El tetéu o tero común, un centinela que nadie puede ignorar
Alguien me decía hace poco que no había nunca hablado de una de las aves más llamativas y comunes. Hay aves que pasan desapercibidas, discretas, casi secretas en su existencia. El téteu, tero común o teru-teru no es precisamente una de ellas. Vanellus chilensis —el tero común para los biólogos y ecólogos, y obviamente los libros, el tetéu para quienes lo conocen de toda la vida— es quizás el ave más imposible de ignorar en los paisajes abiertos del Paraguay y de la región. Antes de verlo, ya lo habrás escuchado; ese grito repetido, insistente, casi impaciente, que da nombre al animal y que resuena sobre pastizales, humedales, bordes de lagunas y hasta plazas urbanas como una proclama que no admite indiferencia.
Las imágenes que acompañan esta nota, capturadas con maestría y generosidad por colegas que comparten su arte de manera desinteresada, y a ellos muchas gracias, nos permiten apreciar en toda su dimensión la elegancia de esta ave tan cotidiana. Porque eso es quizás lo más curioso del tero: que de tanto verlo, dejamos de mirarlo. Y mirarlo bien vale la pena: esas formas, esos colores, esas adaptaciones.
Mide unos 35 centímetros de longitud y su porte es inconfundiblemente altivo y hasta soberbio. El dorso presenta reflejos iridiscentes que van del verde al bronce según la incidencia de la luz; el pecho oscuro contrasta con el vientre blanco; y la frente luce una cresta negra que le otorga cierto aire de autoridad. Las patas, largas y de tonos rojizos, lo mantienen erguido con la postura de quien sabe que el campo le pertenece. Pero hay un detalle anatómico que pocos conocen y que dice mucho sobre su carácter: en las alas lleva un espolón óseo, un arma real que no duda en usar cuando las circunstancias lo exigen. Y muchos la habrán sentido, realmente "hinca"; no te acerques al nido ni a sus pichones.
Y las circunstancias lo exigen con frecuencia. El tero es muy territorial, en un grado que roza la obsesión. Durante la época reproductiva, que se extiende desde la primavera hasta el verano, la pareja establece un territorio que defiende con una energía que asombra. El nido es apenas una depresión en el suelo, a cielo abierto, donde la hembra deposita entre tres y cuatro huevos moteados que se confunden magistralmente con la tierra y los pastos secos. Allí, expuestos a la intemperie y a los depredadores, ambos padres montan guardia con una dedicación que rara vez se ve tan clara en otras especies.
Ante cualquier amenaza, un perro curioso, un zorro que se acerca, una persona que camina sin saberlo demasiado cerca del nido, y hasta una maquinaria pesada (inclusive un tractor), el tero despliega un repertorio defensivo notable. Primero, el grito, ese alarido penetrante que alerta a toda el área y pone en alerta a sus vecinos. Luego, si la amenaza persiste, viene el vuelo rasante: el ave se lanza en picada directa sobre el intruso, rozándolo con los espolones, apuntando especialmente al rostro y la cabeza, conociendo de antemano las zonas más vulnerables. Quien ha recibido esa embestida no la olvida. Y si todo eso falla, aparece el engaño: el tero finge estar herido, se aleja del nido cojeando y batiendo un ala como si estuviera a punto de caer, llevando al depredador en una dirección equivocada. La inteligencia adaptativa de esta conducta, seleccionada por millones de años de evolución, es simplemente admirable. Así logra desviar la atención de su nido o de sus pichones; aunque son bien nidífugos, abandonan el nido muy rápidamente.
Su dieta es principalmente insectívora. Camina despacio sobre el suelo, deteniéndose de tanto en tanto, observando con esos ojos grandes y vivos, y entonces da una pequeña carrera para lanzar un picotazo preciso sobre larvas, escarabajos, lombrices e invertebrados de todo tipo. Esta conducta lo convierte en un aliado valioso para los campos agrícolas y ganaderos, aunque raramente se lo reconozca como tal.
El Vanellus chilensis se distribuye a lo largo y ancho de América del Sur, desde Colombia y Ecuador hasta la Patagonia, y en años recientes ha expandido su rango hacia Centroamérica. En Paraguay es abundante en prácticamente todo el territorio, desde el Chaco hasta la Región Oriental, adaptándose con facilidad tanto a los ambientes naturales como a los modificados por el hombre. Lo encontramos en estancias, en bordes de rutas, en los márgenes de la bahía de Asunción, en parques públicos y hasta en nuestros jardines. Esta plasticidad ecológica es una de las razones por las que su estado de conservación global es de "Preocupación Menor", aunque no debemos confundir abundancia con invulnerabilidad, ya que la pérdida de pastizales, el uso indiscriminado de agroquímicos y el atropellamiento vehicular siguen siendo amenazas reales para esta y muchas otras especies del suelo.
Hay algo profundamente paraguayo en el tetéu, no porque sea exclusivo de aquí, sino porque forma parte del paisaje sonoro y visual que nos constituye como habitantes de esta región. Su grito es la banda sonora de los atardeceres en el campo, la señal auditiva que marca el límite entre el poblado y el monte abierto, el sonido que quienes vivimos lejos de nuestra tierra recordamos con nostalgia cuando pensamos en casa.
Los pueblos indígenas lo conocen bien, y en su conocimiento profundo de la naturaleza han sabido leer en el tero común señales del tiempo, del peligro, de la llegada de visitas. Hay una sabiduría allí que la ciencia occidental apenas empieza a valorar.
La próxima vez que escuches ese grito insistente sobre un campo abierto o desde una orilla de laguna, detente un momento y busca al ave con la mirada. Observala con su postura erguida, vigilante, absolutamente presente. El tero no pide permiso para existir, no se esconde, no susurra. Proclama su existencia y la de los suyos. Y en esa proclama hay una lección que, a nosotros, tan inclinados al ruido sin sustancia, nos vendría bien aprender.
Las imágenes que ilustran esta nota son obra de colegas que, con generosidad y pasión, comparten su mirada sobre la naturaleza paraguaya. A ellos, todo el reconocimiento.