Análisis

Que la gobernanza criminal nunca sea la alternativa en el país

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El avance de las organizaciones criminales en Paraguay ya no puede explicarse solo como un problema de seguridad pública. Se trata de un fenómeno político, institucional y territorial que crece a la sombra del poder, aprovechando vacíos del Gobierno y una alarmante tolerancia frente a la impunidad. El aumento sostenido de la violencia no es un hecho aislado ni coyuntural: es la manifestación visible de un proceso más profundo de debilitamiento del imperium estatal.

Las organizaciones criminales no emergen en el vacío. Se consolidan allí donde los gobernantes se ausentan, donde la ley se aplica de manera selectiva y donde la autoridad pública pierde capacidad real de control. En esos espacios, el crimen organizado no solo disputa territorio, también impone reglas, administra violencia, recauda recursos y construye lealtades. Así se configura lo que hoy muchos analistas ya denominan un gobierno criminal, un poder paralelo que opera con lógica propia y vocación de permanencia.

Para que ese poder se consolide, la impunidad es un requisito indispensable. No se trata únicamente de delitos no esclarecidos, sino de un sistema que falla en sancionar responsabilidades políticas, policiales y judiciales. Cada crimen que queda sin castigo no es solo una derrota del sistema penal: es una señal de permiso. Y ese permiso, repetido en el tiempo, se transforma en incentivo para escalar en violencia y control territorial.

A este escenario se suma la fragmentación y polarización política, que impiden definir y sostener políticas nacionales coherentes. La falta de unidad de criterios entre los poderes y niveles de gobierno vuelve errática la implementación de programas de seguridad y justicia. En ese vacío, actores locales —municipales o departamentales— establecen alianzas al margen del gobierno nacional, priorizando ventajas electorales inmediatas. Estas prácticas no solo erosionan la gobernabilidad, sino que comprometen la soberanía y degradan la democracia al subordinar el interés público a lógicas de corto plazo.

Uno de los factores que sostienen este fenómeno está siendo explorado por la literatura reciente bajo el concepto de gobernanza criminal. Este enfoque académico —que ha venido desarrollándose con estudios comparados a nivel regional— define esta gobernanza no solo como la presencia de grupos delictivos, sino como la capacidad de esos grupos para establecer reglas, orden social y regulación de la vida cotidiana en áreas concretas donde un Gobierno es débil. En varios países de América Latina, desde zonas urbanas periféricas hasta espacios rurales, encuestas y análisis muestran que un significativo porcentaje de la población percibe que estas estructuras "proporcionan orden" ante la ausencia pública, contribuyendo a su consolidación sociopolítica. Esa evidencia subraya que la gobernanza criminal no es sólo violencia desorganizada, sino un fenómeno con lógicas propias y dinámicas de sustitución del Estado.

Uno de los aspectos más preocupantes es la infiltración sistemática del crimen organizado en los estamentos del poder, especialmente en la política. El financiamiento de campañas, el uso de estructuras partidarias como cobertura y la captura de decisiones públicas forman parte de un entramado que erosiona la democracia desde adentro. No es un fenómeno nuevo en la región, pero sí uno que Paraguay parece haber subestimado peligrosamente.

La debilidad —o directamente la ausencia— de una respuesta operativa eficaz por parte del sistema policial y judicial agrava el escenario. La falta de investigaciones profundas, la ausencia de inteligencia efectiva para el combate y neutralización al crimen organizado; y la fragmentación institucional refuerzan la percepción de que no existe la capacidad o la decisión para enfrentar a estas estructuras.

En este contexto, el Gobierno parece renunciar, de hecho, a su función esencial: ejercer el monopolio legítimo de la fuerza, cuando este no ocupa el territorio, otros lo hacen. Cuando no administra justicia, otros imponen castigos. Cuando no garantiza seguridad, el crimen ofrece orden a su manera. Esta renuncia implícita no es neutra: fortalece a quienes buscan sustituir al Estado, no desde la legalidad, sino desde el miedo.

El departamento Central es hoy un síntoma alarmante de este proceso. La escalada de hechos violentos, el control de zonas por bandas y la normalización de la inseguridad configuran un escenario que recuerda experiencias ya conocidas en la región. Brasil y Rosario, en Argentina, son ejemplos de lo que ocurre cuando el crimen organizado deja de ser un problema marginal y se convierte en actor estructural del poder.

La pregunta ya no es si Paraguay enfrenta un riesgo, sino qué tan avanzado está ese proceso y cuánto margen queda para revertirlo. Combatir al crimen organizado requiere algo más que operativos esporádicos: exige liderazgo político, depuración institucional, control del financiamiento político y una estrategia integral de seguridad y justicia. Sin decisión en la cúspide del poder, cualquier esfuerzo será insuficiente. Fortalecimiento institucional ; reforma policial e independencia judicial

El avance del gobierno criminal no es inevitable, pero sí es consecuencia directa de la inacción y la complicidad. Recuperar el control implica asumir costos políticos, romper pactos silenciosos y restituir la autoridad de la ley con el fortalecimiento institucional, reforma policial e independencia judicial. Si el poder legítimo no ocupa su lugar, otros lo harán. Y cuando eso ocurre, la democracia deja de ser una garantía y se convierte en una formalidad vacía.