El último sapukái

El último sapukái

Para el asunceno es normal enfrentarse al rostro de la pobreza, cada día  a lo largo de su jornada: en forma de gente desgraciada por la existencia, que intenta matar el hambre de toda una vida con monedas cedidas a ellos, en algún semáforo o esquina capitalina, con desganas por parte de los ciudadanos abotagados en sus propias luchas diarias y profundamente indiferentes ante ese espectáculo que por tan visto, simplemente ya no se ve.

En esta semana, las calles vieron pasar, ya no de manera aislada en esquinas y semáforos, a un grupo de gente similar, que al ritmo de sus sapukái irrumpían en la aletargada monotonía asuncena, gente a la cual el sol esculpió arrugas indelebles cuando sostenían sus azadas, gente, alguna con la mirada de los mil metros de la desesperanza y otras con el ceño fruncido por una secular rabia fruto de generaciones de abandono. Las más, sosteniendo en alto unos palos que, ellos dicen, son “símbolos” de su clase, de sus luchas, pero que para el resto son la personificación de una voluntad de lucha y una latente amenaza de una violencia que ya no es tolerada. El fondo de su lucha puede ser comprendido, pero la forma, bajo amenaza de velada violencia, no puede ser aceptada.

Sus eslóganes y sapukái, justos por de más, ante la mirada ajena de quienes son interpelados por ellos -el resto de la ciudadanía- se desdibujan y pierden fuelle bajo la sombra de esa intimidación.

Pero la verdad sea dicha, este año, no hubo grandes conatos de violencia que lamentar, ya sea por el genuino espíritu pacifista de los reclamos o por perdida de fuerza de su convocatoria. Los cascos azules se aburrieron, los hidrantes no vaciaron su panza y doña María pudo ir al súper sin fijarse mucho en esa gente extraña que llenaba las calles, y dicho sea de paso, muchas menos calles que años anteriores.

Lo cual nos trae al verdadero quid de la cuestión: esta es la trigesimoprimera vez que marchan sobre Asunción para presionar al gobierno por la solución de sus problemas. Treinta y un años es mucho tiempo, más de una generación, un tercio de siglo ha pasado desde que comenzaron con su abierta lucha por sus reiniciaciones.

La pregunta válida para algo así sería: ¿Qué se ha logrado? Pues si vamos a los hechos y vemos que continúan reclamando una “reforma agraria”, tierras, etc., alegando el abandono y el que sigan existiendo, según ellos, trescientos mil campesinos sin tierra,  no nos da un buen panorama en el balance del debe y el haber. Si a eso le sumamos que la pobreza en el campo es de casi el 35%, más de tres de cada diez personas, y que la pobreza extrema, la miseria, es de poco más del 10%, ya podríamos ir rezando un rosario por esos prójimos. Y que conste que para no espantar aún más al lector, obviaremos datos más puntuales de las zonas verdaderamente castigadas por la miseria, como lo serían los departamentos de San Pedro y Caazapá.

Con todo esto no se pretende sacar el rol ni la responsabilidad protagónicos del gobierno como hacedor o perpetuador de esta desgracia con la que conviven centenares de miles de compatriotas, pero sí señalar un hecho: Lo, hasta ahora, ineficaz de las marchas.

Si bien no podemos obviar la realidad de la represión como forma de detener esos gritos por el cambio: bastan los ciento treinta líderes campesinos asesinados en todo este tiempo como faro de advertencia de que el gobierno no solo no los escucha, que también los calla, no con argumentos, sino con balas y sangre. Tampoco se puede obviar la incapacidad de los liderazgos campesinos de convertir su lucha en una verdadera cruzada que importe al resto de la ciudadanía, o incluso, el que tal vez la propia mala fe de algunos use las luchas de sus prójimos, no para exigir cambios, sino para tranzar bajo el poncho ciertos beneficios personales, al costo de desarticular sus reclamos y dejar colgados en el precipicio a los suyos.

Hoy, no solo vemos esa falta de resultados, sino la pérdida de fuerza de los reclamos que tendrían que ser el motor que impulse dichos resultados. Entramos en un círculo vicioso: reclaman porque no hay resultados, la falta de resultados fue horadando su capacidad de reclamar y la falta de capacidad de reclamar, apuntala al gobierno a la hora de hacer oídos sordos a esos reclamos, lo cual nos lleva de vuelta a esa falta de resultados.

Ante esto, la consecuencia solo puede ser una: el empeoramiento de las condiciones de la vida campesina, con todo lo que implica: perdida de la agricultura familiar, pobreza, migración, avance de la agricultura mecanizada, aumento del poder del modelo agro exportador, degradación de la independencia alimentaria del resto del país, formación de cinturones de pobreza, delincuencia, etc.

Las marchas de protestas, son un capital que deben de ser cuidados por los interesados, son un instrumento fundamental del régimen democrático para forzar cambios necesarios. Estas amplifican las voces, producen presión social y política, construyen solidaridad y conciencia colectiva y el mayor apoyo le provee de legitimidad a dichos reclamos.

Por eso los números son importantes, demuestran la importancia de lo exigido y si no se tienen estos es un menoscabo a la lucha, y eso es lo que vimos en estos días y podríamos decir que en los últimos años: la paulatina degradación de las marchas campesinas hasta convertirse en eventos casi anecdóticos. Podemos discutir la cantidad de miles de participantes, unos miles menos, unos miles más, pero lo indiscutible es que cada vez son menos.

Ni siquiera el oportunismo de la oposición que se plegó en un intento de apuntalarla ha logrado aportar mucho e inflar el fenómeno, quedando ellos también mal parados, huérfanos del apoyo del resto de la comunidad. Ni siquiera el que se hayan plegado ochenta y seis organizaciones sociales, la mayoría ajenas al campo, ha conseguido mucho.

Lo cual es lamentable, pues muchas de las demandas escapaban a los exclusivos intereses campesinos, pues también apuntaban a temas que deberían de importar a cualquier paraguayo de bien. Problemas estructurales que hacen el día a día de un gobierno que no cumple, desde el reclamo contra el nepotismo, que es una cachetada contra la trasparencia de las instituciones y la meritocracia que debería regir al aparato gubernamental, hasta  al más nuevo escándalo de los pupitres de oro.

Se está perdiendo fuerza y con ello la esperanza del cambio que implique mejora.

Hace treinta y un años que llevan marchando y poco se ha logrado, hace treinta y un años que son ignorados, hace treinta y un años y cada día están más débiles, desgastados y con menos esperanzas, ante un gobierno prevaricador, una oposición impotente y una ciudadanía indiferente, porque no hay cosa más invisible que aquella que se ve siempre. El sapukái de los herederos de los mensúes se va apagando, en realidad, en treinta y un años, nadie lo escuchó.