Ecología

El centinela del parque y el cantor de la tranquera: el Bendito Sea

También se lo conoce como chingolo y en guaraní como Chesyhasy; científicamente es Zonotrichia capensis, y es una de las aves más reconocibles del Paraguay y del Cono Sur.
Juveniles posados. Foto: Carlos Ortega.

Hay un ave muy común a la que se la conoce como Bendito Sea o San Francisco, si bien también se lo conoce como chingolo y en guaraní como Chesyhasy; científicamente es Zonotrichia capensis, y es una de las aves más reconocibles del Paraguay y del Cono Sur. El apreciado Carlos Ortega me compartió las fotos que ilustran esta columna, así que a él muchas gracias y vamos a comenzar a presentar a especies comunes, que por ser comunes nos olvidamos de ellas.   Su "collar" rufo y la corona listada gris-negruzca lo delatan incluso en plazas y chacras, ya que, si bien es una especie silvestre y que se la encuentra y se la escucha en la naturaleza, también la podemos encontrar en zonas urbanas. En Paraguay ocupa con preferencia hábitats abiertos y semiabiertos: pastizales, bordes de monte, cultivos, jardines y áreas urbanas; y no es frecuente encontrarla en bosques densos, aunque usa corredores y claros entre zonas de uso agroganadero, sobre todo en el Bosque Atlántico y en el Chaco húmedo. Esta afinidad por vegetación baja y mosaicos productivos explica su abundancia en la Región Oriental y en paisajes agropecuarios del sur y este del país.

Bendito sea posado en un poste. Foto: Carlos Ortega.

En nuestra región del Cono Sur (Paraguay, Argentina, Uruguay y el sur de Brasil), el Bendito Sea o chingolo muestra gran plasticidad. La mayoría de las poblaciones son residentes, pero en latitudes más australes (Patagonia, áreas frías andinas), parte de los individuos migra estacionalmente. En Paraguay suele verse en parejas territoriales y pequeños grupos, con alta tolerancia a ambientes humanizados: aprovecha bordes de caminos, potreros y parques. Su presencia estable durante todo el año facilita la observación de rutinas de canto, cortejo y alimentación.

El canto del chingolo es emblemático y varía regionalmente. En Paraguay, el patrón típico combina una introducción silbada seguida de un trino rápido, con "dialectos" locales que se sostienen en el tiempo. Algunos estudios en el Cono Sur muestran que estos dialectos se asocian al tipo de hábitat y a la acústica del paisaje. En zonas con ruido persistente (carreteras, ciudades), los individuos tienden a elevar la frecuencia mínima de su canto para evitar el enmascaramiento por el ruido de baja frecuencia. Esta adaptación acústica es un ejemplo claro de cómo la cultura vocal de las aves responde a presiones ambientales.

Adulto posado. Foto: Carlos Ortega.

La reproducción está marcada por la estacionalidad, como en gran parte de las aves. En Paraguay, la mayor actividad de nidificación se concentra entre la primavera y el verano (aproximadamente septiembre-febrero), coincidiendo con mayor disponibilidad de insectos, parte clave de su dieta, en particular de los juveniles. La hembra construye un nido en forma de taza, de preferencia en el suelo o a baja altura en pastos y arbustos. Las puestas suelen ser de 2-3 huevos, con incubación de cerca de dos semanas. Y tanto la hembra como el macho se encargan de alimentar a los pichones. Entre los desafíos reproductivos en la región destacan la depredación de nidos por pequeños mamíferos y serpientes, y el parasitismo por el tordo renegrido o guyra hū (Molothrus bonariensis), más común en ambientes abiertos y agropecuarios del sur. De hecho, tenemos que hablar sobre este tordo.

La dieta es omnívora y oportunista. En Paraguay, el chingolo consume semillas de gramíneas y malezas de cultivos, granos derramados, insectos (ortópteros, coleópteros) y arañas. Durante la cría, aumenta la ingesta de artrópodos para abastecer de proteína a los polluelos. Forrajea principalmente en el suelo, con desplazamientos cortos y picoteos, y usa bordes de caminos y patios como sitios de alimentación. Esta flexibilidad alimentaria favorece su éxito en paisajes agrícolas y urbanos.

Bendita sea posado en alambrado. Foto: Carlos Ortega.

Si analizamos a esta especie desde la ecología aplicada, el chingolo ilustra principios clave relevantes para la región por (a) su selección de hábitat, ya que prefiere estructuras bajas y abiertas; corredores de vegetación y bordes funcionales aumentan su abundancia; (b) su plasticidad conductual urbana, ya que se adapta a la presencia humana y al ruido, ajustando su canto y sus horarios de actividad; y (c) por su cultura y paisaje sonoro, con dialectos de su canto que pueden influir en la estructura poblacional y en el intercambio genético a escala local.

Para la conservación urbana y periurbana en Paraguay, algunas prácticas sencillas ayudan a mantener poblaciones saludables, como conservar franjas de vegetación baja y arbustiva, reducir el uso de pesticidas en jardines y cultivos para asegurar insectos en temporada de cría y diseñar espacios verdes con microhábitats (parches de pasto alto, setos, zonas con hojarasca). En áreas rurales, la gestión de bordes de cultivos y caminos con cobertura vegetal favorece la nidificación y el forrajeo, mientras que el control del ruido y la preservación de corredores ecológicos facilita la conectividad entre poblaciones.

Bendito sea posando, ver los detalles de su cara. Foto: Carlos Ortega.

Un ave introducida, el gorrión (Passer domesticus), muy relacionada con los ambientes urbanos y suburbanos, podría estar causando problemas a las poblaciones del Bendito Sea. No hay mucha evidencia, pero existe información sobre el solapamiento de dieta en agroecosistemas del Perú, lo que sugiere competencia potencial por alimento. También se encuentran utilizando los mismos tipos de hábitats y se registran riñas entre los individuos de estas especies cuando están juntas.

En suma, el chingolo o Bendito Sea es un aliado visible para comprender cómo las aves prosperan en paisajes productivos y ciudades del Paraguay y el Cono Sur. Observar sus cantos y hábitos cotidianos en plazas de Asunción, chacras de Itapúa o bordes de monte en Caaguazú nos permite apreciar —a escala local— la interacción entre cultura animal, estructura del hábitat y cambio ambiental, y ofrece pistas prácticas para integrar biodiversidad en el desarrollo regional.

Gracias una vez más a Carlos Ortega por motivar el abordaje de esta común y bella ave.