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Orlando Gill y el valor de seguir

Orlando Gill hoy parece ocupar todo el arco. Pero hubo un tiempo en que vendía recuerdos de su carrera para para sostener a su familia y acompañar el nacimiento de su hijo. Entre la incertidumbre y la perseverancia, el sanlorenzano construyó el camino que hoy lo lleva al Mundial con la Albirroja.

Miqueas Cicorio
por Miqueas Cicorio 22 Mayo de 2026
22 Mayo de 2026
Orlando Gill.
Orlando Gill. Foto: @Albirroja.

Hay una imagen que no sale en las transmisiones. No aparece en los compactos de atajadas. No entra en los resúmenes de televisión. No está en los gráficos que muestran vallas invictas ni en las estadísticas modernas que convierten a los arqueros en porcentajes. Es una imagen más chica. Un hombre joven guardando una camiseta en una bolsa para venderla. Después unos botines. Después recuerdos que cualquier futbolista suele conservar para mostrar dentro de 20 años. Todo para llegar a fin de mes. Todo para cuidar a su hijo, Lautaro Daniel, quien había nacido prematuro. Mientras tanto, afuera, el fútbol seguía igual de cruel: el que juega, juega; el que espera, espera.

A Orlando Gill aún no lo conocía casi nadie. Hoy ocupa el arco de San Lorenzo de Almagro y cuando se para debajo del travesaño parece que el arco se achica (mide casi 2 metros). Pero hubo un tiempo en que no ocupaba tanto espacio. Comenzó como comienzan casi todos. Una escuela de fútbol cerca de casa, con solo 10 años. Después una liga de San Lorenzo. Tayazuapé. Más tarde el 13 de Junio. Y un día cualquiera alguien fue a verlo a ese humilde club del barrio Reducto.

"Siempre soñé con jugar al fútbol. Los primeros tiempos lo hice de volante. Después me dieron a elegir entre jugar en el arco o seguir afuera", cuenta Orlando en una entrevista para El Nacional. Eligió el arco. Y el arco, al principio, no lo eligió a él. "Recibía varios goles", confiesa. Y hay algo hermoso en esas palabras. Porque después uno mira sus partidos de ahora y parece que nació sabiendo. Pero no. Se comió goles. Le costó. Persistió. Y en algún momento empezó a pasar eso que les pasa a algunos deportistas: un día descubren que aquello que parecía sufrimiento en realidad era entrenamiento. El resultado está a la vista y hoy es uno de los porteros más buscados.

Recuerda como si fuera ayer ese día en que el cuerpo técnico de la Selección Sub-17 fue a verlo cuando atajaba en 13 de Junio: "Vieron que había futuro en mí y apostaron por convocarme". Pero ese no fue el momento que más le marcó. Fueron tres: el debut en Primera División con San Lorenzo de Almagro, la clasificación a su primera copa internacional que consiguió con dicho equipo y la convocatoria a la Selección Paraguaya absoluta. Y con ella viene la ida al Mundial.

En ese recorrido de silencios y oportunidades apareció un nombre clave: Mario Jara. Fue él quien lo dirigió en Sportivo San Lorenzo y terminó de convencer a los dirigentes del San Lorenzo argentino de que ahí había algo más que un arquero alto y correcto: se amasaba un proyecto. Así, sin estridencias, se dio el paso que parece improbable cuando se lo dice en una línea, pero lógico cuando se lo mira en perspectiva: de Sportivo San Lorenzo a San Lorenzo de Almagro, como si el apellido del destino se hubiera repetido para no dejar margen a la duda. Primero llegó como apuesta, casi en silencio, a préstamo y con opción por el 50 % de su ficha, más dedicado a aprender que a ocupar escena, con destino de Reserva y paciencia de proceso; pero el verano del fútbol sudamericano le abrió el telón en la Serie Río de la Plata, donde aprovechó la ausencia de titulares y las urgencias del arco para mostrarse sin pedir permiso. Y en esa prueba que ya no tenía nada de ensayo, incluso se permitió un gesto de consagración: fue la figura ante Peñarol, como si el arco —ese mismo que antes le enseñó paciencia— le devolviera, por fin, algo de justicia. Desde ahí dejó de ser "una opción a futuro" para convertirse en una respuesta del hoy.

Orlando habla de puertas que se abrieron. Tal vez porque sabe lo que cuesta esperar del otro lado. Hubo ocasiones en las que parecía que la oportunidad no iba a llegar. Y entonces apareció la palabra que más repite en esta entrevista: perseverancia. "La perseverancia fue algo fundamental en mi carrera. Nunca perdí la esperanza ni la fe en que mi momento iba a llegar".

Después hace una pausa. Y ahí aparece otra historia. La del hijo. No entra en detalles. No hace falta. Sólo dice: "Agradecido con Dios por todo lo que nos dio, por todo lo que pasamos con mi familia". Hace unos meses, su esposa Melissa contó que cuando nació Lautaro hubo días difíciles. Días de cuentas, hospitales, incertidumbre y cosas vendidas para seguir adelante. Y uno entiende algo. Hay personas que llegan al éxito pensando que se lo ganaron, y otras que lo hacen sabiendo perfectamente cuánto costó. Por eso quizá no sorprende que, cuando le pregunto si en aquella definición por penales contra River pensó en patear uno (la pegada es uno de sus fuertes), responda como responde. "Sí se me cruzó por la mente, pero el técnico dio la lista de los cinco penaleros y decidí respetar eso. Lastimosamente, no se pudo lograr la clasificación". No habla el arquero que busca una foto histórica. Habla alguien que aprendió a esperar de verdad.

Entre sus referentes, hay dos que disputarán el Mundial y un histórico de nuestra Selección. "Desde chico me ha gustado Manuel Neuer. Luego están Ter Stegen y Thibaut Courtois, por su característica física similar a la mía. También Chilavert, por su pegada y liderazgo", revela.

En cuanto al Mundial, su mensaje al hincha paraguayo es claro: "Confíen en esta Selección, que después de varios años se logra estar de vuelta en un Mundial. Este grupo está para grandes cosas. Nos va a servir un montón el apoyo de todos. Confíen, que nosotros vamos a poner la garra guaraní. Tenemos jugadores que están en un alto nivel y creo que nos va a ir muy bien".

Hace algunos años vendió una camiseta de selección porque había una urgencia que no esperaba. Hoy vuelve a ponerse una. Esta vez no para despedirse de ella, sino para defenderla. Y quizá ahí se resume toda la historia de Orlando Gill. No en las atajadas. No en las vallas invictas. Ni siquiera en el Mundial. Sino en haber seguido cuando no había nada que indicara que valía la pena seguir.

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