Amarás a Dios y a tu prójimo

Amarás a Dios y a tu prójimo

Más los fariseos, al enterarse de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo. Entonces uno de ellos le preguntó, con ánimo de ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?” Él le dijo: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas”.

[Evangelio según san Mateo (Mt 22,34-40) - 30º domingo del tiempo ordinario]

El texto del Evangelio de Mateo, propuesto para este domingo, tiene como protagonistas a dos facciones religiosas opuestas a Jesús: Los fariseos y los saduceos. Estos últimos son nombrados por el evangelista como “actores” del episodio inmediatamente anterior (Mt 22,23-33) que fueron rebatidos por Jesús en su “errónea” concepción sobre Dios (Mt 22,34a).

En general, a los saduceos se les conoce como “negadores de la resurrección” (Mt 22,23.34). Era la clase sacerdotal alta y dominante (cf. Hch 5,17), una especie de “nobleza” sacerdotal. Se consideraban a sí mismos como “sucesores del legítimo sacerdocio alto de los sadoquitas” (cf. 1Cro 5,27ss; 24,2ss). Probablemente, en el siglo II a.C., se constituyeron como “partido de la clase sacerdotal alta de Jerusalén”. Asumieron la ideología religioso-nacional de los asmoneos. De actitud conservadora, rechazaban como innovadoras las doctrinas fariseas como el “juicio después de esta vida” y la “Toráh oral”. Los rabinos y el famoso autor judío Flavio Josefo los equipara con los “epicúreos”, doctrina que proponía un estilo de vida mundano y relajado. Por su exclusiva vinculación con la “Toráh escrita” eran, más que cualquier judío, rigurosos y crueles en el juicio. Sin embargo, por otra parte, eran condescendientes y liberales con la helenización de las costumbres y las innovaciones provenientes de la cultura griega. Este grupo fue de importancia decisiva para la condena a muerte de Jesús porque, junto con los romanos, poseían facultades jurisdiccionales para gestionar la pena máxima (cf. G. Baumbach).

En el presente texto, la observación del evangelista señala que Jesús les “silenció” (verbo griego: phimó?) sobre el tema del “levirato” con el que pretendían probar, mediante este recurso, la inconsistencia de la “resurrección de los muertos”. Según parece, ante el fracaso de los saduceos, los fariseos se “reunieron” (verbo: synág?) al “enterarse” (verbo: akou?) de la derrota y se acercaron a Jesús a ver si ellos le sorprendían en algún error.

El grupo de los fariseos, al igual que los saduceos, tiene un perfil negativo en san Mateo. La calificación de “hipócritas” recurre con frecuencia en el primer Evangelio con el fin de indicar la incoherencia entre sus enseñanzas y su vida real. Jesús les acusa de un estilo de vida caracterizado por el despliegue de una conducta meramente externa con el fin de conseguir el aplauso de la gente. Su formalismo legalista y su actuación engañosa los sitúan en el lado opuesto al discipulado (Mt 23,1-32). No tienen otro cometido que “probarle” (verbo: peiráz?) a Jesús, plantearle una “trampa”, un “test”, con la finalidad de sorprenderle en algún error mediante el ardid montado, una conducta similar con la que, junto con los herodianos, pretendieron embaucarle con el tema sobre el “pago -o no-” del impuesto al César (cf. Mt 22,15-22). El trato de “maestro”, con el que se dirigen a él, vaticina una relación conflictiva.

La pregunta que le plantean, esta vez sin captatio benevolentiae (cf. Mt 22,16), se refiere al “mandamiento mayor” de la Ley (Mt 22,36). La “norma más grande” (griego: entol? megál?) se refiere a una “normativa” contenida en “la Ley” (griego: en t? nóm?). A primera vista, según parece, esta “Ley” puede referirse a la Toráh, oral o escrita, o a alguna legislación dada a Israel, comprendida en el marco el “pacto” o “alianza” de Dios en favor de su pueblo. El adjetivo griego megál? indica un destaque, una primacía respecto a las demás normativas que forman parte del compendio legislativo.

Es relevante observar que “uno” de los fariseos (probablemente un jurista: nomikós) pregunta no por el “primer mandamiento” sino por el “precepto grande”. Es un planteamiento razonable teniendo presente que los rabinos distinguían “mandamientos pequeños” y “mandamientos grandes”. El código legislativo o Toráh contenía “preceptos” y “prohibiciones” que, según la tradición, llegaba a 248 mandatos y 365 interdicciones. No obstante, los “pequeños” preceptos eran también de “máximo peso”. Los hebreos, por otra parte, estudiaban los “principios fundamentales” de la Toráh o dónde radicaba lo decisivo de la Ley y de qué manera una ley emanaba de la otra. En este sentido, distinguían el “principio fundamental” (hebreo: kel?l) y el “cuerpo” o “tema principal” (hebreo: gûf). Del mismo modo, por ejemplo, formulaban principios “sobre los que se sostiene el mundo”. Así también, en los “diez mandamientos”, distinguen los preceptos en relación con Dios (que son tres) y aquellos que se refieren a las relaciones entre los hombres (que son siete). Según parece, el “decálogo” era considerado la kephálaia (“cabeza”) de los demás preceptos particulares (cf. U. Luz).

Jesús, en su respuesta, sostiene que el precepto “más grande”, al mismo tiempo, es el “primero” (griego: pr?tos) de los mandamientos (Mt 22,38). Cita, a este propósito, Dt 6,5 que establece el precepto del amor a Dios. Este “amor” (hebreo: '?hab) -con el que se expresan las relaciones familiares, interpersonales (entre amigos), las relaciones de lealtad política, hasta la relación con Dios- requiere todo el “ser” de la persona: “Corazón”, “alma” y “mente” (afecto, voluntad, vitalidad, intelecto). No se trata tanto del empeño del “sentimiento” o de un “conocimiento intelectivo” de Dios; tampoco alude a “oraciones” o a una perspectiva “mística” que huye del mundo, sino de la experiencia de Dios y de la obediencia a él en el mundo. Por eso es el precepto fundamental y el primer mandamiento (cf. U. Luz).

Sin que haya sido objeto de pregunta, Jesús añade al “más grande y primer mandamiento” (el “amor a Dios”) un segundo precepto (griego: deutéra), calificado en el mismo nivel que el primero porque es “similar” (griego: homoía): “amar al prójimo como a sí mismo” (Mt 22,39b), según se formula en Lv 19,18: “... Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. De este precepto se afirma que tiene el mismo rango que el primero. Es relevante considerar el contexto del tercer libro del Pentateuco, de carácter eminentemente ético, del que se desprende el segundo precepto: “No robaréis; no mentiréis; no os engañaréis unos a otros por mi nombre... No oprimirás a tu prójimo, ni lo explotarás. El salario del jornalero no pasará contigo hasta la mañana siguiente. No maldecirás a un mudo ni pondrás tropiezo a un ciego, sino que serás respetuoso con tu Dios. Yo Yahwéh. Siendo Juez, no hagas injusticia, ni por favorecer al pobre, ni por miramientos hacia el grande; juzgarás con justicia a tu prójimo. No andes difamando entre los tuyos; no demandes contra la vida de tu prójimo... No odies en tu corazón a tu hermano, pero corrige a tu prójimo, para que no cargues con un pecado por su causa. No te vengarás ni guardarás rencor a tus paisanos. Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19,11-18). En pocas palabras: El amor significa una conducta práctica y solidaria en relación con el hermano. En tiempos bíblicos, el concepto de “prójimo” se limitaba, únicamente, al compatriota israelita (cf. S. Grasso).

En la tradición rabínica, contemporánea a Jesús, era corriente este tipo de planteamiento. Así, por ejemplo, a rabí Hillel, en el 20 d.C. (c.a.) se atribuye la siguiente sentencia: “No hagas a tu prójimo aquello que es odioso para ti, esto es toda la ley, el resto es solo explicación”. Un siglo después, el rabí Akiba declaraba, comentando Lv 19,18: “Tú debes amar a tu prójimo como a ti mismo. Este es un grande y general principio en la Ley”. Así también se atribuye a Simón el justo la siguiente sentencia: “De tres cosas se sostiene el mundo: de la Ley, del (Templo)-servicio y de los actos de amor-bondad” (Abot I,2).

La novedad de la enseñanza de Jesús no radica en haber puesto juntos estos dos mandamientos fundamentales, sino en haberlos asimilado, haciendo del primero el criterio de verificación del segundo y viceversa. Uniendo el primer mandamiento al segundo, Jesús propone una experiencia religiosa que no se reduce a un “misticismo” o “espiritualismo” intimista, ni mucho menos a una forma de “pragmatismo”. De estos dos mandamientos, íntimamente ligados, “penden” o “dependen” toda la revelación bíblica, es decir, representan la síntesis de la “Ley y los Profetas”. En consecuencia, con el doble mandamiento del amor, Jesús enseña el pleno cumplimiento de la voluntad de Dios (cf. Mt 5,17).

En fin: Contra una observancia escrupulosa de las prescripciones legales practicada por los fariseos, los cuales pasan por alto los preceptos fundamentales como la justicia, la misericordia y la fidelidad (Mt 23,23), Jesús propone un criterio hermenéutico fundamental, el amor, con el objeto de comprender y vivir según la lógica de Dios. Contra una “espiritualidad” orientada, exclusivamente, hacia la dimensión “vertical” (hombre ?Dios), Jesús plantea la necesidad de una dimensión “horizontal” (hombre ? hombre), de una ética de la fraternidad, que ponga en el centro de las relaciones al “hermano” sobre todo el más desvalido y necesitado. De hecho, como dirá san Juan en su primera carta: “Si alguno dice: “Yo amo a Dios”, y a la vez odia a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y nosotros hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano” (1Jn 4,20-21).