Hace unos días, el amigo Carlos Ortega me proponía hablar de los cardenales ya que se está hablando mucho de los cardenales y el rol que tienen para la Iglesia Católica en estos días. Así que luego de asegurar buenas fotos de las dos especies de cardenales, el común y el de cabeza roja o cardenilla gracias al aporte del mismo Carlos Ortega, y también de Tatiana Galluppi, Edgar Romero y José Maria Paredes. En los ambientes naturales de Paraguay, hay dos especies de aves que se destacan por su elegante plumaje y vibrante coloración: el cardenal común (Paroaria coronata) y el cardenal de cabeza roja o cardenilla (Paroaria capitata). Mientras que sus homónimos eclesiásticos ocupan titulares por su papel en la elección del nuevo Papa, estos cardenales emplumados libran una silenciosa batalla por su supervivencia en los ecosistemas sudamericanos, aunque parece que el cardenal común es más plástico que la cardenilla.
El cardenal común se distingue inmediatamente por su impresionante cresta roja escarlata que corona su cabeza como un llamativo penacho. Este distintivo contrasta magníficamente con el plumaje gris plateado que cubre la mayor parte de su cuerpo, creando una combinación que captura la mirada de cualquier observador. Con unos 18 centímetros de longitud, esta ave exhibe un porte elegante mientras recorre los parques, jardines y bosques abiertos y sabanas paraguayas, y de la región. Estos cardenales son aves sociales que fuera de la temporada reproductiva forman pequeñas bandadas, comunicándose entre sí mediante un variado repertorio de cantos y llamados. Al alimentarse, picotean hábilmente semillas del suelo, complementando su dieta con frutos silvestres e insectos que encuentran entre la vegetación.

Durante la época de reproducción, las parejas construyen meticulosamente nidos en forma de copa en las ramas de árboles o arbustos. Allí, la hembra deposita entre tres y cuatro huevos que ambos padres cuidarán con dedicación hasta que las crías abandonen el nido, aproximadamente dos semanas después de la eclosión.
Por otro lado, ligeramente más pequeño que su pariente, el cardenal de cabeza roja o cardenilla (Paroaria capitata) alcanza los 16-17 centímetros de longitud. Como sugiere su nombre, ostenta una llamativa capucha roja que, a diferencia del Cardenal común, no forma una cresta elevada, sino que se distribuye uniformemente sobre la parte superior de la cabeza. El resto de su plumaje mantiene la elegante coloración gris plateada característica del género.

Esta especie muestra una marcada preferencia por hábitats acuáticos, frecuentando márgenes de ríos, arroyos y humedales principalmente en la cuenca del río Paraguay. Su adaptación a estos entornos se refleja en sus hábitos alimenticios, donde además de semillas y frutos, suele incluir más insectos acuáticos en su dieta. Creo que en mis cuatro décadas de trabajo de campo, nunca vi tantas cardenillas como las que habitan en Tres Gigantes en la Reserva Natural Pantanal Paraguayo, en Bahía Negra, Alto Paraguay, y además de la cantidad de ejemplares, lo mansos que son.

La cardenilla es territorial durante la época de reproducción, cuando las parejas defienden fervientemente su espacio mientras construyen nidos generalmente ubicados en la vegetación que bordea los cursos de agua. Esta especialización en hábitats ribereños los hace particularmente vulnerables a las alteraciones en los ecosistemas acuáticos.
Ambas especies enfrentan serios desafíos para su supervivencia en el Paraguay actual y en la región. La deforestación masiva que experimenta el país ha reducido drásticamente los hábitats disponibles, especialmente para el cardenal común que depende de los bosques abiertos, los que son cada vez más escasos. La conversión de tierras para agricultura y ganadería intensiva ha fragmentado sus poblaciones, creando islas de hábitat que dificultan el intercambio genético necesario para mantener la salud de las especies.

Pero quizás la amenaza más directa sea la captura ilegal para el comercio de mascotas. Su vistoso plumaje y agradable canto los convierten en codiciadas aves de jaula, alimentando un mercado negro que, a pesar de la legislación protectora, continúa diezmando las poblaciones silvestres. Se estima que por cada ave que llega viva a un mercado ilegal, varias más mueren durante la captura o el transporte.
El cambio climático representa otra amenaza emergente. Las alteraciones en los patrones estacionales afectan los ciclos reproductivos de estas aves y la disponibilidad de alimentos, añadiendo presión adicional sobre poblaciones ya vulnerables.

No conozco de iniciativas que trabajen actualmente en programas para proteger a estas emblemáticas aves. Las estrategias existentes podrían ayudar, como la creación de áreas protegidas y la eficiencia en el manejo de las áreas protegidas existentes, campañas de educación ambiental para reducir la demanda de aves silvestres como mascotas, y proyectos de restauración de hábitats degradados.
La conservación de los cardenales paraguayos trasciende el valor estético de estas aves; representan importantes eslabones en los ecosistemas locales como dispersores de semillas y controladores de poblaciones de insectos. Su presencia es un indicador de la salud ambiental de las regiones que habitan.

Mientras los ojos del mundo se volvieron hacia los cardenales de la Iglesia Católica y su papel en la elección papal, hoy que ya tenemos al sucesor del Papa Francisco, los verdaderos cardenales de Paraguay continúan su discreta pero vital existencia en los bosques y riberas del corazón de Sudamérica, recordándonos la fragilidad y belleza de nuestro patrimonio natural.