La institucionalidad por encima de la derecha o la izquierda

11 Noviembre de 2020
11 Noviembre de 2020
La institucionalidad por encima de la derecha o la izquierda
La institucionalidad por encima de la derecha o la izquierda

¡Eso es de izquierda!, ¡típico de derecha!, ¡el socialismo del siglo XXI!, ¡neoliberales!, son términos comúnmente escuchados cuando conversamos sobre la implicancia de una política pública, principalmente aquellas que giran en torno a lo económico. Incluso, hemos vistos a algunos referentes políticos, sociales, empresariales e influencers de redes sociales fijar posturas radicales hacia uno u otro sistema.

Ahora, ¿Debemos mover la economía en base a estos posicionamientos ideológicos? Sin entrar a discutir las múltiples ramas del pensamiento económico, ni entrar en detalles de estas, me gustaría reflexionar sobre las implicancias de generar políticas basadas en posturas extremas.

Adam Smith surgía como padre de la Economía como ciencia, a través de su obra “La riqueza de las naciones” publicada en 1776. En plena revolución industrial, Smith observó el comportamiento de la economía y postuló algunos principios. Esta ideología, por decirlo de alguna manera, postulaba al individuo como motor de la economía y al libre mercado como su fundamento.

Por otro lado, un hombre llamado Vladimir Ilich Uliánov conocido como Lenin, encabezaba a los bolcheviques a la Revolución de 1917 para destronar al Zar de Rusia, debido a la agonía que sufría la clase trabajadora. Como líder político basó las políticas económicas en el intervencionismo del estado siguiendo las ideologías de Karl Marx, buscando una sociedad igualitaria en base a una economía centralizada y la abolición de la propiedad privada.

Estar alineado a una u otra ideología determinó de qué lado estaba un país en la Guerra Fría, que enfrentó al bloque occidental capitalista liderado por Estados Unidos y al bloque oriental comunista liderado la Unión Soviética. Esto puso en estado de alerta al mundo entero y estuvo a punto de desembocar en una guerra nuclear, que alcanzó uno de sus picos más altos de tensión en octubre de 1962 con la crisis de los misiles nucleares soviéticos en Cuba.

Lo “común” se vio desbaratado cuando el mundo oriental comunista sintió la libertad de elegir entre comer lo granos producidos por sus países o comer unas hamburguesas producidas por marcas multinacionales. Los 80s comenzaban con lo que quizás era la victoria de la libertad individual como base ideológica de la economía con crecientes crisis en el bloque soviético que desembocaron en la caída del muro de Berlín mientras que, una vez desbaratada la Unión Soviética, Rusia se adentraba a un nuevo sistema de mercado. Sin embargo, las críticas asediaban a la brecha establecida entre ricos y pobres. Un punto de inflexión se produjo cuando de repente la libertad de los mercados cae por su propio egoísmo en el 2008 y la crisis financiera marcaba un punto en contra a sistemas con poca o mala regulación.

Podríamos discutir a profundidad esto y encontrar muchos puntos más a favor y en contra para uno u otro sistema económico. Esto ha llevado a que actualmente predomine la economía mixta como base de formación de políticas económicas, al punto que radicales de uno u otro lado han cambiado postura. En esta línea, ya he visto a políticos y académicos “liberales” clamar por más impuestos, como también he visto sindicatos que “luchan por lo común” pidiendo que el mercado se maneje sin regulaciones.

Los problemas cotidianos, como los recurrentes cortes eléctricos y de provisión de agua potable, llevan al discurso de que es hora de privatizar estos servicios, mientras que en contrapartida la falla en la distribución de tarjetas para el uso del transporte público hace pensar a muchos que dicho mecanismo siempre debió hacerlo el Estado. La solución de estas situaciones no pasa por ir a la izquierda o a la derecha, sino en buscar un mecanismo claro, transparente, enmarcado en una fortaleza institucional. Para qué sirve privatizar si no sabemos controlar o para qué sirve seguir estatizando todo si no sabemos planificar ni ejecutar. Ni lo uno ni lo otro es mágico. Privatizar, estatizar o una alianza de ambos debería ser el producto de planes bien diseñados, con metas e indicadores de seguimiento bien definidos, retribuciones y sanciones innegociables que se cumplen sin importar a quien afecten. Eso es construir instituciones.

Más que nunca tenemos el desafío de construir instituciones sólidas capaces de planificar, ejecutar, regular, ser transparentes y que puedan entender cuándo alzar, bajar o mantener impuestos, cuando concesionar un activo público y cuando no, o cuándo ajustar sistemas obsoletos, entre otros. La institucionalidad está por encima de la izquierda o derecha. Apuntemos a un desarrollo efectivo, ya Acemoglu y Robinson (2012) nos enseñaron que esto es clave para que no fracasen los países.

No cometamos el error de basarnos en algo que ya falló. No desviemos el problema de fondo. No podemos basar el rumbo de nuestros países en base al fanatismo ideológico. En lugar de eso construyamos instituciones sólidas, estables, respetables y efectivas.

(*) Investigación para el Desarrollo

https://desarrollo.org.py/

Twitter: @gari_py

Últimas noticias