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Juan Pablo Fernández: "Si no humanizamos lo digital, vamos rumbo a una democracia tercerizada"

Juan Pablo Fernández es abogado especializado en derecho digital, periodista, profesor universitario y activista por los derechos humanos en la era de la inteligencia artificial.

19 Abril de 2026
19 Abril de 2026
Juan Pablo Fernández.
Juan Pablo Fernández. Gentileza.

En un ecosistema público cada vez más atravesado por pantallas, algoritmos y datos, el nombre de Juan Pablo Fernández aparece en una encrucijada incómoda: abogado especializado en derecho digital, periodista, profesor universitario y activista por los derechos humanos en la era de la inteligencia artificial. 

Lo entrevistamos a fondo para entender cómo ve este momento histórico y qué riesgos —y oportunidades— tenemos por delante.

 ¿Quién sos cuando no estás frente a una cámara o en un estrado?

Soy, sobre todo, un ciudadano inquieto. Estudié Derecho para entender cómo se reparten el poder y las responsabilidades; me hice periodista para contar esas tensiones en voz alta; y me dediqué a la docencia porque descubrí que discutir con estudiantes es la mejor manera de no dormirse intelectualmente. Vengo de un país chico, con brechas enormes, y eso me vacuna contra la fascinación ingenua por la tecnología: cada nueva herramienta la miro con la misma pregunta incómoda: "¿Esto suma derechos o sólo embellece desigualdades?".

Te definís como experto en derecho digital y sociedad de la información. ¿Cuándo sentiste que el derecho "analógico" ya no alcanzaba?

El derecho empezó a quedarse corto el día en que nuestra vida se volvió un flujo constante de datos. Las categorías tradicionales —propiedad, privacidad, jurisdicción— se diseñaron para un mundo físico, de papeles, fronteras y distancias. Hoy tenés decisiones que afectan tu crédito, tu trabajo o tu salud tomadas por sistemas algorítmicos que operan en segundos, en servidores que no sabés en qué país están, con datos que nunca consentiste claramente. Ahí el derecho clásico colapsa: o se actualiza a la lógica de la sociedad de la información, o se vuelve un lindo adorno en bibliotecas.

Hablemos del "lado oscuro": ¿dónde ponés el límite ético de la tecnología?

Cuando lo técnicamente posible y lo económicamente rentable empiezan a erosionar la dignidad humana, ahí hay que frenar. No es una discusión técnica, es política y ética. Podemos hacer vigilancia masiva, manipulación de conducta a través de plataformas, scoring social encubierto... pero que podamos no significa que debamos. El criterio ya no es si funciona o si da ganancias, sino si respeta autonomía, privacidad, igualdad. En resumen: cuando la persona se transforma en materia prima de un modelo de negocio, cruzamos la línea.

Inteligencia artificial y los negocios.
Inteligencia artificial y los negocios.

En este contexto, ¿la inteligencia artificial amplifica o reduce la libertad?

Las dos cosas a la vez. Amplifica la libertad de quien la entiende, la desarrolla y la regula; puede reducir la libertad de quien sólo la consume. Para una persona con cierto capital cultural y económico, la IA es un multiplicador: le da acceso a información, productividad, creatividad. Para quien está en el extremo más vulnerable, la IA puede volverse una jaula invisible: recomendadores que deciden qué ve, sistemas opacos que deciden si es "apto" o "no apto", vigilancia en el trabajo disfrazada de eficiencia. La pregunta clave no es "¿la IA es buena o mala?", sino "¿en manos de quién está y bajo qué reglas?".

Durante años se ha repetido que "la tecnología es neutral". ¿Comprás ese concepto?

No. La frase "la tecnología es neutral" hoy se parece demasiado al viejo "yo sólo obedecía órdenes". Todo sistema encarna decisiones: qué datos recolecta, qué considera un resultado exitoso, a quién deja afuera, para quién fue diseñado. Un algoritmo de selección de personal que discrimina sin decirlo, o un sistema de reconocimiento facial que falla más con ciertos rasgos, no surgieron por generación espontánea. Detrás hay sesgos, prioridades, a veces ideología. El mito de la neutralidad sólo sirve para que nadie se haga cargo.

¿Cuáles serían, para vos, los derechos digitales innegociables?

Al menos cinco. Primero, privacidad y protección fuerte de datos personales, no como lujo, sino como condición de libertad. Segundo, acceso significativo a internet: sin conectividad de calidad, hoy te quedás afuera de educación, trabajo, participación política. Tercero, libertad de expresión en entornos digitales, protegida tanto frente a censuras estatales como frente a decisiones opacas de plataformas privadas. Cuarto, el derecho a no ser perfilado y discriminado algorítmicamente sin defensa posible. Y quinto, el derecho a una explicación: si una decisión automatizada afecta tu vida —un crédito, un empleo, un tratamiento— tenés que poder entenderla y cuestionarla.

Pasemos a un terreno sensible: la relación de niños y adolescentes con celulares y pantallas. ¿Estamos ante una patología social?

Hablamos mucho de "adicción a las pantallas", pero poco de "adicción a un modelo de negocio". El problema no es sólo el dispositivo, son aplicaciones diseñadas para capturar y retener atención, compitiendo por dopamina y no por aprendizaje. A los chicos les dimos casinos portátiles en el bolsillo y luego nos escandalizamos de que no puedan soltar el celular. Sí, hay síntomas clínicos preocupantes —ansiedad, problemas de sueño, dificultades de concentración—, pero si miramos sólo al individuo y no a la arquitectura de incentivos, estamos culpando a la víctima.

Juan Pablo Fernández.
Juan Pablo Fernández.

Como profesor, ¿qué habilidades deberían desarrollar hoy los niños para tener alta empleabilidad mañana?

Todo aquello que sea difícil de automatizar: pensamiento crítico, capacidad de formular buenas preguntas, creatividad para conectar saberes, inteligencia social y emocional, comunicación clara. A eso sumale alfabetización digital real, que no es saber usar una app, sino entender cómo funcionan los algoritmos que te rodean. Y una cosa más: experiencias tempranas de proyecto y emprendimiento. La empleabilidad futura no va a depender tanto de memorizar contenidos, sino de poder aprender a aprender y colaborar con otros —incluidas las máquinas— en entornos cambiantes.

Hablás de "obediencia algorítmica". ¿La escuela está fabricando eso?

Si la educación se limita a repetir, sí. Si el alumno aprende que lo importante es dar la respuesta correcta en el examen —o ahora, la respuesta que le devuelve la IA—, pero nunca se le pide que cuestione la fuente, el contexto, los sesgos, estamos entrenando obedientes de sistemas, no ciudadanos críticos. El objetivo debería ser que un chico salga del sistema educativo con una pregunta grabada a fuego: "¿Quién se beneficia si yo creo esto?". Esa es la vacuna contra la obediencia algorítmica.

¿Qué pierde una sociedad cuando delega decisiones importantes a sistemas que no puede auditar ni comprender?

Pierde responsabilidad, confianza y capacidad de cambio. Responsabilidad, porque nadie sabe quién responde cuando hay daño: "lo decidió el sistema". Confianza, porque las personas dejan de creer en instituciones que ya no pueden explicar sus decisiones. Y capacidad de cambio, porque si el modelo se vuelve una caja negra intocable, incluso la política se subordina al "así dice el algoritmo". Pasamos de enfrentar decisiones humanas injustas a enfrentar decisiones automáticas inapelables. Es una forma nueva de destino, pero con interfaz de usuario.

Te llevo a Paraguay y a la región. ¿Cuál es, a tu juicio, el mayor déficit estructural para aspirar a ser un actor tecnológico relevante?

Nuestro mayor déficit no es sólo de infraestructura, es de proyecto. No tenemos una visión país que ponga ciencia, tecnología y educación crítica en el centro como política de Estado sostenida en el tiempo. Hay talento de sobra, pero lo empujamos a emigrar o a resignarse. Seguimos atrapados en lógicas de amiguismo, burocracia y cortoplacismo electoral. Así es muy difícil pasar de consumidores de tecnología barata a productores de conocimiento y soluciones propias.

Una última: ¿sos optimista o pesimista respecto al futuro digital?

Soy realista esperanzado. Puedo enumerar todos los riesgos: concentración de poder, vigilancia masiva, manipulación política, crisis de salud mental. Pero también veo una ciudadanía que empieza a hacerse preguntas incómodas, jóvenes que no se tragan cualquier discurso tecnofetichista, comunidades que experimentan con modelos abiertos, reguladores que al fin se despiertan. Mi posición es clara: la tecnología no nos va a salvar ni a condenar sola. Lo que decidamos hacer —o dejar de hacer— con ella va a decir más de nosotros que de los algoritmos. Y ahí, todavía, tenemos margen de maniobra.

Si tuvieras que resumir todo en una frase, ¿cuál sería?, le pregunto al despedirnos.

Juan Pablo no duda: "O ponemos al ser humano por encima del algoritmo, o terminaremos pidiéndole permiso a una app para vivir".

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