dios mismo, a través de Jesús.
Al concluir su discurso, en esta sección, Jesús dice: "Y esto os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis" (Jn 14,29). Son palabras proféticas que no tienen necesidad de justificarse por su cumplimiento. Pero era importante anunciar lo que iba a ocurrir de tal manera que los discípulos no interpreten la pasión como le ha parecido al mundo, es decir, como una ruptura trágica y la desautorización de Dios. Gracias a las palabras de Jesús (recordadas e interpretadas por el Paráclito), ellos sabrán comprender el acontecimiento. Así, creer consiste precisamente en reconocer en el Crucificado al Viviente, uno con el Padre y fuente de vida para los suyos (cf. Jn 19,35).
En síntesis: Jesús insiste en el amor que todo discípulo debe manifestar y concretar respecto al maestro que nos ha revelado el mensaje del Padre eterno. Ese amor se expresa y se concreta en el cumplimiento de los mandamientos y de toda la enseñanza comunicada durante su permanencia en el mundo. El círculo de los seguidores de Jesús tiene la misión de testimoniar y de irradiar al mundo el amor del Padre al Hijo y del Hijo a los suyos. En esta misión, les asistirá el Espíritu Paráclito que recordará e interpretará las enseñanzas de Jesús a los suyos.
Igualmente, una profunda paz deberá caracterizar el ministerio apostólico; no una paz según las categorías del mundo sino aquella donada por el Hijo, conseguida según el alto precio de su sangre derramada en la cruz, "una paz desarmada y desarmante, humilde y perseverante" (León XIV). Jesús pronuncia una profecía de cumplimiento de todo lo que había dicho con el fin de transmitir serenidad a los heraldos del Evangelio con el propósito de que no sean confundidos por la perspectiva mundana que pretende ver en la cruz de Jesús una señal de fracaso. Para el creyente, la cruz es señal de victoria, de triunfo sobre el mal, signo de vida y de resurrección gloriosa.