Con la primera entrega, abordamos al carpincho o capibara gracias a las fotos que originalmente me compartió Tatiana Galluppi, enriquecidas con las fotos de Rebeca Irala, Carlos Ortega y José Maria Paredes, así que suficiente motivación para ahondar en esta especie, y muy agradecido por las sabias enseñanzas del profe David Galeano. Ya vimos algunos aspectos importantes sobre esta especie y hoy hablaremos sobre otros aspectos que debemos tener en cuenta.
Si bien es herbívoro, parece ser muy selectivo y no come como se creía que comía cualquier planta, prefiriendo ciertos tipos de plantas que le aportan más valor nutritivo. Otro aspecto que la ciencia nos ha aportado recientemente es que el carpincho puede sufrir de coronavirus y también sufrir de hepatitis, con presencia del virus de la hepatitis E, que es un patógeno zoonótico emergente asociado a temas relevantes de salud pública. Un aspecto más para tratar de evitar tener estas especies como mascotas o fomentar el contacto directo con los humanos.

La reproducción ocurre durante todo el año, aunque suele intensificarse en la estación lluviosa. Las hembras paren entre 2 y 8 crías tras una gestación de unos 150 días. Los carpinchos tienen pocos depredadores naturales en la región, entre ellos el jaguareté, el puma y el yacaré, aunque la presión humana es actualmente la principal amenaza, ya que se lo persigue por su piel, por su carne y hasta por su grasa.
En Paraguay, el carpincho se encuentra en todo el país, siempre y cuando haya presencia de humedales y cursos de agua. Es una especie característica de los esteros del Ñeembucú, el Pantanal paraguayo y los humedales asociados al río Paraguay y Paraná. Su rango se extiende por todo el centro y norte de Argentina, Uruguay, Bolivia y Brasil, donde también es abundante en el Pantanal y la cuenca amazónica. Es muy común encontrarlo en lugares donde no se los caza, como en lagunas o estanques artificiales en pueblos y ciudades, e inclusive cerca de cascos de estancia donde pueden desarrollarse sin mayores presiones.

La presencia de la capibara es un indicador de la salud de los ecosistemas acuáticos. Su actividad de pastoreo contribuye al mantenimiento de la vegetación y a la dinámica de los humedales, favoreciendo la biodiversidad y la conectividad ecológica. Si voy a un humedal lejos de la influencia humana y no encuentro carpinchos, siempre me llama la atención; puede ser porque es perseguido, pero aun así siempre se ve su presencia, al tener una pisada muy característica que deja una huella inconfundible, o las señales que, como buen roedor, deja en la vegetación.
La información científica de la especie nos dice que, a nivel mundial, la especie no tiene mayores problemas de conservación, básicamente porque tiene amplia distribución y abunda en muchas áreas. Sin embargo, en Paraguay y la región, enfrenta amenazas localizadas que pueden afectar sus poblaciones, como la pérdida y fragmentación de su hábitat, la alteración de su hábitat con la contaminación, entre otros. En Paraguay, el carpincho está protegido por leyes que prohíben la caza y comercialización de los animales silvestres, e inclusive regula la tenencia de estos, aunque la implementación y el control son insuficientes en muchas áreas. La especie se encuentra en varias áreas protegidas, y su presencia se puede confirmar en casi todas ellas, donde sus poblaciones se pueden monitorear y conservar.

La conservación del carpincho implica la protección de los humedales y la promoción de prácticas sostenibles en la agricultura y la ganadería, la creación y restauración de corredores ecológicos y la gestión integrada de los recursos hídricos, que son estrategias recomendadas para asegurar la viabilidad de sus poblaciones. Este sea quizás un carismático (ahora) mamífero que nos une a los sudamericanos y es un símbolo de los humedales sudamericanos y muestra de nuestra riqueza natural; su conservación es un desafío compartido que requiere el compromiso de todos los sectores para preservar la biodiversidad y los servicios ecosistémicos que sustentan la vida y el desarrollo sostenible, y espero que todo este boom con los capibaras también despierte nuestra necesidad de conservarlo, de conservar su hábitat y la naturaleza que requiere para sobrevivir.
Gracias a Tatiana Galluppi, Rebeca Irala, Carlos Ortega y José Maria Paredes por sus fotos, y a David Galeano por sus enseñanzas.
