Davos y el arte del golpe blando

Con honestidad y una mirada crítica, debemos reconocer que Paraguay aún tiene una presencia limitada en los grandes espacios de diálogo global, pese a avances concretos en los últimos años. Aunque las percepciones populares pueden asociar al país principalmente con desafíos internos —desde temas de seguridad hasta problemas de gobernanza— lo cierto es que la realidad económica muestra señales de que Paraguay está ganando relevancia internacional. Según datos del Banco Central del Paraguay, el flujo neto de inversión extranjera directa (IED) alcanzó USD 931 millones en 2024, cifra que representa un incremento de 15 % respecto al año anterior, incluso cuando en la región los flujos globales han sido menos dinámicos.

Este resultado se produjo en un contexto regional donde América Latina y el Caribe experimentaron una disminución de los flujos de inversión, y sin embargo Paraguay logró sostener un crecimiento sostenido, reflejando confianza de inversionistas en sectores clave como comercio, manufactura y servicios financieros. Más de 1.000 empresas extranjeras expresaron interés en invertir en el país en 2024, lo que indica un atractivo creciente del mercado nacional para capitales globales.

Pese a estos avances, la inserción efectiva de Paraguay en espacios donde se construyen agendas económicas y políticas globales sigue siendo insuficiente. En un mundo interdependiente, estos logros en inversión y apertura comercial no bastan si el país permanece ausente de los principales foros donde se discuten tendencias, alianzas estratégicas y decisiones que impactan la economía global.

Contrario a la invisibilidad de Paraguay, todos conocen el Foro de Davos, aunque pocos comprenden con precisión qué es y qué no es. En un clima global marcado por desinformación y sospechas permanentes, algunos presentan al Foro Económico Mundial como una especie de "gobierno planetario en las sombras". Esta caricatura ignora un hecho esencial: Davos es un evento público, ampliamente cubierto por la prensa internacional, con debates transmitidos, documentos accesibles y resultados publicados. No hay secreto alguno en un foro seguido por cientos de periodistas de todo el mundo.

Dejemos de lado el mito y concentremos la atención en la naturaleza real del Foro. Davos no gobierna, no legisla ni adopta decisiones vinculantes. Su influencia no proviene del poder formal, sino de algo mucho más sutil y determinante en el mundo contemporáneo: el poder blando. Es un espacio donde se intercambian ideas, se contrastan diagnósticos y se alinean prioridades entre actores que, fuera de allí, sí tienen capacidad de decisión efectiva. En un sistema internacional interconectado, estos ámbitos pesan tanto o más que muchas cumbres oficiales.

El carácter exclusivo del foro no debe interpretarse como elitismo vacío, sino como una consecuencia directa de su alto perfil. La participación no es automática ni garantizada, incluso para jefes de Estado. La invitación depende de criterios de relevancia temática, oportunidad política y proyección estratégica. Por ello, Davos no es una reunión protocolar, sino un espacio para observar tendencias, anticipar escenarios y leer los vectores globales que luego influyen en políticas públicas, inversiones y decisiones empresariales.

Comprender esto permite dimensionar la importancia de la presencia de Paraguay en foros de este tipo. Reducir esta participación a frivolidad o distracción de problemas internos es caer en una falsa dicotomía. Un Estado moderno no puede limitar su gestión al plano doméstico; debe actuar simultáneamente en múltiples niveles, incluyendo el internacional, que también forma parte de nuestra realidad. Para países pequeños y de poco peso, la inserción internacional no es un capricho, sino una necesidad vital. El aislamiento no protege la soberanía; la debilita. En un entorno global competitivo, quienes no se presentan, no existen. Y quienes no existen, no son considerados ni reciben inversiones. Davos funciona, entonces, como una vitrina privilegiada para países como Paraguay, que deben esforzarse el doble para ser vistos y escuchados.

La visibilidad que ofrece Davos no es solo simbólica: puede capitalizarse en oportunidades de inversión, financiamiento y cooperación. Para que esto sea efectivo, debe apoyarse en una narrativa nacional coherente y creíble. Paraguay cuenta con atributos reales: estabilidad macroeconómica sostenida, bajo nivel de conflictividad interna y regional, matriz energética limpia y competitiva, capacidad de provisión de alimentos a 80 millones de personas, recursos como el uranio y posición estratégica gracias al nuevo corredor bioceánico.

Uno de los puntos más relevantes es el sector energético, crucial en un contexto global marcado por la transición hacia fuentes limpias y la expansión acelerada de la economía digital y la inteligencia artificial. La energía confiable, abundante y de bajo impacto ambiental se ha convertido en un insumo geopolítico de primer orden. No sorprende que Paraguay participe activamente en debates sobre inversión en energía limpia, alineando sus ventajas comparativas más sólidas.

Los encuentros con organismos multilaterales, como el Banco Interamericano de Desarrollo, permiten consolidar la imagen de Paraguay como país previsible y confiable, lo que abre las puertas a financiamiento a largo plazo y mejores condiciones. Estos espacios también sirven para calibrar percepciones externas, evaluar la confianza en la política económica e institucional y comprender qué aspectos generan dudas.

Ahora bien, Davos no es la panacea; no resuelve problemas estructurales ni sustituye políticas públicas deficientes. Pero sí cumple una función clave: conecta, expone y prueba. Obliga a los países a mirarse desde afuera y sostener con hechos la imagen que proyectan. Las relaciones internacionales no se construyen solo con tratados formales, que a veces quedan atrapados en disputas políticas; también se construyen mediante señales, presencias sostenidas y consensos informales. Davos cumple una función relevante como espacio de validación y aprendizaje estratégico.

Participar en estos foros permite desarrollar capacidades fundamentales: lectura del contexto internacional, anticipación de tendencias, formación de cuadros técnicos y diplomáticos, y acumulación de experiencia en la interacción global. No son logros inmediatos, pero son pasos importantes.

Davos no convierte a Paraguay en protagonista del sistema internacional, pero evita algo mucho más costoso: la irrelevancia. En un mundo que avanza rápidamente, estar ausente equivale a renunciar a influir, incluso mínimamente, en decisiones que nos afectan. Por eso, sin grandilocuencia ni ingenuidad, la presencia de Paraguay en Davos es una señal de que el país existe y quiere ser relevante.