El conflicto está lejos, pero sus efectos pueden sentirse en el surtidor, en los precios del supermercado y en la cotización del dólar.
Los conflictos ya no se miden solo en kilómetros, sino en precios. Las tensiones en Medio Oriente rara vez se quedan en Medio Oriente. En la economía global, los conflictos viajan rápido: se transmiten a través del petróleo, del dólar y del comercio internacional. Y aunque Paraguay esté a más de 10.000 kilómetros del epicentro, no está fuera del alcance de esas ondas expansivas.
El primer termómetro siempre es el petróleo.
El estrecho de Ormuz, por donde circula aproximadamente el 20% del comercio mundial de crudo según la U.S. Energy Information Administration (EIA), se convierte en foco inmediato cada vez que aumenta la tensión regional. No es necesario que el suministro se interrumpa, tan solo alcanza con que exista el riesgo. En episodios anteriores, el petróleo Brent ha registrado subas de dos dígitos en pocas semanas ante escenarios similares.
Para Paraguay, que importa la totalidad de sus combustibles, ese movimiento no es una estadística distante. Un aumento sostenido del precio del crudo se traduce gradualmente en mayores costos de diésel y nafta. Y el diésel no es un insumo marginal; sostiene el transporte de carga, la maquinaria agrícola y buena parte de la logística interna.
En una economía donde el sector agro aporta más del 60% de las exportaciones y una porción relevante del PIB directa e indirectamente, el costo energético tiene efectos multiplicadores. Energía más cara implica mayor costo de producción, mayor costo de transporte y, eventualmente, mayor presión inflacionaria.
El efecto en combustibles sería el más inmediato. Paraguay importa el 100% de sus hidrocarburos, por lo que un precio Brent sostenidamente más alto se trasladaría gradualmente al precio del diésel y la nafta. El ajuste termina reflejándose en costos logísticos y de transporte, amplificando el impacto en toda la cadena productiva.
Pero el petróleo es solo una parte del mecanismo.
En contextos de incertidumbre geopolítica, los inversores tienden a reducir exposición en mercados emergentes y buscar activos considerados seguros. El Fondo Monetario Internacional describe este fenómeno como flight to quality. El resultado habitual es un dólar más fuerte.
En el mercado cambiario, el dólar suele actuar como activo refugio. Una apreciación global del 5% o más frente a monedas emergentes no sería inusual en un escenario prolongado. Para el guaraní, eso implicaría presión depreciatoria.
Históricamente, en episodios de tensión global, el dólar ha llegado a apreciarse entre 5% y 8% frente a monedas emergentes en períodos relativamente breves. Un ejemplo reciente fue 2022, cuando la moneda estadounidense se fortaleció cerca de 6% en coincidencia con el inicio de la guerra entre Rusia y Ucrania. Para Paraguay, donde gran parte del comercio está dolarizado, ese movimiento tiene efectos inmediatos.
Un tipo de cambio más alto encarece importaciones y presiona la inflación, pero también mejora la competitividad exportadora. El equilibrio final dependerá del flujo neto de divisas del agro y de la duración del conflicto.
Si el tipo de cambio pasa, por ejemplo, de 6.400 a 6.900 guaraníes por dólar, un producto importado de USD 100 deja de costar Gs. 640.000 y pasa a costar Gs. 690.000 antes de margen y gastos locales. En sectores donde los márgenes brutos rondan el 15% o 20%, una variación de esa magnitud puede absorber una parte sustancial de la rentabilidad si no se trasladan precios con rapidez.
Para las empresas importadoras, el impacto no es solo contable. También implica mayor necesidad de capital de trabajo, ya que cada reposición requiere más guaraníes para financiar el mismo volumen de mercadería. Además, si el contexto inflacionario se intensifica, las tasas de interés podrían mantenerse elevadas por más tiempo, encareciendo el financiamiento operativo.
Existe además un tercer canal, menos visible pero igualmente relevante: la logística.
En escenarios de conflicto prolongado, las aseguradoras suelen aplicar primas adicionales, conocidas como war risk premiums, que pueden incrementar el costo del seguro marítimo en uno o dos puntos porcentuales sobre el valor de la carga. A su vez, el encarecimiento del combustible eleva las tarifas de transporte. En crisis previas, los fletes internacionales han aumentado entre 10% y 25% en lapsos relativamente cortos.
Para Paraguay, país mediterráneo que depende de puertos regionales y del transporte fluvial por la Hidrovía Paraná-Paraguay, cada incremento en el costo CIF (costo, seguro y flete) se acumula en la estructura de precios. El aumento puede parecer pequeño por unidad, pero multiplicado por miles de productos y por meses de reposición constante, termina afectando competitividad y márgenes.
El impacto tampoco es uniforme entre sectores. Las empresas con mayor dependencia de insumos importados o con menor capacidad de fijación de precios son las más expuestas. En cambio, aquellas que operan con inventarios más amplios o con algún grado de cobertura cambiaria pueden amortiguar el golpe inicial.
Ninguno de estos factores, por separado, determina el rumbo de la economía. Pero combinados, pueden modificar el entorno macroeconómico en cuestión de meses.
La variable decisiva es la duración.
Si el conflicto es breve, los mercados tienden a corregir parte de las subas iniciales. El petróleo retrocede, el dólar se estabiliza y la inflación importada se modera. En ese escenario, el impacto sería más volátil que estructural.
Pero si la tensión se prolonga durante un año o más, el panorama cambia. Energía persistentemente cara, dólar firme y costos logísticos elevados pueden consolidar un entorno de mayor inflación estructural. Para Paraguay, eso implicaría presión sobre el tipo de cambio, condiciones financieras potencialmente más restrictivas y menor dinamismo del crédito.
En ese contexto, la economía podría enfrentar un delicado equilibrio: contener la inflación sin frenar la actividad y evitar una estanflación (recesión y elevada inflación). Las empresas, por su parte, deberían adaptarse a un entorno donde la planificación financiera se vuelve más compleja y la gestión del riesgo cambiario deja de ser opcional para convertirse en estratégica.
Existe, sin embargo, un posible amortiguador. Los shocks energéticos suelen impactar también en los mercados agrícolas. Si los precios de soja o maíz aumentan entre 5% y 15%, podrían ingresar mayores divisas al país, aumentando la oferta de dólares y ayudando a moderar la presión cambiaria.
En episodios de tensión global, los precios internacionales de commodities agrícolas tienden a fortalecerse. Si registraran subas del orden del 5% al 15%, Paraguay recibiría mayores ingresos por exportaciones, incrementando la oferta de dólares en el mercado local.
Pero incluso ese equilibrio tiene límites. Los fertilizantes y agro insumos, vinculados al precio del gas natural, también pueden encarecerse, reduciendo parte del beneficio. El agro puede suavizar el impacto, pero difícilmente eliminarlo.
En definitiva, Paraguay no es protagonista del conflicto. Pero sí es parte del sistema económico que reacciona ante él. Paraguay no dispara misiles ni define estrategias militares. Pero participa plenamente en la economía que reacciona a esos eventos.
Las guerras modernas ya no solo redibujan mapas políticos; también reconfiguran balances contables. El precio del barril, la cotización del dólar y el costo del flete pueden terminar siendo tan determinantes como cualquier decisión diplomática.
Para una economía pequeña y abierta, la verdadera fortaleza no está en evitar el impacto, sino en absorberlo con disciplina, anticipación y capacidad de adaptación.