Domingo de Ramos de la pasión del Señor

Domingo de Ramos de la pasión del Señor

2266En cuanto se hizo de día, se reunió el Consejo de Ancianos del pueblo, sumos sacerdotes y escribas, le hicieron venir a (Jesús) ante su Sanedrín. 231 Se levantaron todos ellos y le llevaron ante Pilato. 2 Comenzaron a acusarle diciendo: "Hemos encontrado a éste alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar tributos al César y diciendo que él es Cristo rey." 3Pilato le preguntó: "¿Eres tú el rey de los judíos?" Él le respondió: "Sí, tú lo dices." 4Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la gente: "Ningún delito encuentro en este hombre." 5Pero ellos insistían diciendo: "Solivianta al pueblo con sus enseñanzas por toda Judea, desde Galilea, donde comenzó, hasta aquí." 6Al oír esto, Pilato preguntó si aquel hombre era galileo. 7Y, al saber que era de la jurisdicción de Herodes, le remitió a Herodes, que por aquellos días estaba también en Jerusalén. 8Cuando Herodes vio a Jesús se alegró mucho, pues hacía largo tiempo que deseaba verle, por las cosas que oía de él, y esperaba que hiciera algún signo en su presencia. 9Le hizo numerosas preguntas, pero él no respondió nada. 10Estaban allí los sumos sacerdotes y los escribas acusándole con insistencia. 11Pero Herodes, con su guardia, después de despreciarle y burlarse de él, le puso un espléndido vestido y le remitió a Pilato. 12Aquel día Herodes y Pilato se hicieron amigos, pues antes estaban enemistados. 13Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los magistrados y al pueblo 14y les dijo: "Me habéis traído a este hombre como alborotador del pueblo, pero yo le he interrogado delante de vosotros y no he hallado en él ninguno de los delitos de que le acusáis. 15Ni tampoco Herodes, porque nos lo ha remitido. Nada ha hecho, pues, que merezca la muerte. 16Así que le daré un escarmiento y le soltaré." 17[Pues debía soltarles uno cada Fiesta.] 18Toda la muchedumbre se puso a gritar a una: "¡Fuera ése, suéltanos a Barrabás!" 19Éste había sido encarcelado por un motín que hubo en la ciudad y por asesinato. 20Pilato les habló de nuevo, con la intención de librar a Jesús, 21pero ellos seguían gritando: "¡Crucifícale, crucifícale!" 22Por tercera vez les dijo: "Pero ¿qué mal ha hecho este? No encuentro en él ningún delito que merezca la muerte; así que le daré un escarmiento y le soltaré." 23Pero ellos insistían pidiendo a grandes voces que fuera crucificado y arreciaban en sus gritos. 24Pilato sentenció que se cumpliera su demanda. 25Soltó, pues, al que habían pedido, al que estaba en la cárcel por motín y asesinato, y a Jesús se lo entregó a su deseo.26Cuando le llevaban, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevara detrás de Jesús. 27Le seguía una gran multitud del pueblo y mujeres que se dolían y se lamentaban por él. 28Jesús se volvió a ellas y les dijo: "Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos. 29Porque llegarán días en que se dirá: Dichosas las estériles, las entrañas que no engendraron y los pechos que no criaron! 30Entonces se pondrán a decir a los montes: ¡Caed sobre nosotros! Y a las colinas: ¡Sepultadnos! 31Porque si en el leño verde hacen esto, en el seco ¿qué se hará?" 32Llevaban además a otros dos malhechores para ejecutarlos con él. 33Llegados al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. 34Jesús decía: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen." Se repartieron sus vestidos, echando suertes. 35Estaba el pueblo mirando; los magistrados hacían muecas diciendo: "Ha salvado a otros; que se salve a sí mismo si él es el Cristo de Dios, el Elegido." 36También los soldados se burlaban de él y, acercándose, le ofrecían vinagre 37y le decían: "Si tú eres el rey de los judíos, ¡sálvate!" 38Había encima de él una inscripción: "Este es el rey de los judíos." 39Uno de los malhechores colgados le insultaba: "¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!" 40Pero el otro le increpó: "¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? 41Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio éste nada malo ha hecho." 42Y decía: "Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino." 43Jesús le dijo: "Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso." 44Era ya cerca de la hora sexta cuando se oscureció el sol y toda la tierra quedó en tinieblas hasta la hora nona. 45El velo del Santuario se rasgó por medio 46y Jesús, dando un fuerte grito, dijo: "Padre, en tus manos pongo mi espíritu." Y, dicho esto, expiró. 47Al ver el centurión lo sucedido, glorificaba a Dios diciendo: "Ciertamente este hombre era justo." 48Y toda la muchedumbre que había acudido a aquel espectáculo, al ver lo que pasaba, se volvió dándose golpes de pecho. 49Todos sus conocidos y las mujeres que le habían seguido desde Galilea se mantenían a distancia, viendo estas cosas.

[Evangelio según san Lucas (Lc 22,66a; 23,1b-49); Domingo de Ramos de la pasión del Señor]

El Ordo de la Conferencia Episcopal Paraguaya nos propone, para este “Domingo de Ramos”, dos textos de San Lucas: Lc 22,7.14-23,56 y Lc 22,66a; 23,1b-49. He elegido la segunda opción en razón de su brevedad respecto a la primera. No obstante, aquí no se incluye el texto propio de la “entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén” (Lc 19,28-40) pues este episodio, por indicaciones litúrgicas, se proclama al inicio de la procesión con el “Señor de las palmas”.

Al inicio, san Lucas informa, mediante una indicación temporal (“en cuanto se hizo de día”, Lc 22,66ª) haciendo referencia al comienzo del día 15 de Nisán, la fiesta de Pascua, que empezaba al ponerse el sol en la tarde precedente. En la formulación del “tercer evangelista”, la mención de “los sumos sacerdotes y los doctores de la ley” parece estar en yuxtaposición al “Consejo de presbíteros del pueblo”. Este genitivo “del pueblo” no quiere decir que el pueblo estaba presente con las autoridades. De todos modos, se trata de la comparecencia jurídico-religiosa de Jesús (hoy, diríamos “canónica”) ante los referentes del Sanedrín o Consejo Supremo (hebreo: B?t dîn g?dol). La sesión plenaria de este “cuerpo colegiado” se compone de los “ancianos” (hebreo: zeqenîm o “ancianos”), los sacerdotes y los escribas. En total son setenta más uno. El miembro número setenta y uno es el Sumo sacerdote que preside el Consejo por el término de un año.

Según la indicación litúrgica, se obvian los versículos 67 al 71 y se pasa directamente al Capítulo 23,1b-49. En los 5 versículos, que quedan “entre paréntesis”, se desarrolla el primer juicio contra Jesús ante el tribunal religioso en el que le interrogaron sobre su identidad mesiánica. En su respuesta, tomada del profeta Daniel (Dn 7,13), se atribuye a sí mismo el título divino “hijo de hombre”, con más precisión “como hijo de hombre” (arameo: keb?r 'ana?) y confiesa su posición respecto a Dios (“estará sentado a la diestra del poder de Dios”: Sal 110,1). Ante semejante declaración, el Sanedrín ya no tiene dudas ni necesita “testigos” para probar que Jesús se proclama Mesías, autoconfesión que constituye la notitia criminis o “libelo acusatorio”. Lucas narra a continuación, al inicio del siguiente capítulo, que todo el Consejo levantó la sesión y llevaron al reo ante Pilato. ¿Por qué razón lo llevaron ante el representante romano?

El segundo juicio contra Jesús se plantea ante la máxima autoridad del Imperio romano en Israel, nación ocupada por extranjeros, en razón de la aplicación de la ius gladii o “derecho de la espada” por la cual los agentes imperiales se reservaban el derecho de la sentencia capital. Como se puede notar, las autoridades del Sanedrín modifican la acusación inicial ante Pilato. En el proceso judío el único motivo que movía al Consejo a indagar a Jesús se refería a su condición mesiánica, es decir, un tema exclusivamente religioso, vinculado con la expectativa del advenimiento de un líder que liberara a Israel del yugo imperial romano. Los jefes judíos plantean tres acusaciones: la provocación de un alboroto popular (una asonada o amotinamiento); la negativa a pagar tributo al César (política económica) y la razón religiosa o autoproclamación mesiánica, último argumento que refleja el verdadero interés de las autoridades del Sanedrín. Al título “Cristo” añaden el apelativo “rey” con el fin de darle un carácter político como si se presentase en oposición el emperador romano. El Consejo necesitaba presentar motivos que fuesen del interés de Roma (el político y económico) con el objeto de lograr lo que se proponían: la muerte de Jesús que ya resultaba molestoso para el régimen religioso. Por tanto, fraguaron y enmascararon la presentación de la notitia criminis.

El gobernador, al oír que Jesús procedía de Galilea, se desentiende del caso y lo remite a Herodes Antipas, responsable de esa tetrarquía, pero que “en aquellos días estaba también en Jerusalén” (Lc 23,7). El interrogatorio de Herodes -“que se alegró mucho en verle” por el prestigio que tenía Jesús- se centró en los prodigios y milagros atribuidos al Nazareno. Jesús permaneció en silencio sin responder ninguna pregunta formulada por Herodes. Los representantes del Sanedrín acusaban con insistencia a Jesús pero el tetrarca no tomó ninguna determinación penal limitándose a “despreciarle” y a “burlarse de él”. Y después de revestirle con ropajes propios de un rey con el fin de mofarse de él lo remitió de nuevo a Pilato. Mediante esta experiencia, Herodes y Pilato, que eran enemigos, se hicieron amigos.

Acto seguido, la escena se traslada de nuevo ante el tribunal del gobernador romano (Lc 23,13-25). Pilato, después de convocar a los acusadores (sacerdotes, magistrados y el pueblo) declara la inocencia de Jesús al no verificar ninguno de los delitos que le atribuyeron. También añade que el tetrarca lo remitió de nuevo porque no lo consideró un criminal que mereciera una sanción grave. La decisión del gobernador consistió en imponerle un castigo menor (un escarmiento) para liberarle después; pero la multitud reaccionó pidiendo la condena capital para Jesús y solicitando la liberación de un malhechor llamado Jesús Barrabás, que verdaderamente incurrió en el delito de amotinamiento y asesinato. Parece irónico que la multitud que lo había aclamado a su ingreso en Jerusalén, en pocos días, probablemente manipulada por las autoridades religiosas, ahora pedía a gritos su condena. La insistencia de Pilato en la inocencia de Jesús fue en vano. El gentío gritaba cada vez más fuerte solicitando la aplicación de la pena romana de la crucifixión, reservada a la gente marginal y subversiva. Como el vocerío iba in crescendo y Pilato ya no soportaba la presión popular, finalmente decidió sentenciar a Jesús a la pena capital, indultando al criminal Barrabás.

A continuación, Lucas narra el proceso de ejecución de la sentencia, comenzando por el “camino al Calvario” (Lc 23,26-32). En este itinerario doloroso aparecen tres tipos de personajes o “participantes” de la escena: Simón de Cirene, la multitud y un grupo de mujeres a las que Jesús denominará “hijas de Jerusalén”. A Simón de Cirene, proveniente del campo, le dieron el encargo de llevar la cruz yendo detrás de Jesús. La multitud acompañaba también, como en una procesión, la vía dolorosa del “justo perseguido”; y las “mujeres” se dolían y se lamentaban por él. Dirigiéndose a ellas, Jesús les dedica unas palabras sobre el enfoque del sufrimiento que experimentaban, pues no debían llorar por el Mesías crucificado sino por ellas mismas y les aplica un “oráculo” que alude al profeta Oseas (Os 10,8) que describe el grito de Israel que pide la mitigación del castigo por haber confiado en Yahwéh. Ese grito vuelve a resonar en el lamento de las “hijas de Jerusalén” y en el comentario de Jesús que de ese modo relaciona la reacción de la ciudad a su mensaje con la apostasía del antiguo Israel (cf. Ap 6,16).

Respecto a las figuras simbólicas de los “dos leños” (el “verde” y el “seco”) se trata de un sistema argumentativo “de menor a mayor” (a minore ad maius) (cf. Ez 17,24, pero en otro sentido) por el cual Jesús se compara a sí mismo con el “leño verde” (griego: xylon chl?ron) que conserva su humedad y hace difícil su combustión, y en cierto sentido compara a las “hijas de Jerusalén” con el “leño seco” (griego: xylon x?ron), fácil presa de las llamas. ¿Qué significa esta comparación? ¿Cuál es el mensaje? Hay varias interpretaciones, pero la más atinada parece ser la siguiente: Si Dios permite que Jesús, el inocente (“leño verde”), sufre un destino como el que le prepara la ciudad de Jerusalén, ¿cuál será el destino de la propia Jerusalén (“leño seco”)? Además, parece que hay un contraste entre el “leño” en el que Jesús va a ser crucificado (no consumido por las llamas) y el “leño” de la Jerusalén destruida (consumido por el fuego). Al final de este episodio, Lucas informa que acompañaban a Jesús “otros dos malhechores para ejecutarlos con él” (Lc 23,32).

Al concluir la “vía dolorosa”, Lucas relata que Jesús fue crucificado con los malhechores que le acompañaron (Lc 23,33-34). La posición de Jesús es central: en el medio; y los otros dos fueron puestos “uno a la derecha” y “otro a la izquierda”. Clavado en el madero de la cruz, Jesús imploraba el perdón para sus verdugos. La súplica al Padre eterno suena, incluso, a “justificación”, como si Jesús explicase la razón que movía a los agentes de su muerte física: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Este mismo ejemplo de perdón se replicará, más adelante, en los Hechos de los Apóstoles, con el martirio de san Esteban que pronunció palabras similares cuando era ejecutado mediante la pena judía de la lapidación o apedreamiento: “Señor Jesús, no les tengas en cuenta este pecado” (Hch 7,60). Finalmente, Lucas describe el acto de despojo de los vestidos de Jesús entre los ejecutores de la sentencia capital los cuales se repartieron sus pertenencias “a suerte”.

En el episodio siguiente se describen las notas del “ultraje” padecido por Jesús en la cruz (Lc 23,35-38): Las autoridades manifestaban muecas de desprecio hacia el crucificado insinuando dudas sobre su mesianismo. Según la hermenéutica de los doctores de la ley, la prueba de la autenticidad de la identidad mesiánica radicaba en una manifestación de poder. Parten de la premisa y del reconocimiento de que ha podido salvar a otros y, en consecuencia, debía también salvarse a sí mismo saliendo de esa situación dolorosa. Evidentemente, no podían comprender que el mecanismo del poder de Dios era diametralmente opuesto a la concepción que ellos tenían. Les resultaba difícil entender que el poder de Dios se manifestaba en el crucificado. En realidad, el concepto de “poder” de la autoridad religiosa judía estaba basado en una teología de anti-poder, un poder negativo similar al esquema político mundano. Los soldados que estaban en el mismo escenario también se burlaban, como secundando y reproduciendo el sarcasmo de sus jefes. Replicaban que si era rey debía salvarse a sí mismo y le colocaron, en la cruz, una tablilla con la inscripción irónica: “Este es el rey de los judíos”, título que si bien ellos no pretendían que se perpetuase permanece hasta hoy.

La atención del evangelista se traslada ahora a los dos malhechores crucificados también junto al Nazareno (Lc 23,39-43). Uno de ellos insultaba a Jesús en la misma línea de las autoridades religiosas y la soldadesca poniendo en cuestión su identidad mesiánica; el otro, sin embargo, le increpaba al malhechor incrédulo por no manifestar “temor de Dios” y admitiendo que Jesús era justo y ellos injustos, merecedores de aquella condena capital. Este segundo malhechor, no pocas veces conocido como “buen ladrón” pidió a Jesús que se acuerde de él cuando regrese con su Reino. Con resolución Jesús le contestó: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23,43).

Finalmente se narran la “muerte de Jesús” (Lc 23,44-46) y los acontecimientos posteriores (Lc 23,47-49). Respecto a la muerte se menciona la “hora sexta”, una coordenada temporal que se extiende hasta la “hora nona”, tiempo en el que, mediante el empleo de simbolismos cósmicos propios de la apocalíptica, se presenta el “día de Yahwéh” (cf. Mt 27,51): “el sol se oscureció”; “toda la tierra quedó en tinieblas”. Después de la muerte de Jesús, un pagano, de oficio militar (centurión o jefe de una centuria o “compañía”) reconoce que Jesús era “ciertamente un hombre justo” y toda la multitud, presente en aquel lugar, manifestaba signos de arrepentimiento. Sus seguidores (conocidos y mujeres provenientes de Galilea) se mantenían a distancia con una actitud de contemplación de aquel acontecimiento.

En resumen: El Domingo de Ramos recuerda la entrada de Jesús en Jerusalén. No se trata de una “entrada triunfal” sino del ingreso a la ciudad de David de aquel que se declaró Mesías, Hijo de Dios, enviado del Padre para redimir a la humanidad. El recibimiento del Nazareno, de parte de la multitud, con los honores de un rey, muy pronto se convertirá en un doble proceso judicial: religioso y político, ante el Supremo Consejo del Sanedrín y ante Pilato y Herodes. La sentencia de muerte de Jesús, fruto de la manipulación de la autoridad religiosa y política, para dar fin a la existencia terrenal del “justo perseguido” (al decir del salmista) se ha convertido en paradigma de tantas injusticias, agresiones, persecuciones y asesinatos a lo largo de la historia. No obstante, el Padre-Dios ha escogido este camino -de la “impotencia que salva”- para rescatar de la perdición a todos los que se adhieren a su proyecto. Nos toca a los cristianos de hoy y del futuro preguntarnos si de un modo o de otro no seguimos crucificando a Jesús en nuestros hermanos en los que Cristo está presente; sobre todo en los rostros sufrientes y marginales de la sociedad porque el Rabino de Nazaret sigue siendo crucificado por los siglos de los siglos hasta el final de la historia.