Costumbres de los domingos en Paraguay y que hoy se perdieron
Hubo un tiempo en que el domingo en Paraguay tenía un pulso propio. El día comenzaba más tarde, el silencio duraba más y la agenda no existía. No había urgencias ni notificaciones: el domingo era una pausa real, casi sagrada, que hoy resulta difícil de replicar.
Una de las escenas más recordadas es el almuerzo largo, preparado desde temprano y compartido sin relojes. La olla grande, el asado que se hacía sin apuro y la mesa extendida durante horas marcaban el ritmo del día. No se comía rápido ni se levantaba la mesa enseguida: el domingo era para quedarse.
También estaban las visitas espontáneas. Familiares, vecinos o amigos llegaban sin avisar, se acomodaban como podían y se quedaban toda la tarde. No hacía falta coordinar por mensajes ni confirmar horarios. La casa estaba abierta y siempre había algo para compartir, aunque fuera un tereré o una chipa del día anterior.
Siesta y calma
Otro clásico casi desaparecido era la siesta obligatoria. El calor, el almuerzo y el silencio convertían la tarde en un territorio de descanso. Dormir no era una opción, era parte del ritual. Hoy, con celulares, series y redes sociales, ese momento de pausa parece un lujo perdidos.
Los domingos también tenían sonido propio: la radio prendida, el partido relatado a todo volumen o la música que acompañaba la tarde. Antes de la televisión por cable y el streaming, la radio era compañía, fondo y protagonista. Hoy, el silencio fue reemplazado por pantallas individuales.
Para muchos niños, el domingo significaba jugar afuera: fútbol en la calle, bicicletas, escondidas hasta que caía el sol. No había cronogramas ni supervisión constante. El regreso a casa lo marcaba la oscuridad o el llamado desde la vereda.
Con el paso del tiempo, el domingo se fue llenando de actividades, compromisos y pantallas. Se volvió un día más corto, más acelerado y, en muchos casos, más solitario. Sin embargo, la nostalgia persiste porque esos domingos no solo organizaban el tiempo: ordenaban la vida.
Recordar esas costumbres no es solo mirar al pasado con melancolía. Es preguntarnos qué perdimos en el camino y qué, quizás, todavía estamos a tiempo de recuperar.
Otro ritmo, otra economía
Desde una mirada sociológica, la pérdida del domingo distendido no es casual. Sociólogos coinciden, en que el cambio responde a una transformación profunda en la forma de vivir el tiempo, atravesada por la precarización laboral, la hiperconectividad y la cultura de la productividad constante. "Antes el domingo funcionaba como un límite claro entre trabajo y descanso; hoy ese límite se diluyó", explica.
La especialista, Belén Torales, señala que la tecnología, lejos de liberar tiempo, lo fragmentó. Las pantallas introdujeron trabajo, consumo y exigencias incluso en los momentos destinados al descanso. A eso se suma la presión económica, que empuja a muchas familias a usar el domingo para "ponerse al día", hacer changas o adelantar tareas de la semana.