El primer empleo siempre fue un reto para los jóvenes, pero en el Paraguay de hoy ese desafío es aún mayor. La desconexión entre lo que se enseña en las aulas y lo que realmente exige el mercado laboral deja a miles de recién egresados con títulos en mano, pero sin las competencias prácticas que demandan las empresas. Lilian Demattei, CEO de AcademIA STEAM Paraguay y referente en empleo juvenil, lo resume con claridad: "Los jóvenes no solo carecen de experiencia, también de destrezas como pensamiento crítico, resolución de problemas, manejo de herramientas digitales y trabajo en equipo, que rara vez se desarrollan en la educación formal".
Las estadísticas confirman sus palabras. Según la Encuesta Permanente de Hogares, más de la mitad de los jóvenes paraguayos logra culminar la secundaria, pero solo unos 400.000 acceden a la universidad, pública o privada. Y entre quienes lo hacen, la calidad educativa aún es un obstáculo: apenas el 7% de las carreras de Ciencias de la Educación, por ejemplo, están acreditadas por la ANEAES, un dato que desnuda la fragilidad del sistema. Esta semana fue noticia que solo el 41% de las carreras de Enfermería cuentan con la acreditación institucional. A la brecha de formación se suma la subocupación y la informalidad, fenómenos que empujan a miles de jóvenes a empleos precarios sin perspectivas de crecimiento.
¿Qué buscan entonces los empleadores? Ya no alcanza con un diploma. Las empresas valoran sobre todo las habilidades blandas y digitales: comunicación efectiva, trabajo en equipo, adaptabilidad al cambio y pensamiento crítico. La pandemia aceleró una transformación que llegó para quedarse: muchos sectores, como el financiero, operan hoy en esquemas híbridos, con teletrabajo parcial. En ese contexto, la alfabetización digital —desde el manejo básico de hojas de cálculo hasta el uso de plataformas con inteligencia artificial— se convierte en requisito indispensable. "No se trata solo de consumir tecnología", advierte Demattei, "sino de aprender a usarla para mejorar procesos y proponer soluciones".

La educadora introduce un concepto inspirador: Paraguay 5.0. Basado en la idea japonesa de "Sociedad 5.0", se trata de una visión de país donde la tecnología, el big data y la inteligencia artificial no sean fines en sí mismos, sino herramientas para potenciar la productividad, la creatividad, la educación y, sobre todo, la inclusión social. "No basta con digitalizar", insiste, "hay que pensar cómo la innovación tecnológica puede mejorar la vida de la gente".
En este escenario, el emprendimiento digital aparece como alternativa cada vez más tentadora. Demattei ofrece tres consejos para quienes quieran lanzarse sin experiencia: empezar con capacitaciones cortas y accesibles, validar rápidamente las ideas con prototipos o proyectos mínimos, y apoyarse en comunidades, incubadoras y programas de aceleración que ya existen en Paraguay, como InnovandoPY o Reinventa. La clave, dice, es comenzar en pequeño y no esperar demasiado, porque la innovación se mueve rápido y las oportunidades se pierden si no se actúa a tiempo.
Pero ¿hay que elegir entre empleo formal y emprendimiento? Para Demattei, la respuesta es no. "Lo importante es pensar en portfolios de carrera, no en un único camino", señala. Muchos jóvenes combinan un empleo formal, que les da estabilidad e ingresos, con proyectos personales en el ámbito digital. Así, lo aprendido en el trabajo puede servir como plataforma para impulsar un emprendimiento propio.

Al final, su consejo se resume en una sola palabra: aprender. Y no solo aprender, sino también reaprender y desaprender en un ciclo constante. "El éxito no depende de un título", sostiene, "sino de la capacidad de reinventarse, de mantenerse curioso, de no tener miedo a equivocarse".
En Paraguay viven hoy alrededor de 1,5 millones de jóvenes entre 15 y 29 años, un verdadero bono demográfico que podría convertirse en motor de desarrollo si se le brindan oportunidades. La elección entre universidad o emprendimiento digital no es una disyuntiva excluyente, sino un equilibrio dinámico. Lo que está en juego no es solo el futuro laboral de una generación, sino el modelo de país que se quiere construir: uno anclado en la repetición de viejas fórmulas, o un Paraguay 5.0 capaz de transformar la creatividad de sus jóvenes en innovación y progreso.