Por qué una de las causas del descenso de la natalidad puede ser la prosperidad
Esta nota se publicó originalmente el 24 de julio de 2025
"En la ciencia ficción, siempre se trata del ahora", declaró Margaret Atwood a The Guardian en 2018. "¿De qué otra cosa podría tratarse?".
Hace poco releí su novela El cuento de la criada para encontrar un poco de alivio mientras escribía un artículo sobre el descenso de la natalidad. En el libro —que conste, me encanta desde hace décadas—, un desastre ecológico ha dejado estéril a gran parte de la población. Los extremistas cristianos derrocan al gobierno de Estados Unidos e instituyen un elaborado sistema de esclavitud reproductiva: las mujeres fértiles son enviadas a vivir con funcionarios de alto rango que las violan y las dejan embarazadas, y luego se llevan a los niños para criarlos como si fueran suyos.
El cuento de la criada pertenece al género de la ficción especulativa sobre sociedades que se enfrentan a las consecuencias de una caída vertiginosa de la natalidad. La película Niños del hombre, adaptación de una novela de P. D. James, es otro ejemplo del género. Las tramas suelen suponer que haría falta una catástrofe misteriosa para que la gente dejara de tener hijos.
En la vida real, la disminución de la natalidad no se desarrolla como una trama de Hollywood. Las causas son polifacéticas y complejas. Pero cada vez hay más estudios que sugieren que la caída en picada de la natalidad se debe en parte al propio crecimiento económico, que tiene el efecto secundario involuntario de hacer que la crianza sea más difícil y cara.
Los habitantes de los países ricos tienen menos hijos
Hay muchos factores que pueden contribuir al descenso de las tasas de fertilidad. China e India, por ejemplo, tuvieron durante décadas programas gubernamentales diseñados para reducir sus tasas de natalidad. Y los expertos han sugerido que muchos otros aspectos de la vida moderna —los anticonceptivos, los cambios en los modelos matrimoniales, el aumento de las oportunidades profesionales y educativas de las mujeres, y quizás incluso los celulares— también podrían desempeñar un papel.
Pero las estadísticas son muy claras. A medida que las economías se hacen más ricas, los hijos son menos frecuentes. Hoy, casi todos los países desarrollados tienen tasas de fertilidad de entre 1,2 y 1,8 nacimientos por mujer, significativamente por debajo del "nivel de reemplazo" de 2,1 que permite a las poblaciones mantenerse estables a lo largo del tiempo.
Los cambios sociales y económicos de los últimos 50 años significan que muchas personas tienen ahora más opciones, y la capacidad de elegirlas libremente. En el pasado, las leyes que prohibían la anticoncepción y el aborto y limitaban la capacidad de las mujeres para ser dueñas de propiedades a menudo hacían que las familias —y las mujeres en particular— tuvieran más hijos de los que deseaban.
Pero ese no es el panorama completo. Los datos de las encuestas muestran que, en todo el mundo, la gente tiene sistemáticamente menos hijos de los que dice que le gustaría tener. Los sondeos de opinión de Gallup han revelado que el número ideal de hijos por familia de los estadounidenses ha sido, en promedio, de 2,5 desde finales de la década de 1970, incluso cuando la tasa de fertilidad real ha descendido mucho más. Las preocupaciones económicas son la razón más citada de esta diferencia.
¿Qué ocurre aquí? Puede parecer paradójico que la gente considere tener menos capacidad para permitirse tener hijos a medida que sus países se enriquecen. Pero cuando las economías crecen, ocurren varias cosas.
Los salarios suben, lo que significa que el costo de oportunidad de actividades no remuneradas, como la crianza de los hijos, también aumenta. Cuanto más pueden ganar los padres con el trabajo remunerado, más sacrificio supone dedicar su tiempo a la crianza no remunerada.
La crianza también requiere más trabajo, porque los países desarrollados tienden a dar más importancia a la educación y al capital humano, que requieren más esfuerzo y atención por parte de los padres. En la mayoría de los países desarrollados, los padres dedican ahora aproximadamente el doble de tiempo al cuidado de los hijos que en la década de 1960.
También se producen grandes cambios a medida que los países desarrollados construyen una red de seguridad social. En las economías menos desarrolladas, los niños suelen trabajar en granjas familiares y pequeñas empresas desde una edad temprana, y luego apoyan económicamente a los padres cuando estos envejecen. Pero a medida que los países se hacen más ricos, tienden a gravar a los adultos que trabajan para pagar las prestaciones de los jubilados. Eso significa que los niños de hoy crecen para mantener a los padres de todos, no solo a los suyos, pero cada uno de los padres siguen absorbiendo la inmensa mayoría de los costos de criar a sus hijos. Esto coloca a quienes son padres en una situación de desventaja económica en comparación con quienes tienen menos hijos o no los tienen.
El resultado final: a medida que los países se hacen más ricos, la crianza de los hijos pasa de ser una forma de ahorrar para la jubilación y estar mejor económicamente a ser un obstáculo para el bienestar económico.
Incluso los Estados de bienestar más generosos hacen muy poco por solventar esos costos. Los países nórdicos, famosos por sus guarderías y permisos de maternidad subvencionados, por ejemplo, tienen en realidad algunos de los costos de crianza más elevados de Europa, una vez que se tienen en cuenta el tiempo de los padres y los gastos de su propio bolsillo.
Por supuesto, ser padre no es estrictamente una decisión económica. Los hijos aportan alegría y significado, y los lazos afectivos entre un padre y un hijo, o entre hermanos, se encuentran entre las relaciones humanas más gratificantes. Pero incluso los padres más cariñosos y dedicados están sujetos a la realidad económica.
Aunque tengan uno o dos hijos, pueden decidir no tener más, porque quieren a los que ya tienen y desean darles la mejor vida posible. Esto podría explicar por qué más de tres quintas partes del descenso de la natalidad se debe a que la gente tiene menos hijos, no a que decida no tenerlos, según un artículo preliminar reciente.
¿El problema o la causa?
Para quienes creen que las mujeres deben volver a los roles de género tradicionales, el descenso de la fertilidad se ha convertido en una forma cómoda de argumentar que la participación de la mujer en la fuerza de trabajo es una amenaza para la supervivencia de la humanidad. Pero la realidad, como era de esperar, es más compleja.
Claudia Goldin, economista de Harvard que ganó el Premio Nobel en 2023 por sus estudios sobre la mujer en el mundo laboral, descubrió en un artículo preliminar reciente que las tasas de natalidad han descendido de forma especialmente pronunciada en países como Japón, Corea del Sur e Italia, donde el crecimiento económico envió rápidamente a más mujeres al mundo laboral, pero las actitudes de género no consiguieron adaptarse a ese cambio. En esos países, las mujeres empezaron a trabajar más horas fuera de casa, pero los hombres no se ocuparon más de las tareas domésticas o del cuidado de los hijos, y dejaron a las mujeres con una doble carga muy pesada.
En esa situación, escribe Goldin, "las mujeres deben reducir algo", y ese algo resultó ser los hijos. En Corea del Sur, por ejemplo, las tasas de fertilidad cayeron en picada, al pasar de un promedio de seis hijos por mujer a finales de la década de 1950 a solo 0,75 en 2024, la más baja del mundo.
En los países donde el crecimiento fue más lento, como Estados Unidos, Dinamarca, Alemania y el Reino Unido, las tasas de fertilidad siguieron cayendo, pero nunca tanto. Se estabilizaron en torno a los 2 hijos por mujer durante décadas, y llegaron por debajo del reemplazo solo en los años más recientes. Goldin argumenta que el crecimiento más lento en estos países permitió tener más tiempo para que se adaptaran los roles de género, y la brecha de género en el trabajo doméstico se estrechó, aunque no se cerró, lo que condujo a un descenso más lento de las tasas de natalidad.
Escasez y fertilidad
Muchos padres que trabajan dirán que a menudo tienen la sensación de que simplemente no hay suficiente tiempo, o dinero, para hacerlo todo: una condición de perpetua escasez.
Esto contrasta fuertemente con El cuento de la criada y otras distopías ficticias, en las que las propias mujeres fértiles son el recurso escaso.
"En los totalitarismos —o, de hecho, en cualquier sociedad fuertemente jerarquizada—, la clase dirigente monopoliza las cosas valiosas, por lo que la élite del régimen se las arregla para que se les asignen mujeres fértiles como criadas", escribió Atwood en una introducción a su libro en 2017.
Un hilo conductor similar recorre Niños del hombre, en el que el control sobre una mujer milagrosamente embarazada se convierte en una cuestión de vida o muerte. Y en Exterminio, dos mujeres que sobreviven a un virus zombi caen en una trampa tendida por soldados malévolos para repoblar la raza humana. "Les prometí mujeres", dice su comandante. "Porque las mujeres son el futuro".
En el mundo real, sin embargo, la relación entre estatus, escasez y crianza es más ambigua. Las familias numerosas son muy caras, por lo que pueden ser un poderoso significante de riqueza. Pero para la mayoría de las personas, tener varios hijos hace que otras formas de estatus sean más difíciles de conseguir y mantener. Con más hijos, es más difícil lograr el tipo de éxito profesional que conduce a la aclamación, o pagar una casa en un barrio agradable (o cualquier casa), o la matrícula de la universidad o la escuela.
Resulta que la consecuencia de esa dinámica no es una distopía, como en la novela de Atwood, sino una sensación de renuncia silenciosa y declive constante. Las familias numerosas se hacen más pequeñas. Dos hijos se convierten en uno, o en ninguno.
Por: Amanda Taub, The New York Times.
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