NacionalesActividades que ya no existen

Costumbres de los domingos en Paraguay y que hoy se perdieron

El domingo fue, durante décadas, un ritual colectivo en Paraguay: sin apuros, sin pantallas y con la familia como centro. Muchas de esas costumbres se diluyeron con el tiempo, pero siguen vivas en la memoria de varias generaciones.

Liliana Pesoa Rumich 25 Enero de 2026
25 Enero de 2026
Largos almuerzos familiares, preparados desde temprano y compartidos sin relojes.
Largos almuerzos familiares, preparados desde temprano y compartidos sin relojes. Foto: Referencial.

Hubo un tiempo en que el domingo en Paraguay tenía un pulso propio. El día comenzaba más tarde, el silencio duraba más y la agenda no existía. No había urgencias ni notificaciones: el domingo era una pausa real, casi sagrada, que hoy resulta difícil de replicar.

Una de las escenas más recordadas es el almuerzo largo, preparado desde temprano y compartido sin relojes. La olla grande, el asado que se hacía sin apuro y la mesa extendida durante horas marcaban el ritmo del día. No se comía rápido ni se levantaba la mesa enseguida: el domingo era para quedarse.

También estaban las visitas espontáneas. Familiares, vecinos o amigos llegaban sin avisar, se acomodaban como podían y se quedaban toda la tarde. No hacía falta coordinar por mensajes ni confirmar horarios. La casa estaba abierta y siempre había algo para compartir, aunque fuera un tereré o una chipa del día anterior.

Siesta y calma

Otro clásico casi desaparecido era la siesta obligatoria. El calor, el almuerzo y el silencio convertían la tarde en un territorio de descanso. Dormir no era una opción, era parte del ritual. Hoy, con celulares, series y redes sociales, ese momento de pausa parece un lujo perdidos.

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Siesta en la hamaca paraguaya.

Los domingos también tenían sonido propio: la radio prendida, el partido relatado a todo volumen o la música que acompañaba la tarde. Antes de la televisión por cable y el streaming, la radio era compañía, fondo y protagonista. Hoy, el silencio fue reemplazado por pantallas individuales.

Para muchos niños, el domingo significaba jugar afuera: fútbol en la calle, bicicletas, escondidas hasta que caía el sol. No había cronogramas ni supervisión constante. El regreso a casa lo marcaba la oscuridad o el llamado desde la vereda.

Con el paso del tiempo, el domingo se fue llenando de actividades, compromisos y pantallas. Se volvió un día más corto, más acelerado y, en muchos casos, más solitario. Sin embargo, la nostalgia persiste porque esos domingos no solo organizaban el tiempo: ordenaban la vida.

Recordar esas costumbres no es solo mirar al pasado con melancolía. Es preguntarnos qué perdimos en el camino y qué, quizás, todavía estamos a tiempo de recuperar.

Otro ritmo, otra economía

Desde una mirada sociológica, la pérdida del domingo distendido no es casual. Sociólogos coinciden, en que el cambio responde a una transformación profunda en la forma de vivir el tiempo, atravesada por la precarización laboral, la hiperconectividad y la cultura de la productividad constante. "Antes el domingo funcionaba como un límite claro entre trabajo y descanso; hoy ese límite se diluyó", explica.

La especialista, Belén Torales, señala que la tecnología, lejos de liberar tiempo, lo fragmentó. Las pantallas introdujeron trabajo, consumo y exigencias incluso en los momentos destinados al descanso. A eso se suma la presión económica, que empuja a muchas familias a usar el domingo para "ponerse al día", hacer changas o adelantar tareas de la semana.

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