Análisis

Paraguay y el segundo grado de inversión: el desafío de aprovechar el viento a favor

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Paraguay volvió a recibir una señal positiva del mercado internacional con la obtención de su segundo grado de inversión, ratificando estabilidad macroeconómica, previsibilidad fiscal y capacidad de pago. No es un dato menor: para los inversores globales, una calificación de este nivel equivale a una declaración de "seguridad de inversión", es decir, un país confiable para el destino de capitales a largo plazo. Sin embargo, como ocurre con todo logro macroeconómico, el verdadero desafío empieza después de obtener esta nueva y optimista calificación. 

El grado de inversión implica una menor percepción de riesgo país, acceso a financiamiento con tasas más bajas y una ampliación del universo de fondos internacionales que analizan la posibilidad de invertir en Paraguay. Fondos de pensiones, aseguradoras y grandes gestores de activos —que por norma solo operan en países con investment grade— ahora miran a nuestro país con otros ojos. Esa es la lógica detrás de la calificación: premiar disciplina fiscal, crecimiento sostenido y estabilidad institucional relativa. 

Paraguay obtuvo su primer grado de inversión en 2024, tras años de orden macroeconómico, baja inflación, reglas fiscales claras y un sistema financiero sólido. El segundo, refuerza esa trayectoria y envía un mensaje de continuidad, algo especialmente valorado en un contexto regional marcado por volatilidad, giros bruscos de política económica y crisis recurrentes. En ese mapa y contexto, el Paraguay se convierte en una excepción.

Otro elemento que sostiene esa percepción es la fortaleza de nuestra moneda- el guaraní- con más de 80 años de historia sin devaluaciones, resistiendo los embates y shocks externos, sin perder credibilidad interna. Pocas economías de la región pueden mostrar una moneda estable, con bajo nivel de dolarización y confianza social sostenida en el tiempo. Sin embargo, hay una paradoja evidente e inexplicable: dentro del Mercosur, el guaraní sigue siendo una moneda secundaria en el comercio intrarregional. Paraguay tiene estabilidad monetaria, pero no poder de negociación suficiente para imponer su moneda en intercambios regionales. El lobby por el uso y los pagos en guaraníes se mantienen como tarea pendiente. 

Ahora bien, el punto central no está solo en los mercados ni en las finanzas públicas: la ciudadanía necesita empezar a percibir este logro en su economía cotidiana. El grado de inversión debe traducirse en más empleo formal, menores tasas de crédito, mayor inversión productiva y sobre todo alivio en la canasta familiar. Si lo macro no permea en lo micro y no se convierte en mejora real de la calidad de vida y los ingresos de la gente, el reconocimiento internacional se vuelve abstracto y políticamente frágil; se anuncia, pero no se siente, y la gente termina mirando la fiesta desde afuera, sin ser parte de ella. 

Sectores como infraestructura, energía, agroindustria, manufactura y servicios logísticos aparecen entre los sectores beneficiados por esta nueva calificación. La expectativa es que lleguen inversiones de mayor escala y a más largo plazo. Pero eso no ocurre de manera automática. La experiencia regional lo demuestra con claridad; por ejemplo, Chile, durante sus mejores décadas, supo utilizar el grado de inversión no solo para atraer capital, sino también para incorporar conocimiento, know-how, estándares de gestión de calidad, tecnología y capacidades productivas que elevaron la complejidad de su economía. Cuando ese proceso se desacopló de una mejora percibida en la calidad de vida y de una distribución más equitativa de sus beneficios, el modelo empezó a mostrar fisuras y a deteriorarse. 

Ese antecedente es clave: el capital sin conocimiento genera crecimiento; el capital con know-how genera desarrollo. Para que el grado de inversión sea verdaderamente transformador, Paraguay debe apuntar a inversiones que formen talento local, transfieran capacidades, integren a proveedores nacionales y generen cadenas de valor que alcancen a más sectores de la población. De lo contrario, el beneficio quedará concentrado en pocos segmentos, reforzando brechas existentes y desaprovechando una oportunidad histórica. 

Esto exige una administración gubernativa que ejecute, que pague a tiempo, que reduzca retrasos y gastos innecesarios, y que convierta la confianza externa en dinamismo interno, con transparencia y previsibilidad. Si no, el grado de inversión convivirá —como ya ocurre— con demoras y cuellos de botella que restan competitividad y que, con el tiempo, erosionan la confianza obtenida. 

En el plano macroeconómico, el punto que merece atención es la deuda externa, Paraguay sigue estando en niveles manejables en comparación regional, pero el acceso a financiamiento a mejores tasas y plazos, no debe convertirse en una invitación a endeudarse sin una estrategia clara, y menos aún sin políticas públicas definidas. El grado de inversión no es una licencia para aumentar el gasto público, sino una responsabilidad mayor para invertir responsablemente y mejor. Cada dólar asumido debe traducirse en inversión eficiente: generación de empleo, aumento del consumo y el ahorro, infraestructura productiva, mejora de los servicios públicos y retorno social a
través de políticas claras, predecibles e inclusivas. 

También es clave evitar una lectura triunfalista. El grado de inversión no resuelve por sí solo problemas estructurales como informalidad, desigualdad territorial, debilidad institucional o deficiencias en la gestión pública. Lo que hace es crear mejores condiciones para enfrentarlos. Si ese margen no se aprovecha, el reconocimiento puede diluirse y perderse tan rápido como llegó. La historia de latinoamérica está llena de ejemplos. 

El segundo grado de inversión coloca a Paraguay en una posición privilegiada en un contexto regional inestable, pero también lo expone a un mayor nivel de exigencia y escrutinio. Los mercados ya hicieron su parte al validar el rumbo macroeconómico; ahora la responsabilidad es enteramente nuestra y, en particular, del Gobierno Nacional. Si este logro convive con una gestión pública mediocre, corrupción, inseguridad jurídica, endeudamiento sin impacto - positivo- social y una economía que en el día a día de la ciudadanía no mejora, el reconocimiento pierde sentido y
credibilidad. Paraguay va obteniendo prestigio y reputación; ahora debe sostenerla con gestión pública de calidad. De lo contrario, estaríamos desperdiciando una oportunidad excepcional de convertir - el viento a favor- en desarrollo real e incluyente, después de tantos años de esfuerzo y espera en ser destino de inversión del capital internacional.