Fin de una era

El Buen Pastor: de balneario y chopería a prisión de mujeres

Durante más de un siglo, los muros del Buen Pastor guardaron historias que van mucho más allá del encierro: fueron escenario de fiestas, fe, trabajo y redención. Hoy, con su cierre definitivo, aquel predio que alguna vez fue balneario, chopería y prisión, queda en silencio, esperando un nuevo destino entre la memoria y la especulación.
Tras 106 años de funcionamiento, el histórico Buen Pastor cerró sus puertas. Foto: Ministerio de Justicia

Hace unos días se dio el cierre definitivo de la cárcel del Buen Pastor, luego de más de un siglo de funcionamiento. Con el traslado de las últimas detenidas, el predio —catalogado como patrimonio— quedó vacío. Pero este lugar, hoy envuelto en ecos y muros silenciosos, tuvo un pasado mucho más alegre del que cualquiera imaginaría: antes, allí se venía a farrear.

Según el historiador del arte Juan Manuel Talavera García, a inicios del siglo XX, Asunción empezaba a expandirse hacia la zona de Recoleta gracias al empedrado de la avenida Mariscal López y los tranvías del Dr. Morra, cuyo servicio llegaba hasta su propiedad (de donde luego derivaría el nombre del barrio). En la esquina de Mcal. López y Sacramento, al borde del Mburicaó, funcionaba la quinta "El Recreo Villa", con restaurant, chopería y heladería, propiedad de don Antonio Villa. La concurrencia llegaba mediante los tranvías a tracción de sangre —tirados por mulas— para disfrutar de un ambiente de campo y diversión.

La zona se transformaba lentamente en un punto de veraneo. El propio Dr. Morra, empresario visionario, fue quien más impulsó la urbanización y el desarrollo del área, con panaderías, almacenes, carpinterías, herrerías y hasta un balneario llamado "Termas de Caracalla". Calles como Las Palmeras todavía conservan el nombre de aquellos tiempos.

Con el crecimiento del nuevo barrio Morra, el antiguo Recreo Villa comenzó su decadencia. El local fue adquirido por un consorcio donde figuraba incluso Eusebio Ayala, que mantuvo un tiempo la explotación del restaurant, ya casi en ruinas. Fue entonces, hacia 1915, cuando irrumpieron en la historia las Hermanas del Buen Pastor, una orden francesa dedicada al cuidado de mujeres y niños en situación de vulnerabilidad.

El obispo Sinforiano Bogarín, preocupado porque en las cárceles públicas hombres y mujeres convivían en los mismos pabellones, solicitó la creación de una prisión exclusiva para mujeres y pidió que la administración estuviera a cargo de las monjas. En una carta enviada a la superiora en Buenos Aires se leía: "Se desea muchísimo tener una casa de esa comunidad en la Asunción. Se trata de la cárcel de mujeres que se desea muchísimo confiarles".

En 1915 llegaron dos religiosas al país para iniciar los preparativos, y hasta se reunieron con el presidente Eduardo Schaerer. Alojadas en el Colegio La Providencia, buscaron posibles locales y fue el jefe de policía, Manuel Balteiro, quien sugirió la compra de la quinta Villa Cué. En 1917, el Congreso aprobó la adquisición y el 31 de diciembre de ese año el Estado se convirtió oficialmente en propietario del terreno.

En febrero de 1918 llegaron nuevas monjas para supervisar los trabajos, aunque encontraron resistencia: el antiguo propietario se negaba a desalojar, y fue necesaria la intervención policial. Solo entonces comenzó la limpieza del sitio, en un estado de insalubridad alarmante, tarea asumida por la Liga de Damas de Asunción. La obra se vio interrumpida por la pandemia de la Gripe Española, pero finalmente, en junio de 1921, el Buen Pastor abrió sus puertas.

Durante décadas, las hermanas del Buen Pastor acompañaron la vida del penal. Desde 1950 ayudaron en su sostenimiento económico mediante talleres de bordado y lavandería. Permanecieron hasta 1985, dejando tras de sí una impronta de trabajo, fe y redención.

Hoy, el cierre del Buen Pastor no significa solo la clausura de una cárcel. Es también el final de un capítulo de la ciudad, un espacio que fue testigo de historias tan dispares como la diversión, la devoción y la penitencia.

Ahora, el enorme predio vacío se convierte en un nuevo punto de expectativa. Su futuro, seguramente codiciado por empresarios y desarrolladores, despierta tanto esperanza como sospecha. Ojalá las decisiones sobre su destino honren su valor patrimonial y beneficien a la ciudadanía —y no solo a quienes siempre encuentran la manera de lavar sus culpas, o su conciencia.