“Estad atentos y vigilad, porque ignoráis cuando será el momento. Al igual que un hombre que se ausenta: deja su casa, da atribuciones a sus siervos, a cada uno su trabajo, y ordena al portero que vele; velad, por tanto, ya que no sabéis cuándo viene el dueño de la casa, si al atardecer, o a media noche, o al cantar del gallo, o de madrugada. No sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos. Lo que a vosotros digo, a todos lo digo: ¡Velad!”.
(Evangelio según san Marcos 13,33-37 - Primer Domingo de Adviento - Ciclo “B”)
El texto de san Marcos que la Iglesia propone para este primer domingo de Adviento pone de manifiesto la necesidad de la vigilancia de los seguidores de Jesús en razón de que los discípulos ignoran “el momento” (griego: kairós). El verbo “vigilar” expresa la idea de “ahuyentar el sueño”. El discípulo, al desconocer el momento de la prueba, debe permanecer vigilante, atento, despierto. Ceder al sueño o “estar dormido” significa despreocuparse de las circunstancias y renunciar a la actividad. Este es el peligro que se debe evitar. En una sociedad tan insegura, donde el odio está activo (Mc 13,13), el creyente debe estar en guardia.
A continuación de la exhortación introductoria, Jesús añade una parábola que comienza con la expresión: “Al igual que un hombre que se ausenta...”. Se trata de una analogía mediante la cual se pone de manifiesto la acción del Mesías que “deja su casa”, es decir, después de su muerte y resurrección, retorna al Padre, dejando la nueva comunidad formada por judíos y gentiles y dando encargos y tareas a sus siervos, a los discípulos, que se refieren a las distintas responsabilidades respecto a la misión futura. El término “siervo” no guarda relación con la esclavitud sino con el “servicio”, figura que se encuentra en oposición a “los jefes de las naciones” y a “los grandes” (Mc 10,42) de este mundo.
El hombre que se marchó delegó “poder” o “autoridad” (griego: exousía) a cada uno, confiriendo tareas y actividades a todos. ¿De qué “poder” o “autoridad se trata? Evidentemente se refiere a las atribuciones y facultades que tenía el hombre en el ejercicio de su misión en la “casa”. Cuando el vocablo griego exousía (“poder”) se aplica a Jesús - representado en el “hombre que deja la casa - se refiere a la liberación del pecado, a una historia de injusticia en el caso del “paralítico” (Mc 2,11-12); también con el fin de denunciar públicamente la corrupción del templo y de sus dirigentes (Mc 11,28-33). Confiere, además, “autoridad” a los discípulos sobre los espíritus inmundos (Mc 6,7), es decir, sobre las perturbaciones que impiden la recepción y aceptación del mensaje de la Palabra de Dios. En consecuencia, el don del poder o de la autoridad significa una transferencia de responsabilidad: la acción que Jesús ha llevado a cabo en la tierra ha de ser continuada por los suyos.
Hay una orden especial para el portero: “y ordena al portero que vele” (Mc 13,34). El “portero” representa una figura individual, pero la recomendación que se le hace, “mantenerse despierto”, se extiende inmediatamente al grupo de discípulos (v. 35: “manteneos despiertos”) y, más tarde, a todos los seguidores de Jesús (v. 37: “a todos”). Es pues, la figura representativa de todos “los siervos”, en cuanto asigna a todos una función común en medio de la diversidad de tareas.
“Estar vigilantes” o “mantenerse despiertos” está vinculado con la exhortación de Jesús a sus discípulos en el huerto de Getsemaní. Entonces, “mantenerse despiertos” significa estar continuamente dispuestos a la tarea, cuyo núcleo es la proclamación del mensaje de Jesús a todas las naciones (Mc 13,10). Pero la conexión con Getsemaní subraya la disposición de afrontar la persecución e incluso una muerte sin gloria con tal de cumplir el designio del Padre (Mc 14,36). El mandamiento expresa, por tanto, la coherencia en el seguimiento de Jesús hasta el final.
Las cuatro designaciones de los horarios de posible retorno del hombre que se marchó (“el Hijo del hombre”) indican cuatro espacios de la noche, nombrados por la hora en que cada uno comienza o termina: al oscurecer; puesto el sol, abarca las tres primeras horas; a medianoche señala las tres horas siguientes; al canto del gallo, el tiempo hasta el segundo canto del gallo, que anuncia la aurora; de mañana, la madrugada hasta el amanecer. Son los nombres populares de las cuatro vigilias o velas que estaban en uso en el mundo romano, alusión al contexto pagano (cf. Mc 6,48) y a la misión universal (cf. Mc 13,10; 14,9). Se alude así a la noche mesiánica, la del nuevo Éxodo y la liberación definitiva (cf. Ex 12,42). La llegada del Mesías no tendrá lugar, como esperaban los judíos, en el mes de Nisán, en la noche de la pascua judía; la expectativa ahora es continua. Pero, además, como lo indican los nombres, tampoco tendrá lugar en Jerusalén, sino en medio de territorio pagano.
Finalmente, se advierte que la llegada del Hijo del hombre se verificará de improviso, por sorpresa. No dejará tiempo para cambiar de actitud ni rectificar. La llegada equivale a “el día aquel” (v. 32) y designa la salvación que constituye el anverso de la prueba. El aviso sobre su carácter imprevisto tiene, pues, por objeto prevenir contra la renuncia a la misión (estar dormidos), contra la dejación del seguimiento hasta el final (Mc 13,13). Si no hay esta entrega, la llegada para reunir a sus elegidos quedará frustrada. La exhortación a mantenerse despiertos se aplica no solo a los discípulos sino también a todos los suyos, presentes y futuros: “Y lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: Manteneos despiertos” (v. 37).
Brevemente: Jesús encarga a todos los suyos cumplir con su mandato, el de la entrega por el bien de la humanidad; éste señala la actitud interior que ha de orientar la vida y la actividad del cristiano, identificándose con la persona de Jesús y ejerciendo una actividad como la suya, con la práctica del servicio que no retrocede ni ante la amenaza de muerte (Mc 8,34s). Ésa es la única manera de alcanzar “el fin”, asegurando el éxito de su llegada.