Salud pública e IPS con los mismos síntomas : corrupción, abandono y desidia oficial

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Paraguay atraviesa una de las crisis sanitarias más profundas y dolorosas de su historia reciente. En las últimas semanas, las denuncias se han multiplicado y ya no pueden ser ignoradas ni relativizadas como hechos aislados. Los reclamos abarcan tanto al sistema de salud pública como al Instituto de Previsión Social (IPS), dos pilares que, en teoría, deberían garantizar atención digna y oportuna, pero que hoy fallan de manera sistemática.

Negligencia médica, falta de atención a tiempo, carencia de medicamentos básicos, largas esperas en urgencias, muertes evitables por ausencia de equipamientos y reiterados casos de mala praxis conforman un escenario alarmante. No se trata de situaciones excepcionales ni de cuadros clínicos complejos: personas con afecciones tratables mueren por no recibir atención adecuada o por la falta de insumos mínimos. Detrás de cada denuncia hay una historia de abandono gubernamental.

El colapso no distingue entre hospitales públicos ni centros del IPS. Este último, aunque es un organismo autónomo, no ve respetada su autonomía, y sufre mala administración y deficiencias en la dirección médica, que afectan directamente la atención a los asegurados. Millones de trabajadores aportan por ley al IPS esperando recibir servicios eficientes y completos, y sin embargo siguen enfrentando turnos postergados, cirugías suspendidas, falta de medicamentos y equipos obsoletos, a pesar de que se trata de una entidad solvente. Lo que debería ser un derecho garantizado se ha convertido en una prueba diaria de abandono y mala gestión.

La situación de la salud pública es todavía más crítica. La política estatal deja claro que no es prioridad para el Gobierno: hospitales colapsados, carencia de insumos, infraestructura precaria y falta de inversión son la norma. La vida de los paraguayos sigue subordinada a decisiones políticas y clientelismo, mientras la salud pública sigue ausente de la agenda gubernamental.

A esta crisis estructural se suma la falta de empatía denunciada por los propios pacientes y familiares. En muchos casos, refleja el agotamiento extremo del personal de salud, sometido a jornadas extenuantes, salarios bajos, contratos precarios y condiciones laborales indignas. Médicos, enfermeros y técnicos también son víctimas de un sistema colapsado que los expone y desgasta.

Lo más grave es que, pese a la reiteración de tragedias y reclamos ciudadanos, no se observan cambios de fondo ni señales claras de voluntad política para revertir esta situación. La desidia oficial frente a la crisis sanitaria es evidente y preocupante.

Resulta imposible no cuestionar la asignación de recursos públicos. Mientras hospitales carecen de medicamentos, camas o equipos básicos, el presupuesto nacional se diluye en planilleros, obras inconclusas o fantasmas, y millonarios salarios destinados a familiares y amigos del poder. La salud, una vez más, queda relegada.

Invertir en salud pública y en el IPS no es una opción ni un favor: es una obligación legal, social y moral del gobierno. Cada guaraní mal administrado, cada hospital abandonado y cada reforma postergada tiene un costo humano irreparable. La crisis sanitaria en Paraguay no es producto del azar, sino el resultado de años de abandono, mala gestión y falta de decisiones firmes.

El país necesita con urgencia poner orden y marcar un punto final a esta situación: transparencia, inversión real en infraestructura, salarios dignos para el personal y una gestión que priorice la vida por encima de intereses políticos. Seguir mirando hacia otro lado equivale a condenar a más paraguayos —asegurados o no— a enfermar y morir en un sistema que debería cuidarlos, pero que hoy los abandona.