Ojos que no ven, corazón que no siente

por Sandra Lustgarten 26 Enero de 2025
26 Enero de 2025
Ojos que no ven, corazón que no siente
Ojos que no ven, corazón que no siente

Cuando cursa una infidelidad en el ámbito de una pareja y la opción que se toma, para no sufrir o para evitar decisiones irreversibles, es “mirar para otro lado”, en esos casos es imposible desglosar o definir la emoción de la traición, la intensidad del dolor se mide de diferente forma.

Una noticia como esta arremete de forma intensa en la vida de uno de los dos miembros que forman la pareja, siendo uno la víctima y el otro el victimario, roles que definen una forma de vincularse. Mejor hacer de cuenta que no sé nada, dice la víctima, ensordeciendo el dolor del alma, y explica mejor para autoconvencerse “no querer enterarme no es no darle importancia a ciertos efectos que impactan en mis emociones”, y así se transforma en intransitable el dolor, tal como sucede en quienes bloquean la emoción, lejos de descubrir los silencios, las miradas lejanas, los miedos que nos atravesaban.

No hay discursos programados para el adiós, nada más desalentador que el miedo a perder toda batalla, competir por amor, o suplicar ser amado. Ser infiel es una manera de gritar que no se está conforme, comenta un hombre que viene con su pareja a sesión, que algo no se advierte en ese juego de letras que no forman una palabra, sino dudas complejas en el ámbito de un lenguaje desigual, la lucha por salvarse cada uno a sí mismo antes de tocar fondo, claro, sin pensar en las consecuencias, aclara.

Si hubiéramos hablado a tiempo y nos hubiéramos acoplado uno al otro, dar forma a los deseos del otro, sin privarnos las ganas de sentir y descubrir la lujuria y el placer del sexo por sí mismo, y no obligado porque debe suceder para que no descubras que te engaño. Mientras ella menea la cabeza, él continúa soñando en como debió ser, y que la vida no se detenga en el ruido agotador de los hijos y las tareas de todos los días, las responsabilidades y obligaciones, que no dan lugar y libertad a los espacios de la intimidad de la pareja.

Nos convertimos en quienes no somos, en quienes debíamos ser para que la sociedad nos acepte, despertar en el otro la curiosidad morbosa, un talento de pocos, una manera de sentir el riesgo que amenaza la vida amorosa y motivar el deseo perdido.

La infidelidad es una forma de pedir auxilio, le dice él mientras espera mi aprobación, es una manera de despertar en el otro la pregunta que abre y descubre el misterio, la respuesta a tantas noches de apatía sexual, o por qué dormir para el otro lado. Mejor guardar silencio y no expresar lo que falta para que me hagas volver a sentir magia, que despiertes en mí el deseo de buscarte y que nos acoplemos en un mismo lenguaje bailando a ritmo la misma música.

Hoy me quedé en la filosofía de varias parejas que se ahogan en la tristeza de una emoción que no se siente, del punto de atracción que ya no existe. Reencontrarse en forma misteriosa y dar lugar a las ganas o el deseo de tocarse, explorarse, de hablar ese lenguaje común que lleva al buen sexo.

Fui infiel porque así logré llamar su atención, me explica a mí como si fuera a darle el alta, y esperé sentir el dolor para aclarar mis sentimientos hacia ella.

Es así como algunas parejas definen conductas que sin querer queriendo desplegaron en sus vidas, alterando metas, modificando objetivos, destruyendo proyectos y difundiendo un nuevo estilo de vida en relación.

Algunas se quedan donde no quieren estar, tal vez por el que dirán, o para no dar lugar a malos entendidos, perder a los hijos o el estatus económico adquirido. Otros sienten que viven dos vidas siendo infieles y se conforman de esa manera.

Y en este profundo recorrido, en cuanto al camino para descubrirse, ser más mujer en brazos de otro hombre, o ser más potente en la cama con otra mujer. Es en esta nueva filosofía ajena al propio aprendizaje que algunos hombres y mujeres muestran que su interior se desvela y que despliegan conductas que jamás había, conductas que fueron respuestas a emociones percibidas que lamentablemente no se pusieron sobre la mesa para evitar el engaño.

Algunas de estas parejas logran crecer en este modelo comportamental y descubren lo que sienten cuando pierden lo que expusieron. Encontrar respuestas a través del acting y darse cuenta de que el sexo amoroso es más intenso y que da mejores resultado que el impulso. Aunque otras parejas aseguren que lo transgresivo es lo que al final del camino supera toda emoción amorosa. La fantasía por encima del amor.

Después de que el dolor de la traición se expresa, los silencios agotan las miradas Las promesas de paz y tranquilidad es común en estas parejas buscando un tiempo de calma. Agotar todos los caminos es dibujar una forma de encuentro en tantos desencuentros y conocer más los límites de cada uno.

Algunas parejas dejan de mirar, ven, pero no miran, no buscan la verdad, siguen ocultándose entre mentiras, los miedos, prejuicios, ignorando el daño que se producen.

La vida íntima habilita diferentes formas de jugar los deseos prohibidos, y no hay nada malo en dejarlos que cursen, aquellos que nunca dejaron que se expresen las fantasías deben tener confianza y dejarse llevar.

Cuando podemos desear y explorar esos deseos, incursionando en las fantasías del otro, abrimos un espectro de posibilidades que puede ser que alimente, potenciando el sexo como un buen estímulo creador de nuevas formas de expresión.

“Ojos que no ven, corazón que no siente”, no es el consuelo de unos pocos sino, la barrera que se opone en el corazón de una pareja que no sabe cómo comunicarlos vacíos. No existe un vínculo sano que se apoye en una buena comunicación, que aclare estereotipos, prejuicios y falsas creencias, lo cual enferma la relación.

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