El desarrollo personal, el entrenamiento espiritual, expansión de consciencia, implican, en mi opinión, esencialmente:
Observarme, poner la mirada en mis comportamientos, modos de reaccionar, emociones recurrentes, dinámicas en las que caigo y recaigo, tal vez repitiendo patrones familiares.
Preguntarme de dónde viene esto, cuándo, de quién, cómo y para qué bueno lo aprendí. A quién estoy siendo leal haciendo o sintiendo de esta manera, reaccionando así o generándome estos estados emocionales.
Reconocerme, aún con todo lo que cuesta, aceptar que todo lo que vivo, experimento, y la lectura que hago de eso, es absolutamente mío, teñida de profundas lealtades a mi sistema, las conozca o no.
Cuestionarme, lo más amorosamente posible, para poder salirme del victimismo, dejar de mirar al otro y hacerme responsable de encontrar nuevos modos y miradas.
Integrarme, aceptar esos aspectos que no me gustan de mí, que rechazo, sabiendo que si puedo abrazarlos y reconocerlos en mí, no solo no los proyecto afuera, sino que amplío mis posibilidades de consciencia, de acción, de bienestar y de paz interior.
Puedo hacer mil cursos, un millón de constelaciones, 100 años de terapias, Tarot, Reiki, y cuantas hermosas posibilidades hoy tenemos a mano. Pero si no me miro, todo lo otro es en vano, cayendo en la soberbia espiritual, creyendo que ya está, “lo tengo trabajado”, como decimos a veces, argumento ideal para seguir mirando a otros y abandonar nuestro compromiso con la propia observación.
Dejo por acá un abrazo enorme y la invitación a compartir vuestras percepciones y opiniones.