Hay árboles que no necesitan moverse para recorrer grandes distancias. Lo hacen a través de quienes los han visto, los han tocado, los han habitado con la mirada. El samú de flores blancas o amarillas que florece junto al Parque Rodó de Montevideo es uno de esos árboles. Antonio Schinca lo visita, lo fotografía con la mejor luz de la mañana y desde el Uruguay lo convierte en un puente vivo hacia el Paraguay. "Cada vez que lo veo, me trae recuerdos muy gratos de ese bellísimo Paraguay", escribe. Y en esa frase sencilla y cálida hay una verdad botánica y humana al mismo tiempo: la Ceiba chodatii tiene la extraña capacidad de anclar emociones, de ser mucho más que un árbol. Y en inglés se lo conoce como el árbol del hilo de seda (floss silk tree).
Ceiba chodatii, el Samuú o Samu'u en guaraní, pertenece a la familia Malvaceae y es uno de los árboles más imponentes y singulares del Paraguay. Su nombre científico rinde homenaje a René Chodat, el botánico suizo que dedicó buena parte de su vida a estudiar la flora paraguaya a finales del siglo XIX y principios del XX. Hasta el nombre, como bien dice Antonio, es hermoso. Tiene la cadencia de algo antiguo, de algo que merece pronunciarse despacio: Ceiba chodatii. Dos palabras que contienen historia, ciencia y territorio.

El árbol es fácil de reconocer por quienes lo han visto aunque sea una sola vez. Su tronco, robusto y frecuentemente armado de gruesas espinas cónicas, adopta en el Chaco paraguayo esa forma característica de botella: un ensanchamiento en la base que almacena agua y le permite sobrevivir la sequía extrema de esa región. Sin embargo, el ejemplar uruguayo del Parque Rodó, como observa Antonio con ojo agudo de naturalista, no desarrolla esa forma característica. La explicación es sencilla y reveladora: en Montevideo el suelo no es seco, el árbol no sufre de deshidratación y, por lo tanto, no necesita construir esa reserva hídrica en su tronco. El mismo árbol, en ambientes distintos, adopta estrategias distintas. La naturaleza siempre ajusta sus respuestas al contexto.
Lo que hace verdaderamente inconfundible a este Samu'u es, precisamente, esa floración. Cuando el árbol pierde sus hojas, aparecen las flores: grandes, vistosas, de un amarillo o blanco intenso que contrasta con la severidad del tronco espinoso. La variedad de flores rosadas —la Ceiba speciosa— es común en Uruguay. La de flores blancas o amarillas, en cambio, es rarísima. "Este es el único Samuú de flores amarillas que conozco en el Uruguay", dice Antonio. Esa singularidad lo vuelve aún más precioso: un embajador vegetal llegado desde las latitudes paraguayas, ajeno a las fronteras que los humanos trazamos sobre los mapas.

Pero la vida de este árbol solitario en Montevideo no es sencilla. Antonio observa y documenta con cuidado sus dificultades reproductivas, y el relato es tan científico como entrañable. El árbol florece en pleno invierno austral, cuando el frío aleja a los insectos y los picaflores —esos polinizadores esenciales— parecen no reconocer el blanco o amarillo de sus flores, habituados quizás a buscar las rosas. El resultado es una polinización escasa y errática. Donde otros ejemplares de la misma especie producen frutos en abundancia, este árbol logra apenas seis o siete. Y aun esos pocos frutos suelen caer al suelo sin abrirse, sin liberar el algodón que dispersa las semillas. El árbol existe, florece, persiste —pero se reproduce con dificultad, su soledad en un ambiente que no es el suyo.
El ciclón que pasó entre el jueves y el sábado previos a las fotos de Antonio no ayudó. Los vientos y lluvias intensas derrumbaron más del 70 % de las flores. La abeja que Antonio fotografía extrayendo polen de una flor caída en el suelo del parque es casi una metáfora de esa resistencia: incluso en la caída, la flor sigue cumpliendo su función, sigue alimentando vida. Los árboles, generosos hasta en su declinación.

En el Paraguay, este árbol tiene una existencia completamente diferente. Es común, exuberante, profundamente integrado a la vida de las comunidades que habitan su territorio. Lidia Pérez de Molas recuerda que en el Chaco inundado las canoas de Samu'u siguen siendo usadas para desplazarse entre aldeas, para llevar a los niños a la escuela cuando el agua lo cubre todo. Y Antonio agrega: Recuerdo que su madera era usada para hacer canoas. Hay algo profundamente conmovedor en esa imagen: un árbol armado de espinas, de apariencia severa y casi hostil, convertido en embarcación que navega la inundación y lleva conocimiento a los más jóvenes. El Samu'u como vehículo de educación. La naturaleza y la cultura en diálogo permanente.

Antonio menciona también que Tatiana —otra voz que aparece en la trama de estos intercambios— abraza los samu'u en el Chaco. Y en eso hay una sabiduría antigua: los árboles grandes merecen ser abrazados. No por sentimentalismo, sino porque el contacto físico con algo que ha vivido décadas o siglos nos recuerda nuestra propia escala, nuestra brevedad y, paradójicamente, también nuestra pertenencia a algo mucho más duradero que nosotros mismos.
La conversación que circula entre Montevideo y el Paraguay —entre fotos tomadas con el celular en la mañana, audios enviados desde el parque, palabras de botánicos y de amigos— es en sí misma un reflejo de lo que el samu'u representa. Es un árbol que convoca. Que une a quienes lo conocen a través de fronteras y kilómetros. ¿Qué hace que alguien cruce una ciudad? —"Fui de vuelta hasta el Parque Rodó", dice Antonio— para fotografiarlo con mejor luz, para compartirlo, para no dejar que ese momento de floración pase sin ser celebrado.

Los árboles que merecen ser vistos nos enseñan también a ver mejor. El samú'u de flores amarillas, con su tronco que no necesita acumular agua en Montevideo pero sí en el Chaco, con su floración invernal que desconcierta a los polinizadores, con su madera que navega inundaciones llevando niños a la escuela, es sin duda uno de esos árboles que merecen toda nuestra atención, nuestra gratitud y, por qué no, nuestra ternura.