¡Destruid este santuario!
Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Entonces hizo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes, desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los vendedores de palomas: “Quitad esto de aquí. No convirtáis la casa de mi Padre en un mercado”. Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: El celo por tu casa me devorará. Los judíos entonces le dijeron: “¿Qué signo puedes darnos que justifique que puedes obrar así?” Jesús les respondió: “Destruid este santuario y en tres días lo levantaré”. Los judíos le contestaron: “Cuarenta y seis años se ha tardado en construir este santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?” Pero él hablaba del santuario de su cuerpo. Cuando fue levantado de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de esto que había dicho, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había pronunciado Jesús. Mientras estuvo en Jerusalén, por la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en su nombre al ver los signos que realizaba. Pero Jesús no se confiaba a ellos, porque lo conocía a todos; y no necesitaba que alguien le dijera cómo son las personas, pues él conocía lo que hay en el ser humano.
[Evangelio según san Juan (Jn 2,13-25) - 3er domingo de Cuaresma]
El texto del Evangelio que nos propone la liturgia de la palabra, para este tercer domingo de Cuaresma, se centra en la culminación del antiguo régimen, representado por el Templo de Jerusalén, y en el anuncio de la “edificación” de un nuevo Santuario, cualitativamente distinto y superior del anterior (Jn 2,19).
El contexto del anuncio de Jesús se encuadra en el tiempo de la festividad de la “pascua hebrea” (Jn 2,13a). Esta fiesta (en hebreo: Pésa?) celebra la liberación del pueblo elegido de la esclavitud en Egipto, relatada en el libro del Éxodo, y en todo el Pentateuco. Su duración se extiende a siete días; comienza el 15 del mes de Nisán -según el calendario judeo-babilónico- que coincide, aproximadamente, con el 22 de abril -de nuestro calendario gregoriano-. En la diáspora duraba ocho días con el fin de asegurar su estricto cumplimiento. Los hebreos acostumbraban peregrinar hasta el Templo con el fin de presentar ofrendas. La alimentación estaba restringida al “pan ácimo, o sin levadura” (hebreo: matzá), según la legislación del libro del Éxodo (cf. Ex 15-20). Los hebreos, según parece, esperaban que la redención del mundo ocurriría en el mes de nizán -que coincide con la primavera-.
Como judío piadoso, Jesús sube a Jerusalén para celebrar esta festividad (Jn 2,13b), tan importante para la conciencia religiosa y nacional de los hebreos. El evangelista nos informa que Jesús se encontró, evidentemente en la explanada del Templo, con comerciantes de dos tipos: Por un lado, estaban los vendedores de animales de distintas especies (“bueyes, ovejas y palomas”) que servían para el sacrificio que el oferente debía presentar como ofrenda votiva a Dios. Por el otro, estaban los cambistas que se encargaban de las transacciones y cambios monetarios necesarios para la compra de los animales. El precio variaba según el tipo de víctima comprada y, con ese fin, estaban ahí los “banqueros” para facilitar la compraventa.
Ese negocio, en torno al Templo, según parece pertenecía a los sumos sacerdotes, la más alta clase aristocrática religiosa, pero gestionada por terceros. Hay que admitir que esta actividad económica permitía la circulación de divisas porque todos los israelitas debían celebrar la pascua y venir hasta Jerusalén. Por eso, esta aglomeración de peregrinos permitía que, en una región árida y desértica como la provincia de Judea -no apta para el cultivo y la crianza de animales menores- tuviera un respiro financiero. Pero los más beneficiados eran los saduceos de clase alta que dominaban el Templo.
Ante la observación del panorama comercial en el recinto del Templo, el evangelista da cuenta de que Jesús reacciona de dos maneras: Con un gesto violento y con palabras (Jn 2,15-16). Resulta difícil encontrar, en las páginas del Evangelio, otra reacción impulsiva de Jesús como esta. Según parece es la única, inspirada probablemente en Jeremías, aunque el profeta, si bien lanza una invectiva contra el Templo, no actúa con violencia física (cf. Jer 7,1-34). En realidad, la “violenta” acción -mediante un “látigo con cuerdas”, preparado por él- se da contra los objetos (ovejas, bueyes, mesas de cambio, etc.), no contra las personas. A estas -el texto dice: “a los vendedores de palomas” (Jn 2,16)- les dirige palabras en tono imperativo (griego:): “Quitad esto de aquí” (Jn 2,16a). Es decir, él no solo se empeña en desmantelar el negocio en la explanada del Templo, sino que solicita a los mismos comerciantes que ayuden a despejar el lugar. Y seguidamente, esgrime el motivo de su acción: “No convirtáis la casa de mi Padre en un mercado” (Jn 2,16b). En su petición resuenan las palabras de Jeremías que decía, en el mismo sentido: “¿Una cueva de bandidos se os antoja que lleva mi nombre?” (Jer 7,11).
Jesús habla de la “casa de mi Padre”. No dice de “nuestro Padre” ni de “nuestro Dios” sino emplea el adjetivo posesivo “mi” (de “mío”), indicando -gramaticalmente- “exclusividad” y “pertenencia”. Queda evidenciado, en su declaración, que él es el Hijo del Padre, el Hijo de Dios, lo cual implica “filiación”, “cercanía” y “afecto”. En este punto, el evangelista observa -conectando con el Sal 69- que los “discípulos se acordaron de que estaba escrito: El celo por tu casa me devorará” (v. 10a). El “celo” por el Templo se debe al “insulto” de los fieles hacia la casa de Dios porque el profeta dice: “...y si te insultan sufro el insulto” (Sal 69,10b). El orante sufre la burla y el escarnio en razón de sus prácticas religiosas (ayunos, penitencias de su parte; murmuraciones y sarcasmos de parte de los ofensores). Por eso, ruega al Señor que le responda (cf. Sal 69,11-13). En el caso de Jesús, el “celo” tiene fundamento en el hecho de que los responsables de la experiencia religiosa, con mentalidad mercantilista, han convertido el Templo en un supermercado.
La conducta profética de Jesús provoca la intervención de los judíos que estaban observando la escena. Ellos le interrogan sobre el “signo” (griego: s?meíon) o la “credencial” que le habilita para obrar de esa manera (Jn 2,18). En respuesta, Jesús les plantea la destrucción de “este santuario” y su reedificación “en tres días” (Jn 2,19). La réplica de los judíos toma como punto de partida el proceso de construcción del santuario que, según ellos, tuvo una duración de “cuarenta y seis años”. Desde esta lógica “cuantitativa”, según razonaban, era imposible que se reconstruyera el Santuario “en tres días” (Jn 2,20). San Juan, en un “paréntesis” aclaratorio, afirma que Jesús se refería a su cuerpo y no al edificio material del Templo (Jn 2,21).
El evangelista, proclive a la simbolización, presenta a las autoridades del Templo oponiendo “cuarenta y seis” a “tres”, es decir, formula un artificio numérico característico de la “simbología aritmética”. Según la técnica de la gematría, reemplazando cuarenta y seis por sus equivalentes consonánticos en la lengua hebrea se obtiene la palabra “Adán”, es decir, humanidad que se contrapone a “tres”, número que alude, de ordinario, a la esfera “divina”. Jesús, en realidad se refería a su resurrección “al tercer día”. Entonces, si el antiguo Templo material llevó cuarenta y seis años (tiempo humano), el nuevo “santuario” -que es el cuerpo glorioso de Jesús- se restablecerá en “tiempo divino” (“tres días”) o escatológico. En consecuencia, “tres días” no tiene un valor cuantitativo, equivalente a setenta y dos horas, sino cualitativo que, incluso puede tener el valor significativo de “inmediato” porque entramos en un terreno en el que se entrecruzan la historia y la metahistoria: El tiempo propio de Dios o desde la perspectiva de Dios.
Lo que sigue es una consecuencia lógica en la memoria de los discípulos, pues ellos, una vez que Jesús resucitara, se percataron de este anuncio, lo cual ha sido para ellos una moción para creer en las Escrituras y en las palabras del maestro (Jn 2,22). Con todo, no solo los discípulos sino “muchos” creyeron en él en razón de los signos realizados (Jn 2,23). Sin embargo, según la observación del evangelista, Jesús “no se confiaba a ellos” porque podía conocer la intimidad o interioridad de las personas. De esta manera, san Juan distinguía entre los discípulos y los demás que se adherían a él de un modo superfluo (Jn 2,24-25).
En el trasfondo del texto, Cristo anuncia el fin de los sacrificios prescritos por la Ley porque el verdadero y único sacrifico consistirá en la “donación”, en el “don total de Jesús”. Según se puede deducir, el santuario se identifica con el cuerpo de Jesús porque él cumplirá ese rol. De hecho, según el Apocalipsis, en la consumación escatológica, ya no habrá Templo, pues se dice explícitamente que “el Cordero será el Templo” (Ap 21,22-27). Jesús muestra celo por la casa de su Padre, lo cual implica que le da valor al Templo comprendido como un lugar consagrado a Dios; pues nada debe alterar su santidad. Pero hace un “salto” sin precedentes al revelar que el nuevo templo es su cuerpo. Hábilmente, traslada el asunto de la disputa con los judíos al campo simbólico y cambia el concepto de Santuario.
Hay que tener presente que el Templo nunca fue erigido como residencia permanente de Dios. Al principio el Señor no lo quería (2Sam 7,5-6). Ezequiel afirma que la gloria de Yahwéh abandona Jerusalén (Ez 11,22-23). En su discurso, Esteban recuerda a los hebreos que “Dios no habita en casas fabricadas por manos humanas” (Hch 7,48). En realidad, la función del Santuario era facilitar un lugar de encuentro del hombre con Dios, el espacio donde se dan cita.
La expresión imperativa “¡destruid!” (griego: lýsate) no es una orden; es decir, no implica un mandato a ser ejecutado sino un modo de expresión al estilo de los profetas; una manera conminatoria como, por ejemplo, la expresión del profeta Amós: ¡Acudid a Betel y pecad! (Am 4,4). Jesús no incita a una “demolición” del edificio del Santuario sino se refiere a su muerte que será obra de las maquinaciones de la autoridad religiosa. En cambio, su resurrección (o “reconstrucción del Santuario”) será obra de su Padre.
Lo que Jesús estigmatiza, y rechaza con fuerza y vehemencia, es la mezcla entre “devoción” y “pecado”; entre “liturgia” e “hipocresía” (convertir el Templo en cueva de bandidos). La destrucción del Templo acontecerá en el año 70 de la era cristiana, a manos de los romanos, como consecuencia de la conducta pecadora de las autoridades y del pueblo; y esa destrucción es el signo de la muerte de Jesús. Sin embargo, se edificará un nuevo Santuario que ya no será de piedras y maderas sino un Templo glorioso: El cuerpo resucitado de Jesús.
No pocas veces, en nuestras celebraciones, podemos caer -una y otra vez- en un infantilismo cultico o ritual, al modo de los paganos y fariseos (cf. Mt 6,1-18), que raya con la idolatría. No agradamos a Dios porque exhibimos coros espectaculares donde la grey no participa y cuando dominan la fastuosidad, las rúbricas puntillosas y un exagerado vestuario. El profeta Isaías denuncia la combinación entre solemnidad e hipocresía (Is 1,13) y anuncia que el verdadero culto consiste en la reivindicación de la justicia a quien le fuera conculcado. La auténtica “purificación” se identifica con desistir del mal y aprender a obrar el bien (Is 1,16-17).
En el fondo, el problema no es el Templo (el “edificio físico”) sino el ser humano que convierte los lugares sagrados en un escenario donde los protagonistas “no celebran” sino “actúan”. En este sentido, nuestras celebraciones litúrgicas deberían ser menos ampulosas, deben expresar autenticidad, mayor humildad, pues la solemnidad no riñe con la sencillez. Además, debemos tomar conciencia que Cristo dio por finalizado el antiguo régimen templario hebreo, caracterizado por la exuberancia de ofrendas votivas y los acordes musicales porque, siendo su cuerpo el nuevo Templo (Jn 2,21) ya no se debe adorar a Dios en Betel, en Guilgal, en Siquén o en Jerusalén sino “en espíritu y en verdad” (Jn 4,23).