Nacido el 10 de marzo de 1938 en Tupaorã, departamento de Cordillera, Yambay construyó una carrera extensa y singular. Cantor, compositor y animador natural del escenario, se convirtió en un símbolo del folclore por su estilo inconfundible, que combinaba música, picardía popular e imitaciones de sonidos de animales, un sello personal que lo volvió inmediatamente reconocible en festivales, radios y encuentros culturales de todo el país.
A lo largo de décadas, Quemil Yambay fue mucho más que un artista: fue un transmisor de identidad. Sus canciones, su forma de hablar y su presencia escénica reflejaban la vida cotidiana, el humor sencillo y la sensibilidad del pueblo, logrando una cercanía que pocos artistas alcanzan. Por eso su figura trascendió lo estrictamente musical y se convirtió en patrimonio emocional de varias generaciones.
Su aporte fue reconocido en numerosas ocasiones con premios y distinciones, entre ellas el Ñandutí de Oro y el reconocimiento como "Reliquia viviente de la cultura nacional", otorgado por el Senado, que destacó su valor como referente histórico del folclore. Estos homenajes reflejaron en vida lo que el público siempre supo: que su legado era parte esencial de la cultura paraguaya.
En los últimos años, su salud se había visto seriamente deteriorada a raíz de accidentes cerebrovasculares que lo mantuvieron alejado de los escenarios. Su estado generó preocupación y una permanente cadena de mensajes de apoyo y afecto, que se intensificaron en los últimos días hasta la confirmación de su muerte.
La partida de Quemil Yambay provoca un profundo pesar en el ámbito artístico y en la ciudadanía en general. Se va una voz, un estilo y una forma de hacer cultura que ya no se repite. Quedan sus canciones, su risa, su humor y una memoria colectiva que lo mantendrá vivo como uno de los grandes referentes del folclore y de la identidad popular.