Cuando el dolor se convierte en silencio: la tragedia de Itauguá y lo que no vimos venir

Telma Noelia Sanabria
por Telma Noelia Sanabria 10 Agosto de 2025
10 Agosto de 2025
Filicidio.
Filicidio. Foto referencial.

El filicidio seguido de suicidio que conmocionó a Paraguay no es solo un hecho policial. Es el reflejo de fallas acumuladas: en la detección temprana, en el acceso a salud mental y en la capacidad de escuchar un grito que no siempre llega con palabras.

El 4 de agosto, Paraguay despertó con una noticia tan desgarradora como inquietante: una madre, Claudia Agustina Sosa, fue hallada sin vida junto a sus dos hijos pequeños en su vivienda en Itauguá. Había dejado una carta y mensajes dirigidos a sus familiares, en un último intento de explicar un acto que, desde afuera, parece incomprensible: el filicidio seguido de suicidio.

Este tipo de crímenes, aunque poco frecuentes, exponen de forma brutal un colapso emocional en el que la persona deja de distinguir su propio dolor del daño a los demás. El vínculo parental, que normalmente protege y cuida, se distorsiona hasta convertir a los hijos en prolongaciones del sufrimiento. No hay odio, sino una desesperación que, alimentada por trastornos mentales graves, aislamiento emocional y sensación de abandono, se vuelve letal.

La carta que Claudia dejó no puede leerse como una excusa. Es un documento emocional que intenta poner en palabras lo que no se dijo en vida. Y allí está el núcleo incómodo de esta tragedia: ¿cuántas cartas como esta se están escribiendo en silencio sin que nadie las lea a tiempo?

En el relato de su entorno se mencionaba que Claudia bebía en exceso y que sus hijos quedaban desatendidos. Esto no es simplemente "un mal hábito": puede ser una señal de depresión profunda, donde el consumo de alcohol funciona como un intento fallido de anestesiar el dolor emocional. Muchas veces, estos signos se normalizan o se juzgan, en lugar de verse como lo que son: pedidos de ayuda disfrazados.

La salud mental no es un lujo ni un capricho; es una parte fundamental de la vida. Reconocer las señales, hablar del dolor y buscar ayuda a tiempo puede ser la diferencia entre seguir adelante o quedar atrapados en un punto sin retorno. Aquí es donde la terapia se convierte en un espacio vital: un lugar seguro para poner en palabras lo que duele, ordenar los pensamientos y encontrar nuevas maneras de enfrentar la vida.

Desde la terapia cognitivo-conductual (TCC) se sabe que actos como este suelen estar precedidos por distorsiones cognitivas: formas rígidas y erróneas de interpretar la realidad que moldean emociones y decisiones.

Entre las más comunes:

Visión de túnel: solo se percibe una salida posible (en este caso, la muerte).

Catastrofismo: anticipar que el futuro será insoportablemente peor.

Fusión afectiva: sentir que, si uno muere, debe llevarse consigo lo que más ama.

Pensamiento dicotómico: "todo o nada", "sin nosotros juntos, nada tiene sentido".

Lo que pudo haberse hecho: intervención temprana

La TCC propone trabajar en tres frentes:

Detectar el pensamiento automático

Registrar frases como "no puedo más", "soy un estorbo", "ellos no podrán sin mí".

Reestructurar la idea.

Cambiar "ellos no podrán sin mí" por "mis hijos tienen su propio valor y pueden ser cuidados por otros".

Entrenar habilidades de afrontamiento

Técnicas de respiración, resolución de problemas en pasos y reconexión con actividades y personas que den sentido.

Pero nada de esto funciona en el vacío. Cuando la red de apoyo —familia, amigos, instituciones— falla, la terapia es un recurso que nunca llega. Las señales de alarma estaban ahí: mensajes de despedida, cambios bruscos de conducta, un aislamiento cada vez más marcado. El problema es que en nuestra cultura aún falta aprender a leer esas señales como lo que son: urgencias, no exageraciones.

La prevención no empieza en el consultorio, empieza en casa, en la escuela, en la comunidad. Y empieza por hacer la pregunta "¿Cómo estás?" con la disposición real de escuchar la respuesta, aunque sea incómoda.

Las cartas de despedida no deberían ser la forma en que una sociedad se entera de que falló en cuidar a alguien. El caso de Itauguá no es solo la historia de una madre y sus hijos, es el retrato de un país que aún no ha hecho de la salud mental una prioridad real. Mientras no lo hagamos, habrá más cartas que nadie leerá a tiempo.

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