La reciente película Caza de brujas, protagonizada por Julia Roberts e inspirada en una obra de Nora Garrett, pone en primer plano una problemática aún silenciada: la idealización del agresor y la confusión emocional que persiste en muchas víctimas de abuso sexual. Roberts interpreta a una profesora de filosofía de género que, detrás de una apariencia exitosa, esconde una historia de violencia iniciada cuando tenía apenas 15 años con un hombre mucho mayor, amigo de su padre.
El film retrata cómo la protagonista habla de su abusador con culpa y confusión: cree haberlo amado, pero con el tiempo comprende que nunca pudo consentir. "No se trata de confesión, sino de develación", explica el guion, diferenciando entre la culpa impuesta a las víctimas y la responsabilidad de los agresores.
Especialistas en salud mental advierten que el trauma no siempre se manifiesta de inmediato. Puede permanecer oculto durante años, disfrazado de insomnio, ansiedad o trastornos alimentarios. "El cuerpo recuerda lo que la mente intenta olvidar", señalan psicólogos consultados, y subrayan que durante la adolescencia el cerebro aún no ha desarrollado completamente las áreas que regulan el juicio y la percepción del riesgo.
Por eso, sostienen, el consentimiento en relaciones con fuertes desigualdades de edad o poder es una ficción. "No hay libertad cuando la persona adolescente depende emocionalmente del adulto", remarcan. Aun así, la cultura popular continúa romantizando este tipo de vínculos, presentándolos como historias de amor prohibido.
El fenómeno tiene antecedentes literarios. En Lolita (1955), Vladimir Nabokov narró la obsesión de un adulto por una niña de doce años, transformando un crimen en una historia de belleza perturbadora. Como en el film, la obra muestra cómo el lenguaje puede encubrir la violencia y moldear la memoria colectiva.
El psicoanalista húngaro Sándor Ferenczi ya había descrito en 1933 esta manipulación emocional: el abusador confunde el afecto infantil con deseo adulto, justificando así su conducta. "El pederasta no solo abusa del cuerpo, sino también del relato", sostienen los especialistas, aludiendo a la narrativa que instala para convertir a la víctima en cómplice.
En la práctica clínica, muchos sobrevivientes expresan culpa o vergüenza, incluso años después. "Los agresores no siempre usan la fuerza física. Se infiltran como mentores, pastores, profesores o amigos, preparando a la víctima hasta que el abuso parece natural", advierten profesionales en salud mental infanto-juvenil.
La propuesta de Caza de brujas también pone el foco en la necesidad de una educación afectiva y sexual integral, que permita a niñas, niños y adolescentes reconocer los signos de manipulación y ejercer un consentimiento real. "Los adultos tenemos la responsabilidad de no minimizar ni justificar estas situaciones. La madurez no equivale a consentimiento", enfatizan.
El debate sobre la imprescriptibilidad de los delitos sexuales se vincula directamente con esta dimensión del trauma. "Las víctimas no denuncian cuando ocurre el hecho, sino cuando pueden comprenderlo y ponerlo en palabras", recuerdan desde la organización Así Basta, que cumple 10 años en Paraná, Entre Ríos, trabajando en prevención, acompañamiento y formación.
Porque, como señalan sus integrantes, "el tiempo no borra la tragedia, pero una escucha empática y temprana puede impedir que la tortura se disfrace de historia de amor".